Solemnidad de Todos los Santos

Por: Angélica Diez, Misionera de la Inmaculada Padre Kolbe, Olavarría.
Hoy, 1° de noviembre celebramos la Solemnidad de todos los santos. Hoy el Pueblo de Dios se alegra por el triunfo de todos los hermanos y hermanas que han trabajado por la construcción del Reino de Dios, por la edificación de una nueva civilización donde reinen la justicia, la verdad, la fraternidad y la libertad de los hijos de Dios en la concordia y la paz, aquellos hermanos nuestros que vivieron la fe, la esperanza y la caridad siguiendo el ejemplo de Jesús. Esta fiesta que la liturgia católica nos invita a celebrar, nos recuerda que podemos vivir desde ahora en la vida eterna si nos comprometemos con determinación a transformar este mundo con la fuerza del Evangelio. Sus raíces son antiguas: desde el siglo IV la celebración de la conmemoración de los mártires fue común a varias Iglesias. Entre los siglos VIII y IX, la fiesta comenzó a difundirse en Europa, en Roma en el siglo IX el Papa Gregorio III (731-741) eligió la fecha del 1° de noviembre para coincidir con la consagración de una capilla en San Pedro dedicada a las reliquias «de los Santos Apóstoles y de todos los santos mártires y confesores y de todos los justos hechos perfectos que descansan en paz en todo el mundo».
El Papa Francisco en su Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, nos invitó a tener una mirada amplia: «No pensemos solo en los ya beatificados o canonizados. El Espíritu Santo derrama santidad por todas partes, en el santo pueblo fiel de Dios, porque «fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente» (Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, 9) El Señor, en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. (…) Por eso nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo”.
Podríamos preguntarnos: ¿Quiénes son los santos? Santo es sinónimo de bienaventurado, dichoso, feliz, en palabras de Benedicto XVI: “La santidad es el don de Dios que colma todas las aspiraciones humanas; es la plenitud de la vida cristiana que consiste en unirse a Cristo, aprendiendo a vivir como hijos de Dios con la gracia del Espíritu Santo y viviendo la perfección de la caridad. La santidad, la plenitud de la vida cristiana consiste en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos”.
El Papa Francisco definía la santidad como “un don y un camino, es un don de Dios, un regalo que no se puede comprar, lo hemos recibido en el Bautismo, y al dejarlo crecer en nosotros puede cambiar completamente nuestras vidas. Los santos no son héroes inalcanzables o lejanos, sino personas como nosotros, nuestros amigos, cuyo punto de partida es el mismo don que nosotros hemos recibido. La santidad es un don que se ofrece a todos para tener una vida feliz. La santidad es también un camino, un camino que hay que recorrer juntos, unidos a esos excelentes compañeros de ruta que son los Santos, porque ellos con su palabra y con su existencia anuncian la Buena Nueva y llevan a cabo su misión que se realiza desde la confianza en el Señor, presente en la Iglesia y de la mano de María, Madre y Maestra, Reina de los santos, que es la estrella luminosa que nos guía en el camino de la santidad”. Esta solemnidad se enlaza con la celebración de mañana, 2 de noviembre, la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, en memoria de los fallecidos para orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrenal y por quienes aún se encuentran en estado de purificación en el Purgatorio.