Fiesta de todos los Santos
Hoy celebramos un misterio salvador expresado en el Credo: “Creo en la comunión de los santos”. Todos los santos, desde la Virgen María, forman una unidad: la Iglesia de los bienaventurados, a quienes Jesús felicita: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8), están en comunión con nosotros, nos une el amor “que no pasa nunca” (1Cor 13,13); que nos une con ellos al Padre, a Cristo Redentor y al Espíritu Santo. El amor que les hace solidarios y solícitos para con nosotros. Los veneramos por su ejemplaridad y sobre todo por la unidad en el Espíritu de toda la Iglesia, que se fortalece con la práctica del amor fraterno.

Esta Fiesta hace presentes en nuestra memoria a todos aquellos que, superando la debilidad y las tentaciones, fueron dóciles a la acción del Espíritu Santo y ahora comparten la gloria de Cristo; vivieron la fe, la esperanza y la caridad siguiendo el ejemplo de Jesús y practicaron en modo eminente las Bienaventuranzas. Hoy el Pueblo de Dios se alegra por el triunfo de sus hermanos y hermanas que han trabajado, infatigablemente y a veces pagando con el precio de la vida, por la construcción del Reino de Dios, por la edificación de una nueva civilización donde reinen la justicia, la verdad, la fraternidad y la libertad de los hijos de Dios en la concordia y la paz.
Esta fiesta nos recuerda que podemos vivir desde ahora en la vida eterna si nos comprometemos a transformar este mundo con la fuerza del Evangelio. Sus raíces son antiguas: en el siglo IV se celebraba la conmemoración de los mártires, en Antioquía, el domingo después de Pentecostés. Entre los siglos VIII y IX, comenzó a difundirse en Europa, el Papa Gregorio III (siglo VIII) eligió el 1° de noviembre para coincidir con la consagración de una capilla en San Pedro dedicada a las reliquias «de los Santos Apóstoles y de todos los santos mártires y confesores, y de todos los justos hechos perfectos que descansan en paz en todo el mundo».
El Papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et exsultate invita a que: «No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Lumen gentium, sobre la Iglesia). El Señor, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo.
No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo», (cf. GE, n.3).
Dijo Benedicto XVI: “No estamos solos; estamos rodeados por una gran nube de testigos: con ellos formamos el Cuerpo de Cristo”. Los santos apóstoles, los santos mártires, los santos confesores son nuestros hermanos e intercesores; en ellos se han cumplido estas palabras proféticas de Jesús: “Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5,11-12). Los tesoros de su santidad son bienes de familia, con los que podemos contar, son los tesoros del cielo que Jesús invita a reunir. Como afirma el Concilio Vaticano II: “su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad” (Lumen gentium). Esta solemnidad nos invita a la alegría y a la fiesta.