El castillo de naipes: La ultraderecha y su derrumbe mundial

Por Pablo Palazzolo, politólogo y profesor, especialista en Relaciones Internacionales.
Aunque había señales en contrario, hasta hace un mes atrás parecía que el poder de la ultraderecha mundial era sólido e inamovible. Sin embargo, ese eje político-económico, que tenía como líder indiscutido a Donald Trump y que pivoteaba sobre personajes políticos como el húngaro Orban, el israelí Netanyahu, el brasileño Bolsonaro, el argentino Milei, la italiana Meloni, el paraguayo Peña, el chileno Kast, la peruana Fujimori -entre otros- y en oligarcas mundiales cuyo mayor exponente es Elon Musk, se parece hoy a un cuerpo en descomposición.
La ultraderecha y el encanto perdido
Gestada al calor de la impiadosa pandemia de Covid-19 de 2019-2020, la ultraderecha conquistó gobiernos usando el poder de la nueva comunicación masiva que incluye a las redes sociales. En poblaciones agobiadas por las cuarentenas y el empobrecimiento generalizado que caracterizaron a la pandemia, la ultraderecha fue muy eficiente agitando el relato de la libertad a ultranza y la ineficiencia del Estado y su carácter opresivo. Ello, le permitió ganar elecciones en sociedades conflictuadas y cada vez más manipuladas mediáticamente.
Pero una vez en el poder, la ultraderecha mostró sus hilachas. Más allá de la corrupción que salpica a prácticamente todos sus gobiernos, hay un común denominador: no gobiernan para el bienestar de las sociedades que los eligieron sino para el grupito de supermillonarios oligarcas mundiales, que terminaron siendo sus mandantes. El resultado se traduce en sociedades cada vez más empobrecidas y un núcleo de ricos cada vez más ricos y poderosos.
Para colmo, algunos de ellos entienden la guerra como oportunidad para generar nuevos negocios. El trofeo acá se lo llevan Trump y Netanyahu. Además del fracaso intencional en desarmar la guerra en Ucrania y del genocidio en Gaza, iniciaron una escalada contra Irán. Contrariamente a lo esperado, los iraníes fueron exitosos en cerrar el Estrecho de Ormuz, por el que pasa el 25% de la producción petrolera mundial. Y como el mundo sigue funcionando a petróleo, lo que se logró con la guerra fue el aumento desmedido de los precios internacionales de ese indispensable bien.
Todos sabemos qué pasa cuando se incrementa el precio del petróleo. Sí, suben los precios de los demás bienes que lo usan para su producción, generación o transporte. O sea, sube la inflación y se resiente la producción. Más clarito: aumenta el costo de la vida y disminuyen las oportunidades laborales. Hay crisis.
Las respuestas a estas crisis por parte de los gobiernos ultraderechistas no han sido las esperadas. Sea porque descreen del poder del Estado, o por cualquier otra razón, han intentado todo -desde desviar la atención pública a la represión directa- menos la de tomar medidas contracíclicas basadas en la redistribución de la riqueza. Cuando dicen que odian la justicia social, lo dicen en serio.
Sociedades en movimiento
Con las armas que tienen a mano, y con las particularidades de cada país, la gente común ha comenzado a reaccionar. Porque las sociedades puedan aguantar muchas cosas, pero no por mucho tiempo.
El primer indicio lo tuvimos en marzo pasado, cuando el aparentemente todopoderoso Orban perdió las elecciones y fue desalojado del poder en Hungría. Pero lo central ocurrió en las últimas dos semanas. Se inició con la derrota electoral y vergonzosa fuga de Bolsonaro en Brasil, continuó con la imposibilidad de formar gobierno de Netanyahu en Israel (todo indica que, una nueva coalición de partidos surgidos de las elecciones, se encamina a desalojarlo del poder), y se coronó con la aplastante derrota electoral de Trump en Estados Unidos, que lo deja prácticamente fuera de juego en su liderazgo de la ultraderecha mundial. En todos estos casos los resultados obedecieron a una combinación de movilizaciones populares, luchas en la arena virtual y fortalecimiento de las oposiciones. Pero todo fue posible -principalmente- debido a los errores propios de estos personajes de la ultraderecha, que llevaron a las sociedades a la desconfianza primero y, luego, al rechazo liso y llano de sus valores y sus políticas.
Aún siguen procesos abiertos. Desde Portugal a Chequia, con epicentros en Italia y Francia, Europa está lacerada por multitudinarias y, casi siempre, violentas protestas populares. En todas, los reclamos son los mismos: altos alquileres, más educación, costo de vida insoportable, mejores oportunidades laborales, mejor atención sanitaria. O sea, más Estado, más justicia social. Estos procesos están todavía abiertos, y no se sabe cómo acabarán.
Milei, guacho
Este momento mundial es particularmente decisivo para la Argentina, por un par de simples razones.
Primero, porque Milei renunció a que el país tenga una política internacional propia, subordinándose a los designios de Trump, y usó su cargo de Presidente para intentar consolidarse -en forma personal- como líder del movimiento ultraderechista mundial. Hoy, la caída en desgracia de sus principales sostenes, lo deja cada vez más aislado. Ya nadie quiere escuchar sus fantasiosas diatribas anticomunistas. Está guacho, como un cordero huérfano.
Y segundo, y más importante, porque su modelo económico está entrando en una crisis terminal. Con un riesgo país que no para de crecer, capitales fugándose, inversiones que no llegan, un mercado interno devastado, una economía en recesión, un mundo del trabajo sin trabajo para ofrecer, y una miseria generalizada, a Milei, Caputo, Bausili, Sturzenegger y compañía les queda poco para inventar. Máxime, teniendo en cuenta que -a partir de ahora- el auxilio de Trump a su gobierno va a ser, como mucho y como ha admitido el nuevo poder que está surgiendo en Estados Unidos, discursivo.
El poder de la ultraderecha mundial se ha desmoronado como lo que siempre fue: un castillo de naipes, basado en una irreal y amañada cosmovisión. Queda por ver cómo será el futuro cercano. Y ahí tenemos dos espejos. O salimos como el Brasil de Lula. O como el Paraguay de Peña. Nunca mejor dicha la frase que establece la tiranía del tiempo.