Micromenipeas | Una historia de circos que no me contaron y otra que tampoco

Como cada semana el escritor Guillermo Del Zotto recrea un antiguo género satírico en versión microficción. Hoy: Serpientes y palomas

El circo no tenía nada especial, salvo el mago­faquir. Todos iban a la función sólo para ver su número que consistía en el asombroso adiestramiento de palomas y serpientes juntas. La cobra era guardada para lo último. Con un lomo ancho casi como el de un perro¸ se erguía en el final, amenazaba con su lengua bífida y hasta parecía mirar al público con dotes de actriz. El mago-faquir luego iba largando las palomas que terminaban conviviendo en la jaula de vidrio de la serpiente. Daban la sensación de saludar con sus buches en grotescos movimientos.

El mago faquir era admirado por el público y envidiado en la familia circense. Carromatos adentro la cosa no era fácil. Su bellísima esposa trapecista se acostaba dos veces por semana con el dueño del circo. El lo sabía. Había que mantener el trabajo. Ese disimulo hacía que muchas veces mirara con deseos de matar a sus mascotas. Terminaba reconciliándose internamente con ellas. Sobre todo con la cobra. Quizás sospechaba lo que varias noches ocurrió: mientras él dormía, la serpiente más de una vez espantó a dos palomas que se la tenían jurada al mago-faquir y que buscan vaciarle los ojos con sus picos.

Nelson, el trapecista

Nelson era trapecista. Y comía palomas. Yo lo había conocido mientras él  practicaba en la cama elástica. Había visto su figura suspendida en la penumbra de la carpa y en ese momento había pensado en palomas antes de que él me lo contara. Con unos amigos habíamos estado esperando que nos dieran trabajo. En el diario habían publicado que necesitaban gente. La tarea resultó ser: repartir volantes y acomodar las sillas. Lo hacíamos con agrado porque nos reglaban entradas como forma de pago.

Es extraña la amistad para la gente de circo. Nelson rompía el molde. Hablábamos como si se fuese a quedar a vivir para siempre en el pueblo. Yo nunca quise decirle que su gomera al cuello y su puntería en los silos de cereal que estaban cerca de la carpa, me producían repugnancia. Le respeté eso incluso sin saber a ciencia cierta que Nelson cazaba y comía palomas porque no tenían qué comer.

Practicaba más de ocho horas diarias como trapecista. Nunca se quejaba. Era aplicado y cumplía con eso de volar por los aires como quien va a la escuela. Ojalá la escuela fuera así, pensaba yo. Quizás él pensaba lo contrario.

No tengo recuerdos vívidos de Nelson en plena función. Es probable que hasta lo haya confundido con otro de los compañeros en el trapecio. Para mí Nelson era mejor trapecista cuando hablábamos. Nunca le dije que odiaba a los que mataban palomas.

El día que se va un circo deja un agujero parecido a los que provoca una bomba en las películas.  Nelson no me había avisado que se iba. Llegué y miré el escenario vacío de lo que había sido una aventura imperfecta y por eso, inolvidable. Durante la noche alguien había pegado nuevos carteles en el paredón donde antes estaban los que anunciaban las funciones del circo. Los afiches nuevos tenían caras y frases que con el tiempo fueron sinónimo de otras matanzas.

La menipea es un género seriocómico, derivado de los diálogos socráticos y con inicios en la obra de Antisfeno aunque  debe su nombre a uno de sus exponentes: Menipo de Gadara.

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