2001. El sordo ruido de las cacerolas
Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

El jueves 20 de diciembre de 2001, a las 5 de la tarde, tomé, en la terminal de ómnibus de Olavarría, un micro que venía de Mar del Plata y me dejaría, el día siguiente, más o menos a la misma hora, en Santiago de Chile.
Todavía no existían los celulares y yo no llevaba radio. Recién al día siguiente pude leer los diarios transandinos y comprendí que el país que había dejado el día anterior había desaparecido para siempre, que ya no sería el mismo nunca más, y que del otro lado de la cordillera las tarjetas de débito eran rechazadas por los cajeros electrónicos como pedazos de plástico escupidos por máquinas sin alma.
Todo se había sucedido vertiginosamente.
En marzo de ese año, había renunciado el ministro de Economía José Luis Machinea para darle lugar a Ricardo López Murphy, quien duró solo dos semanas tras anunciar un fuerte ajuste. En abril asumió Domingo Cavallo, retornando como un gran salvador de la economía y con la promesa de mantener la Convertibilidad. En diciembre, ante el rechazo de más ayuda económica por parte de organismos internacionales, se decretó el famoso “corralito”. Los ahorristas ya no podían disponer del dinero que tenían en el banco.
La desocupación llegaba al 18 % y los saqueos a supermercados, las protestas y el malestar se repetía en todo el país. Acorralado, de la Rúa no tuvo mejor idea que establecer el Estado de Sitio. La reacción fue inmediata, miles de personas salieron a la calle a protestar, muchos lo hacían con una cacerola en una mano y un cucharón en la otra, que utilizaban para, rítmicamente y colectivamente, sembrar un lamento irritante y apocalíptico, en aquel diciembre caluroso, por las calles de Buenos Aires y otras ciudades del país.
La policía desató una represión contra los manifestantes en la Plaza de Mayo y hubo decenas de muertos y heridos. En lugar de calmar los ánimos, esa violencia se multiplicó hasta el infinito entre los manifestantes.
La única alternativa que le quedaba al gobierno era la renuncia del presidente y su gabinete. Ni siquiera con eso alcanzaba, esa renuncia tenía que mostrarse tal como la vieron todos: cinematográficamente. Un escape en helicóptero hacia ningún lugar, un intento ya no de renunciar sino de salvar la vida, no de dar un paso al costado sino de huir por los techos como hacen los delincuentes.
A mí me quedaban por delante un par de semanas en Chile con unos pocos dólares en el bolsillo (los pesos argentinos valían menos que un pedazo de papel de diario viejo). Los cajeros electrónicos y los posnets demoraron varios meses en volver a reconocer a Argentina como una economía no digo confiable sino al menos reconocible, con una moneda de referencia, con alguna liquidez, al menos mínima, con algún atisbo de soberanía económica.
A partir de aquellos días comenzaría otra historia. Historia que como ya adelantamos, no vamos a contar aquí. No porque sea menos importante sino porque todavía no hubo tiempo suficiente para digerirla, porque aún no han pasado los años como para extraer conclusiones si no definitivas al menos objetivas. Porque la profundidad de los cambios que de ahí en más se produjeron en el país, hace que sus consecuencias aún no se extingan del todo, que aquellas perturbaciones sigan oscilando y batiéndose en un devenir histórico que las mantiene latentes, y cada vez más tensionadas, cada día menos predecibles.