Rituales Juveniles Contemporáneos y Mutación del Vínculo Educativo
Por Cristian Delpiani.

En las últimas décadas, la escuela secundaria se ha visto atravesada por transformaciones p0rofundas: cambios en la composición social de la matrícula, crisis de la autoridad pedagógica, desgastes en el sentido tradicional del estudio, fragmentación de los vínculos comunitarios y creciente presión sobre los dispositivos escolares para resolver problemas sociales complejos. En este escenario, emergen con fuerza rituales como el Último Primer Día (UPD), el Último Último Día (UUD) y el Último Sonido del Secundario o Ultima Semana Santa (USS), que se han difundido ampliamente en distintas jurisdicciones educativas.
Una lectura superficial tiende a reducir estas prácticas a “modas” juveniles, a desbordes sin sentido o, directamente, a problemas de indisciplina. Sin embargo, una mirada más profunda permite ver que estos rituales condensan dimensiones simbólicas, políticas y afectivas de enorme densidad: expresan necesidades de cierre, de reconocimiento mutuo, de apropiación de la experiencia escolar y de construcción de memoria generacional. No se trata simplemente de “festejar”, sino de marcar colectivamente un pasaje vital.
El interrogante que organiza este ensayo podría formularse así: ¿Qué nos dicen los rituales juveniles contemporáneos sobre la escuela, las juventudes y el lazo intergeneracional en el presente? Responder a esta pregunta implica articular distintos planos de análisis: antropológico (ritos de pasaje y liminalidad), sociológico (cultura juvenil y disputa simbólica), político (autonomía, control y autoridad), pedagógico (rol de la escuela, de las familias y del Estado local) y jurídico (paradigma de protección integral y autonomía progresiva).
La categoría de rito de pasaje constituye un punto de partida imprescindible. Van Gennep (1960) identifica una estructura tripartita: separación del estado anterior, fase liminal o de transición, e incorporación a un nuevo estado. En esta fase intermedia, los sujetos dejan de ser lo que eran sin haber llegado a ser lo que serán.
Turner (1969) profundiza la noción de liminalidad y destaca la communitas: un estado de cohesión emocional donde las jerarquías se alivianan y los vínculos se intensifican. En la escuela, estos momentos se expresan cuando los jóvenes irrumpen con códigos propios, reorganizando corporalidades, afectos y tiempos institucionales.
La sociología de la juventud aporta otra clave decisiva: los jóvenes son productores de cultura. Para Margulis y Urresti (1996), la juventud es una categoría social cargada de sentidos, atravesada por desigualdades y fuertemente creativa. Reguillo (2012) sostiene que las culturas juveniles producen dispositivos simbólicos que tensionan las instituciones tradicionales. En este marco, los rituales UPD, UUD y USS pueden comprenderse como producciones culturales que restituyen sentido a una escuela simbólicamente desgastada.
Los rituales juveniles condensan dimensiones identitarias, afectivas, narrativas y territoriales. Marcan el “comienzo del final” (UPD), la despedida efectiva (UUD) y el cierre performativo de la escolaridad (USS). Estos rituales permiten elaborar, en términos colectivos, el tránsito hacia una etapa vital incierta. A través del ritual, los jóvenes recuperan agencia: deciden cómo quieren ser despedidos, qué sentidos atribuyen a la experiencia escolar y qué elementos del pasado desean conservar. El ritual se convierte en una narración colectiva sobre el “nosotros” que se formó en la escuela.
La escuela es, como plantea Giroux (2001), un espacio de disputa cultural donde se negocian significados sobre autoridad, disciplina, saber y ciudadanía. Los rituales juveniles reconfiguran esta disputa al intervenir performativamente en el espacio escolar. Cuando los jóvenes irrumpen con música, pintura corporal o vestimentas no convencionales, no buscan destruir la escuela: buscan significarla. Reclaman el derecho a intervenir en sus ritmos, símbolos y modos de habitarla. Es un acto político que afirma que la escuela no es solo un dispositivo de control, sino un espacio de vida comunitaria.
