Las calles de Olavarría


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Tal vez no exista ninguna lógica, tal vez haya sido simplemente el azar el que escribió la trama cuadriculada de las calles de nuestra ciudad, calles siempre tan prolijas, tan rectilíneas, tan equidistantes.

No me refiero a las calles en sí sino a los nombres que llevan. Nombres caprichosos en muchos casos, nombres enigmáticos. No creo que haya sido el azar, sino el ingenio de algún político ladino quien hizo que la municipalidad (o la intendencia), se levante justamente donde se juntan dos personajes que fueron enemigos mortales: San Martín y Rivadavia.

¿Por qué la arteria principal de la ciudad se llama Vicente López?, personaje menor de nuestra historia. ¿Por qué nadie sabe cómo se llamaba ni qué rango tenía Necochea? ¿Quién y con qué irónico propósito hizo que Dorrego y Lavalle sean perpendiculares y deban inexorablemente volver a cruzarse?

Tal vez una de las particularidades más sorprendentes sea que hay sólo dos calles (me estoy centrando en el casco histórico circundado por las grandes avenidas y por el arroyo), que mantienen inseparablemente el apellido del prócer que llevan junto su grado militar. La General Paz y la Coronel Suárez corren cerca una de la otra, y nadie dice, “agarrá por Paz y caminá hasta España”, o “doblá en Suárez…” Sus nombres quedaron irreversiblemente aliados a su grado y, además, sus nombres de pila, en este caso José María e Isidoro, no ocupan ningún lugar en el imaginario colectivo de los olavarrienses.

Así podríamos seguir tratando de desentrañar ese entrevero de próceres, fundadores, países, fechas patrias y políticos. Me gustaría sin embargo hoy, dedicarle un párrafo al Coronel Isidoro Suárez.

Para muchos historiadores, Suárez fue el gran héroe de la batalla de Junín (victoria fundamental para la independencia americana). Cuando la batalla parecía perdida, Suárez, al mando de la caballería de los húsares del Perú, y sin esperar órdenes de Bolívar, contraatacó al bando realista realizando un movimiento muy particular, movimiento que hoy podríamos llamar, apelando a términos futboleros, una gambeta. Con esa gambeta, Suárez desconcertó al comandante realista y esa maniobra dio vuelta la batalla para el lado criollo.

El coronel Suárez tuvo una hija, Manuela Suárez, quien a su vez tuvo a Leonor Acevedo Suárez, la mamá de Borges. Es decir, de su bisabuelo, héroe de la Independencia, hereda Borges su condición de patricio, “hace dos o tres generaciones que ya no somos estancieros” afirmó irónicamente alguna vez. Y también su condición de unitario, ya que su bisabuelo se puso del lado de Lavalle cuando estalló la guerra civil.

Ya en “Fervor de Buenos Aires”, su primer libro de poemas, Borges recordaría a su bisabuelo:

Dilató su valor sobre los Andes.

Contrastó montañas y ejércitos.

La audacia fue costumbre de su espada.

Impuso en la llanura de Junín

término venturoso a la batalla

y a las lanzas del Perú dio sangre española.

Escribió su censo de hazañas

en prosa rígida como clarines belísonos.

Eligió el honroso destierro.

Ahora es un poco de ceniza y de gloria.

Eligió el destierro, dice su descendiente, en Montevideo, donde murió en 1846, escapado de Rosas.

Este otro poema es de la “Moneda de hierro”, de 1976:

Alta en el alba se alza la severa

faz de metal y de melancolía.

Un perro se desliza por la acera.

Ya no es de noche y no es aún de día.

Suárez mira su pueblo y la llanura

ulterior, las estancias, los potreros,

los rumbos que fatigan los reseros,

el paciente planeta que perdura.

Detrás del simulacro te adivino,

oh joven capitán que fuiste el dueño

de esa batalla que torció el destino:

Junín, resplandeciente como un sueño.

En un confín del vasto Sur persiste

esa alta cosa, vagamente triste.

Claro, antes de la batalla de Junín, su bisabuelo era el capitán Suárez. Fue justamente su actuación la que le permitió el honroso ascenso al grado con el que hoy lo conocemos.

En “Página para recordar al Coronel Suárez, vencedor de Junín” (“El otro, el mismo”, 1964), Borges atenúa el heroísmo, lo hace simple destino, determinismo y azar:

En los atardeceres pensaría

que para él había florecido esa rosa:

la encarnada batalla de Junín, el instante infinito

en que las lanzas se tocaron, la orden que movió la batalla,

la derrota inicial, y entre los fragores

(no menos brusca para él que para la tropa)

su voz gritando a los peruanos que arremetieran,

la luz, el ímpetu y la fatalidad de la carga,

el furioso laberinto de los ejércitos,

la batalla de lanzas en la que no retumbó un solo tiro,

el godo que atravesó con el hierro,

la victoria, la felicidad, la fatiga, un principio de sueño,

y la gente muriendo entre los pantanos,

y Bolívar pronunciando palabras sin duda históricas

y el sol ya occidental y el recuperado sabor del agua y del vino,

y aquel muerto sin cara porque la pisó y borró la batalla…

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