Patria
Escribe: Carlos Verucchi.
Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

¿Cuál será la diferencia entre Moreno o Belgrano y los miembros de ETA que retrata Fernando Aramburu en su novela “patria”? Los primeros son próceres, los últimos resultan vulgares asesinos desde el punto de vista del sentido común. Sin embargo la diferencia no es otra que la victoria para unos y la derrota para otros.
La novela de Aramburu es controversial desde su título. ¿Qué es la patria? ¿Puede determinarse la patria de alguien a partir de disposiciones jurídicas o de facto? Entre un patriota y un bandido no hay brecha, no hay una zona gris, se arriesga sabiendo que la moneda puede caer de un lado o del otro.
Cuando era adolescente no creía en la patria. El anarquismo al cual adhería me lo prohibía terminantemente. Distorsionaba la letra del himno en el colegio: al legal “Oíd mortales el grito sagrado: ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!…” lo reemplazaba en voz baja por el ácrata “Oíd mortales el grito sagrado: de anarquía y solidaridad” Y seguía “Oíd el grito de bombas que estallan, en defensa de la libertad”. Otra de esas cancines que había encontrado en un libro de Osvaldo Bayer decía algo así como: “…somos los que combatimos las mentiras patrioteras / porque son la ruina entera de toda la humanidad / porque la patria y sus leyes / son las que engendran la guerra / sembrando en toda la tierra / miseria y orfandad…”
Más bien rudimentarios en su poética y más aún en su retórica, esos versos de pulpería demostraban que la patria era una entelequia construida con el único propósito de justificar la locura de la guerra. Una construcción mental colectiva útil (la mayoría de las veces) para hacer creer a alguien que debía morir por una causa justa, noble, cuando en realidad moría por defender los intereses económicos de unas pocas familias privilegiadas o por la necesidad de poder de un grupo social al cual no pertenecía.
La patria, como el “último refugio de los canallas”, ha servido de justificación y consuelo ante el horror y la barbarie, ha ofrecido el marco teórico para que se cometan las atrocidades más aberrantes, las injusticias más despiadadas.
Ya de más grande empecé a concebir esa patria desde otro lugar. Cuando se pasan años afuera del país, de a poco, hay algo que empieza a doler. No es un dolor físico, claro, sino una especie de vacío que quema, cierta necesidad y urgencia, esa debilidad que tenemos desde chicos y que nunca se va del todo que consiste en “extrañar”. Un día bajé en Ezeiza y noté algo raro en el aire, era el mismo aire que había respirado durante toda mi vida pero lo notaba distinto por haberlo perdido y por estar recuperándolo. En los trayectos desde el aeropuerto hasta Retiro no dejaba un minuto de hablar con el taxista, sentía la revelación de haber descubierto un lenguaje, un acento, una manera de decir las cosas que sin darme cuenta había echado de menos. El humor de los argentinos me reconfortaba, por fin volvía a un entorno en el que una broma era interpretada de la misma manera por todos, nos reíamos de lo mismo, eso era también la patria.
Tal vez ese concepto tan manoseado de patria no sea del todo desestimable. Tal vez sirva para sentir ese dolor que sentimos cuando vemos sufrir a esa gente que se ríe de los mismos chistes que nosotros y habla con idéntico acento. Cuando percibimos que muchos supuestos compatriotas se esconden detrás del biombo de la argentinidad para jugar a favor de los que intentan perjudicarnos como país. Esos que se perfuman para estar en el desfile del 9 de julio y después se dedican a construir una patria para pocos, sólo para algunos elegidos, para los que más que hablar como ellos responden a iguales intereses.
Tal vez sí haya una diferencia grande entre Belgrano y el personaje de ETA que retrata Aramburu en su novela: toda patria se construye de guerras pero tal vez con eso no alcanza, se necesita algo más, se necesita una construcción colectiva basada en la solidaridad, en la fraternidad a la que le rendían culto mis viejos amigos anarquistas: a Belgrano y Moreno no se les pasó por alto ese detalle.
Si la patria es sentirme solidario con el que sufre, con el que no puede mandar a sus hijos a la escuela, con el que necesita de un plan del Estado para poder parar la cacerola, entonces anótenme como patriota. Reniego, incluso, en ese caso, de mi actitud indigna de no haber cantado el himno cuando correspondía.
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