Volver a Proust para entender el absurdo

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)
Volver a Proust para también volver, de alguna manera, a las intenciones originales y desmesuradas de conferirle a esta columna algún valor literario.
Los grandes textos de la literatura son, justamente grandes, en la medida en que perduran, en la medida en que envejecen y mantienen el interés de los lectores, en la medida en que siglos después de haber sido publicados siguen brindando respuestas o aclarando situaciones actuales.
En “En busca del tiempo perdido”, obra fundamental de Marcel Proust (París, 1871 – París, 1922), hay una frase que probablemente sea de utilidad para entender situaciones que en el presente se nos presentan como caprichosas o inexplicables:
“Los hechos no penetran en el mundo donde viven nuestras creencias; no las engendran, no las destruyen. Pueden infligirles los más constantes desmentidos sin debilitarlas.”
O, en el francés original:
“Les faits n’entrent pas dans le monde où vivent nos croyances; ils ne les font pas naître, ils ne les détruisent pas; ils peuvent leur infliger les plus constants démentis sans les affaiblir.”
¿Cómo se interpreta esta afirmación? Proust nos dice que las personas no formamos nuestras creencias simplemente a partir de hechos. Nuestras creencias, por el contrario, funcionan como un sistema previo de interpretación. Incluso cuando los hechos contradicen esas creencias, no necesariamente las cambian.
Algunos filósofos contemporáneos consideran que Proust estaba describiendo algo que hoy estudia la psicología cognitiva: el sesgo de confirmación, es decir, la tendencia a interpretar los hechos de forma que confirmen lo que ya creemos.
Más adelante, en su monumental novela, Proust afirma:
“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos.”
Estas ideas de Proust se ajustan a lo que muchos años después desarrollaron los llamados pensadores posestructuralistas.
Filósofos como Michel Foucault sostuvieron que lo que llamamos “hechos” siempre aparecen, y deben ser concebidos, dentro de marcos discursivos o sistemas de interpretación. Es decir: no accedemos a la realidad “en bruto”, la interpretamos a través de discursos, saberes y estructuras de pensamiento previamente establecidos.
¿Dónde adquirimos esos discursos, saberes y estructuras de pensamiento? Probablemente en el colegio, en la iglesia, a través de los medios, en la familia, en la cultura, en el ambiente en el que nos toca desempeñarnos (el barrio, el nivel económico de los compañeros de colegio, la carrera universitaria que elijamos, el ámbito laboral).
Estas estructuras son ni más ni menos las que Marx concentró bajo la categoría de “súper estructura” y a la que, según interpretaciones posteriores de Athusser y Gramsci, no le dio en su modelo filosófico la importancia que merecía.
Estas posturas filosóficas explicarían circunstancias que muchas veces nos causan gran confusión, por ejemplo, observar que existen individuos que siguen fieles a una manera de ver las cosas cuando la realidad les ofrece signos inequívocos de que, como mínimo, esa postura podría estar equivocada o al menos podría ponerse en duda.
No encuentro manera de ser más sutil para hablar de política fingiendo que hablo de literatura.
Nos encontramos el próximo domingo.