La culpa la tuvo Croacia

Por Beto Buzeki.

El día anterior al partido con la selección de Croacia, estaba en Mar del plata y salí a comprar un melón. Crucé la avenida Luro a la altura de Santiago del Estero, sin mirar hacia el lado de Independencia. Si lo hubiese hecho, el melón habría quedado para otro día. El dueño de la verdulería rezongaba molesto. Los redoblantes encabezaban la protesta piquetera de los movimientos sociales en reclamo del primer bono de navidad. Después vendría otro pedido más. La columna era interminable. Doce, 15 cuadras. En su mayoría personas jóvenes que viven de changas y muchas mujeres con chicos, o empujando el carrito del bebé.

A una cuadra, los turistas paseaban por peatonal San Martín, mirando vidrieras o haciendo compras. No se molestan ni se agreden. Cada cuál atiende su juego. A veces ni se enteran que están caminando en paralelo, con objetivos totalmente distintos. Son mundos que ni siquiera se cruzan en el almacén del barrio.

Cuándo ves tanta cantidad de gente en situación de pobreza, la pregunta surge sola: ¿Y esto cómo se arregla? Todos sabemos que es un proceso lento que nunca comienza. Reglas jurídicas estables, inversión y creación de empleo. Lo demás es verso.

Al otro día, con solo 24 horas de diferencia y después del partido con Croacia, una parte importante de lo irreconciliable, compartían la misma alegría. De manera distinta tal vez. Unos más recatados con chicos al hombro y manteniendo una prudente distancia del tumulto, que se había adueñado del monumento a San Martín. A un metro mío, un muchacho con un poco o mucha cerveza encima, comenzó a entonar siguiendo la ola, el clásico…”soy argentino, es un sentimiento no puedo parar” y me emocioné. Lo vi irremediablemente atado a la cubierta del Titanic, sin ninguna posibilidad de abandonar la nave. ¿Adonde se va a ir? ¿Con que plata? Si no le alcanza para la diaria. Y seguro que ni siquiera tiene una especialización laboral, que le asegure un futuro mejor en otro país. No tiene opción y ese triunfo deportivo, le generaba una esperanza que podía quedar trunca en el próximo encuentro. Pero el festejaba sin parar, sin ponerse a pensar que en poco rato volvía a la bodega. El y otros muchos, saben que la suerte está echada y que no le queda otra que esperar. No sabe bien qué, pero no puede elegir. Y ese fatalismo al que está destinado, hace más heroica su resistencia a la adversidad. Hay cosas que las tenemos a simple vista y solo las vemos en un momento determinado.

Los adultos mayores en nuestra gran mayoría también viajamos en el mismo barco, pero en una época de trabajo, pudimos comprar un camarote de tercera de segunda o de primera los más afortunados. No tenemos posibilidad de irnos, porque nuestros afectos están acá, y aunque sean imperfectos es lo mejor que tenemos. Ya no estamos para grandes aventuras.

El resto es historia reciente. La selección campeona en Qatar, toma distancia de la política, la gente sale a la calle cómo nunca antes y cómo bien señala Andrés Malamud, se cuida sola, no hace ostentación de banderías políticas y no se deja seducir por cantos de sirenas. A partir de ahora la política tiene la obligación de hacer una lectura inequívoca de esta novedosa situación y orientar todos los esfuerzos a resolver los grandes problemas que enfrenta el país. En momentos de batallas épicas, hacen falta personas de temple y convicciones firmes. Que estén a la altura de la hora.

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