Perplejidades de la modernidad


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Nos propondremos hoy enumerar una serie de costumbres o características de estos tiempos que corren que, por insólitas o disparatadas, nos dejan perplejos.

En primer lugar, mencionaremos la muerte del que tal vez haya sido el adelanto tecnológico más significativo del siglo XIX y posiblemente uno de los más emblemáticos de toda la historia: el viejo y tan apreciado teléfono. El lector dirá, ¿cómo dice este señor semejante cosa si actualmente todos andamos con uno en la mano? El problema es que eso que ahora llamamos teléfono ya no cumple la función que cumplía el aparato del mismo nombre que se usaba hace unas décadas. Vivimos con el celular en la mano, es cierto, y sin embargo nunca le damos el uso de teléfono propiamente dicho. El teléfono actual nos permite comunicarnos de manera asincrónica (para utilizar una definición post pandémica), es decir mandamos un mensaje, ya sea de texto o de audio, y esperamos la respuesta, que tanto puede llegar de inmediato como a los diez minutos, al día siguiente, o nunca si, tal como suelen decir los jóvenes, nos “clavan el visto”. (A propósito de clavar el visto, ¿qué necesidad hay realmente de acudir a ese artilugio que impide mostrar si un mensaje de Whatsapp fue visto o no? Parece mentira que anulemos una de las bondades que ofrece la nueva tecnología apelando a agachadas propias de quien se esconde o tiene miedo de mostrarse abiertamente.) Pero dejando de lado este particular, al cual podríamos volver cualquier otro domingo, sigamos enumerando los usos que se le dan al aparatito que todos llevamos en la mano durante casi todo el día: mirar redes sociales, escuchar música, hacer trámites por home banking (al menos aquellos que todavía permanecen bancarizados en esta economía antediluviana a la que nos llevaron con el manualcito de la escuela austríaca o de no sé dónde), jugar al tetris, leer Clarín o En Línea Noticias… En fin, todo menos llamar por teléfono. Ayer pude comprobar que mis hijos no saben llamar por teléfono, cuando les pido que lo hagan, llaman a través de Whatsapp y no del sistema telefónico tradicional.

Otro despropósito que demuestra que la tecnología está llena de idas y venidas, y que lo que ayer se desechó en nombre del progreso hoy puede volver como muestra de refinamiento y buen gusto, es la reaparición de los discos de vinilo. Los que contamos más de cincuenta abriles recordaremos seguramente la humillación que sufrió el viejo disco de vinilo cuando los modernos y digitalizados CDs irrumpieron en el escenario de la música. El CD representaba el mundo digital contra el universo de la electrónica valvular, desterrado para siempre y condenado a la humedad y al olor a decrepitud de los museos. Sin embargo, después de haber ocupado un lugar hegemónico en la producción musical durante décadas, el CD se desvaneció más rápidamente que el disco de vinilo y sin tanta alharaca, sin siquiera despertar un mínimo sentimiento de nostalgia por el fetiche perdido. Basta con mencionar que mientras el vinilo fue, por años, objeto de decoración en pubs pretendidamente modernos y lugares de moda con ínfulas de vintage, el CD, por su parte, transmutó en ilusorio objeto de decoración en precarios carritos de cirujas y cartoneros cumpliendo el modesto rol de ojo de gato.

En este sentido, y demostrando que en la Argentina el nivel de tilinguería pude alcanzar niveles estratosféricos, hemos podido observar, perplejos, la nueva moda de la “empanada de carne cortada a cuchillo”. La humanidad necesitó una evolución de al menos diez mil años para alcanzar un nivel tecnológico que permitiera fabricar picadoras de carne, para que llegara recientemente uno de estos genios del marketing a promover la empanada de carne cortada a cuchillo. Automáticamente salieron los fundamentalistas del snobismo a exigirle al pobre cocinero de rotisería de barrio que renegara de la facilidad tecnológica que ofrece una picadora de carne eléctrica y volviera al rudimentario y prehistórico utensilio denominado cuchillo.

Y así podríamos seguir por un buen rato más. Hoy por hoy se venden, por ejemplo, siendo además unas de las más caras, toallas que no secan, termos que no aíslan térmicamente, sartenes que no se sostienen horizontalmente porque el mango pesa más que la parte donde se coloca el aceite. Todos prodigios de la nueva capacidad emprendedora que tenemos, de la sagacidad para detectar “nichos de mercado” y de la ambición que como decía Gardel, apenas si descansa un rato a la noche cuando el músculo duerme.

Nos vemos la próxima semana si es que la depresión que provoca ver cómo cuatro improvisados rifan el país nos lo permite.

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