Correo de lectores: ¿Hasta cuándo puede aguantar la gente?

Ilustración

Un vecino expresó su preocupación por el impacto de las recientes medidas económicas y la suba sostenida de precios en el costo de vida cotidiano. A través de una carta enviada a la redacción, analiza la pérdida del poder adquisitivo y plantea el límite de la capacidad de consumo de las familias. La carta completa a continuación.

Hay algo que me preocupa cada vez más y que creo que muchos estamos viendo, aunque no siempre se diga en voz alta: la gente está llegando a un límite.


Y no hablo solamente de Olavarría. Hablo de una realidad que se repite en muchos lugares, especialmente en la provincia de Buenos Aires, donde cada vez parece más difícil hacer que los números cierren. Gente que trabaja, que busca trabajo, que tiene dos empleos, que hace changas, que emprende, que se rebusca como puede. Gente que se levanta todos los días a cumplir con sus obligaciones y, aun así, no llega a fin de mes.


Yo también soy parte de esa realidad. Tengo dos trabajos y, aun así, muchas veces siento que necesito buscar un tercero. Y cuando uno llega a ese punto, la pregunta ya no es cuánto más puede trabajar, sino cuánto más puede exigirse sin empezar a romperse por dentro.


Porque el problema no es solamente económico. Es también emocional, familiar y social. Es la angustia de abrir la billetera y saber que no alcanza. Es pagar el alquiler, la luz, el gas, los alimentos y los servicios, y tener que elegir qué obligación postergar para poder cumplir con otra. Es acostarse haciendo cuentas y levantarse al día siguiente con la misma preocupación.


Y eso, sostenido en el tiempo, tiene consecuencias. En la salud, en el descanso, en los vínculos, en la cabeza. No somos máquinas diseñadas para producir, pagar y volver a producir. Somos personas. Y por más voluntad, esfuerzo y capacidad de sacrificio que tengamos, hay un límite para todo.


Yo voté a este Gobierno. Lo digo sin vergüenza y sin necesidad de justificarme. Creo que había cosas que cambiar, que se hicieron algunas cosas bien y que nuestro país necesitaba tomar decisiones difíciles. No desconozco el contexto del que venimos ni creo que los problemas de la Argentina hayan empezado ayer.


Pero haber votado a un Gobierno no significa entregarle un cheque en blanco. Acompañar un proyecto tampoco significa renunciar al pensamiento crítico. Y reconocer lo que se hizo bien no debería obligarnos a callar frente a lo que está mal.


Por eso me cuesta entender cuando pareciera que el sufrimiento cotidiano de la gente se minimiza, se discute como si fuera una percepción equivocada o se reduce a una cuestión de paciencia. ¿Cuánta paciencia se le puede pedir a alguien que ya no tiene margen? ¿Cuánto más puede ajustar una familia que hace tiempo dejó de gastar en cosas que antes eran normales?
¿Qué más puede recortar alguien que ya recortó todo lo que podía? Hay otra cuestión que también me genera bronca: la facilidad con la que algunos hablan de la realidad económica desde posiciones de privilegio. Y no me refiero únicamente a un partido
político. Me refiero a toda la dirigencia, sin importar el color de la bandera que levante.


Es muy fácil dar explicaciones sobre el esfuerzo ajeno cuando uno tiene un ingreso que le permite vivir sin preocuparse por llegar al día treinta. Es muy fácil pedir sacrificios cuando el precio de los alimentos, el alquiler o la factura de electricidad no representan una amenaza para la propia estabilidad.


Mientras tanto, hay trabajadores que cumplen jornadas completas y cobran sueldos que no alcanzan para cubrir lo básico. Personas que no están pidiendo lujos, vacaciones en el exterior ni una vida extraordinaria. Están intentando vivir dignamente con el fruto de su trabajo.


Y hay algo profundamente injusto cuando trabajar deja de ser suficiente para vivir. No me interesa defender a los que estuvieron antes ni atacar por deporte a los que están ahora. Tampoco me interesa entrar en esa lógica absurda en la que cada problema se convierte en una pelea entre fanáticos, como si reconocer una dificultad económica fuera traicionar una ideología.


La realidad no debería necesitar una identificación partidaria para ser reconocida. Si una persona no llega a fin de mes, no importa a quién votó. Si un trabajador está agotado, no importa qué bandera tiene en su casa. Si una familia está atravesando una situación
desesperante, no necesita que alguien le explique por qué debería estar equivocada respecto de lo que vive.
Necesita que alguien la escuche. Y, sobre todo, necesita que quienes tienen responsabilidades de gobierno comprendan que detrás de cada indicador hay vidas concretas.


Porque una cosa es decir que el esfuerzo de hoy servirá para construir un mañana mejor. Otra muy distinta es no mirar cuánto está costando ese esfuerzo, quiénes lo están soportando y si esas personas todavía tienen fuerzas para llegar a ese mañana.

¿Hasta cuándo podemos aguantar? Esa es la pregunta que me hago. No desde la oposición, no desde el fanatismo y tampoco desde
el arrepentimiento por haber votado a alguien. Me la hago como trabajador, como ciudadano y como alguien que también está tratando de sostener su vida.


Porque la gente ya no está solamente aguantando con el bolsillo. Está aguantando con la cabeza, con el cuerpo, con su salud, con sus relaciones y con una incertidumbre que se mete en cada rincón de la vida cotidiana. Y cuando una sociedad empieza a vivir permanentemente en ese estado, el problema es mucho más profundo que una discusión sobre números.
No alcanza con pedir esfuerzo. No alcanza con pedir paciencia. No alcanza con decir que hay que esperar.


También hay que mirar a la gente. Hay que escucharla. Hay que caminar las calles, conversar con quienes trabajan, con quienes buscan trabajo y con quienes hacen todo lo que pueden y aun así sienten que no llegan.


Yo sigo creyendo que la Argentina necesita cambiar muchas cosas. Pero también creo que ningún cambio puede desentenderse de las personas en cuyo nombre se supone que se está construyendo el futuro.
Porque el objetivo no puede ser simplemente sobrevivir hasta que las cosas mejoren. No se trata de cuánto más puede aguantar la gente. Se trata de entender que la gente no debería tener que romperse para que un país salga adelante.

JAVIER BOU

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