Micromenipeas | Las puertas del averno burocrático

Como cada sábado el escritor Guillermo Del Zotto recrea un antiguo género satírico en versión microficción. Hoy: Oficinismo crónico.

Nunca sabremos si la oficina es un invento de Franz Kafka para urdir sus tramas o una derivación natural del progreso de la burocracia. Lo cierto es que con obras como “Ante la ley”, el autor de “La metamorfosis” logra con una brevedad admirable una definición para el bronce de ese laberinto cotidiano que alguna vez padecimos todos. De ambos lados del mostrador.

Si la oficina fuese de origen divino, podríamos conjeturar que es el adelanto en cuotas del purgatorio. Pero en un largo recorrido por los grandes escritores universales, podemos ver que en realidad ha sido una de las fuentes inagotables de inspiración. Y también estamos hablando de ambos lados del mostrador, ya que un gran número de ellos fue oficinista hasta que pudo (mal) vivir de la escritura.

El oficinista poeta por antonomasia es Fernando Pessoa. No sólo por su monumental obra sino porque además fue oficinista hasta las últimas consecuencias. No se puede concebir el desangrado de sus poemas sin mezclarlo con la tinta que usaba junto al patrón Vasques.

Pessoa, a pesar del efecto de sus múltiples personalidades poéticas, logra conmover más con su tarea habitual, rutinaria. Nosotros queremos que ése que nos cuenta los desgarros del Libro del desasosiego sea un oficinista al que apenas le quedan horas a la noche para escribir. Lo mandamos como un minero a la oscuridad y lo esperamos a la vuelta para que nos tire cachetazos de barro con luz. La locura irreal y cotidiana que enfrenta Pessoa en Portugal es lo que hace creíble y única a su literatura.

Hay un relato titulado “El cocodrilo” de Fedor Dostoievski que marca un quiebre en su obra, hasta para los más estudiosos. Pero más allá de sus características de un adelantado surrealismo, la trama propone el interior hueco de un cocodrilo para refugio de un oficinista cuando rumbo a su trabajo es tragado por el animal. La burocracia, gran tema ruso, sin duda ha llegado a su esplendor en una de las mejores novelas de todos los tiempos: “Las alma muertas” de Nicolás Gogol.

Del relato de Dostoievski, dice el poeta argentino Aldo Pellegrini que el autor busca “poner de manifiesto la voluntad que lo anima a salvar por vía del humor sarcástico la posibilidad misma de ser hombre en plenitud. (…) esa criatura humana encerrada en el vientre del cocodrilo sigue razonando (…) un alegato ideológico, la necesidad de restituir a su condición a todos los hombres en todos los aspectos de la existencia”.

Guy deMaupassant, sólo por mencionar uno más de la gran lista de oficinistas conversos, marca con su nouvelle “La herencia”, el camino de salvación al salir de ese hormiguero que es el Ministerio de Marina. Sale de allí en primera persona y utiliza todo el material: hipocresía, cinismos y traiciones. Que suele anidar en aquellos rincones en estado puro.

Roberto Arlt, podríamos decir que hizo un giro metafísico al término oficina. Lo instaló como el lugar que no deja trabajar en paz pero que al mismo tiempo hace ese “ruido de fondo” necesario para que lo que uno escribe realmente respire. Trasladó el concepto de oficina nada menos que a la redacción de un diario protestando en sus prólogos por tener que escribir en medio de tanto ruido. Hay quizás un “oficinismo” histérico cuando los escritores construyen ese ambiente-excusa que no les permite crear pero que al mismo tiempo los motiva para la letra rebelada. De todas maneras el lugar ideal no existe. Lo dice Bukowski en su poema cuando cuenta que al fin tiene “luz, espacio y tiempo” para escribir. Pero no qué.

La menipea es un género seriocómico, derivado de los diálogos socráticos y con inicios en la obra de Antisfeno aunque  debe su nombre a uno de sus exponentes: Menipo de Gadara.

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