El adultocentrismo se manifiesta en la tendencia a interpretar las prácticas juveniles desde prejuicios, asumiendo que los jóvenes “no saben”, “no entienden” o “no miden riesgos”. Esto conduce a respuestas institucionales centradas en la sanción y en la prohibición, bloqueando la posibilidad de diálogo intergeneracional. Kaplan (2019) sostiene que la escuela reproduce un régimen de mirada donde la juventud es objeto de sospecha. Los rituales son, entonces, oportunidades para modificar esta mirada, reconociendo a los jóvenes como actores capaces de producir cultura y de asumir responsabilidades colectivas.
Si bien existen riesgos en ciertos rituales, la reducción del fenómeno a su dimensión peligrosa es una forma de invisibilizar su riqueza simbólica. La securitización transforma prácticas culturales en amenazas y reduce la intervención educativa a mecanismos de control. El paradigma de reducción de daños plantea otra perspectiva: acompañar sin negar los riesgos, construir acuerdos de cuidado, promover responsabilidad mutua y evitar la criminalización. Los rituales no desaparecen con prohibiciones; se desplazan a espacios más riesgosos.
La interseccionalidad permite comprender que no existe un único modo de vivir los rituales. Género, territorio, clase social y cultura institucional generan experiencias rituales heterogéneas. En escuelas rurales, los rituales pueden ser íntimos y comunitarios; en centros urbanos, más masivos y performativos. Este análisis evita generalizaciones y promueve intervenciones situadas.
Las fiestas previas son parte del ecosistema ritual: instancias preliminales donde se intensifican afectos, se negocian roles y se prepara el clima emocional del ritual central. Su omisión por parte de las políticas públicas deja sin acompañamiento una parte clave del fenómeno.
Integrarlas implica reconocerlas, trabajar con anticipación y articular estrategias comunitarias de cuidado.
El paradigma de protección integral (Ley 26.061) reconoce a los adolescentes como sujetos de derecho. Esto exige abandonar lógicas tutelantes y construir relaciones pedagógicas basadas en la participación. Acompañar no es controlar ni dirigir: es estar presentes, escuchar, co- construir acuerdos y fortalecer lazos entre escuela, familias y municipio. La pedagogía del acompañamiento propone intervenciones que integren cuidado, diálogo y autonomía progresiva.
Los rituales juveniles abren la oportunidad de revisar prácticas autoritarias y promover instituciones más democráticas. Son una vía privilegiada para fortalecer el protagonismo estudiantil, consolidar centros de estudiantes y trabajar sobre conflictividades en clave de diálogo y no de sanción. Una escuela que acompaña rituales juveniles es una escuela que reconoce las voces jóvenes y habilita la construcción colectiva de ciudadanía.
Los documentos oficiales sobre UPD y UUD presentan avances discursivos, pero conservan tensiones estructurales: el cuidado se define como control, la participación juvenil es declarativa y no vinculante, el riesgo domina el análisis, desplazando la dimensión cultural del
ritual, las fiestas previas no aparecen, la interseccionalidad está ausente y la corresponsabilidad con municipios y familias es débil. Estos documentos representan un avance respecto de la prohibición, pero siguen anclados en una matriz adultocéntrica y securitista. Una política más consistente debería integrar participación juvenil real, perspectiva territorial, reducción de daños y autonomía progresiva.
Los rituales juveniles UPD, UUD y USS son expresiones culturales profundas que revelan tensiones intergeneracionales, mutaciones institucionales y necesidades identitarias. Lejos de ser problemas disciplinarios, constituyen oportunidades para repensar la escuela desde claves de ciudadanía, cuidado comunitario y protagonismo juvenil. Acompañarlos críticamente implica transformar el vínculo pedagógico, democratizar la vida escolar y reconocer a las juventudes como productoras legítimas de cultura.
Bibliografía
Dubet, F. (2006). El declive de la institución. Gedisa.
Giroux, H. A. (2001). Cultura, política y práctica educativa. Paidós.
Kaplan, C. V. (2019). Políticas de la mirada sobre las juventudes. Noveduc. Margulis, M., & Urresti, M. (1996). La juventud es más que una palabra. Biblos. Reguillo, R. (2012). Culturas juveniles. Siglo XXI.
Rodríguez, F. (2018). Reducción de daños y políticas públicas de juventud. Paidós. Turner, V. (1969). The ritual process. Aldine.
Van Gennep, A. (1960). The rites of passage. University of Chicago Press. Ley 26.061 de Protección Integral.