Relatos para En Línea Noticias: La Vergüenza, de Gloria Salas

Ediciones Independientes delaltillo ofrece la lectura de su catalogo: Hoy un texto de “Memorata”.


Desde este sábado Ediciones Independientes delaltillo invita a compartir relatos, cuentos, poemas y fragmentos de los libros de su catálogo.

En esta ocasión ofrecemos “La vergüenza”, texto de Gloria Salas de su obra “Memorata”, editada en el año 2018 con prólogo de la reconocida historiadora y escritora Aurora Alonso, recientemente fallecida.

“…son la materia de este libro, desde las impresiones de una niña curiosa hasta ahora, pasando por ese tiempo en que –como dice Gloria en su libro- los padres pasan lentamente a ser nuestros hijos. Dice eso y dice muchas otras cosas, observaciones agudas que nos llevan al Buenos Aires de hace ochenta años en el corazón de la ciudad, San Telmo, la plaza de Mayo, los tranvías… A Ranchos, un pueblo que fue escenario de anécdotas y cuentos, y también a Olavarría en los años en los que recibía a mucha gente de otros rumbos que se juntaba y se sumaba y casi nunca se iba”, escribió Aurora Alonso en el prólogo.

“Memorata, en realidad, es mucho más que esa “memoria sentimental” de la autora (…) es un valioso aporte a la comprensión de esa amalgama de criollos, italianos y españoles (la autora es descendiente de asturianos) que originó lo que hoy somos (…) por momentos toma la mirada de aquella niña inocente de San Telmo y por otros se nos presenta como una abuela que reúne a los nietos a su alrededor después de la cena para contarles historias”. (Carlos Verucchi, en su reseña para En Línea Noticias)

LA VERGÜENZA

Por Gloria Salas

Una vez se me antojó una muñeca negra y tanto insistí, era terrible yo para insistir, que al final mi papá me regaló una chiquitita así. Pero no era nena. Era nene. Yo me di cuenta porque tenía el pelo corto y no tenía filibustera como yo. ¿Por qué los muñecos allá abajo son todos iguales?

Había que vestirla y mi mamá quería hacerle un vestido con volados.

Trató de convencerme de que era una nena a la que le cortaron el pelo. Pero yo que no, era varón y no lo iba a vestir como una nena. Faltaba más. Ahí fue cuando mi primo más grande dijo:

 -¡Qué tonta! ¿Cuál es el problema? Vestilo de mujer y decí que es maricón.

Mi mamá lo miró con una de esas miradas que te dejaban estaqueado, y que eran su especialidad. Mi primo no dijo ni mu y otra vez me quedé sin saber de qué se trataba.

Lo mismo me pasó con la vergüenza. Yo tendría tres o cuatro años y estábamos en la playa. Era una tarde preciosa, pero seguro que ya no me iban a llevar al agua y que fuera sola estaba prohibido. La arena me molestaba y me saqué la malla. La que se armó. Mi mamá corrió a envolverme con una toalla mientras repetía una y otra vez muy enojada:

-No tenés vergüenza.

Claro que no tenía, ¿de dónde la iba a sacar? Y lo peor es que no sabía qué podía ser. Entonces empecé a prestar atención y me cansé de oír que esa no tiene vergüenza; hay que tener un poco de vergüenza y que la vergüenza para acá y la vergüenza para allá.

¿Se podría fabricar en casa o la venderían? En la verdulería, la panadería o el almacén nunca oí que la pidieran. A lo mejor en “Gatichaves” donde se compraban tantas cosas lindas y útiles.

Luego apareció la palabra desvergonzada, que sonaba peor. Yo seguía sin saber y sin preguntar y por no preguntar hacía cada vez más cosas que llevaban a mis padres a decir, a proclamar que yo no tenía vergüenza. Ellos sí la tenían pero yo no la veía por ninguna parte. Además de valiosa era invisible. Al fin la encontré. Estaba en el diccionario, que desde que aprendí a leer es mi libro de cabecera. Pero decía tantas palabras difíciles que ahí nomás decidí que no me complicaría más, que yo nunca la tendría, no formaría parte de mis cosas y si a otros les sobraba mejor, pero a mí no me importaba nada de nada.

Hablando de desvergonzadas, había una señora que todas las tardecitas pasaba rumbo a Piedras que era la calle por donde corrían todos los tranvías que iban al centro. O sea el 9, el 10 y el l7. La mujer era rubia oro, lo que contrastaba con los ojos negros y su cutis moreno. Linda, muy buen porte decía mi papá y usaba en verano unos soleros casi siempre negros, que dejaban ver una piel hermosa y suave.

Pasaba seria, concentrada y enigmática, como la nave insignia que entra a puerto entre las pobres canoas de los pobladores. Y las viejas del conventillo decían ahí viene la desvergonzada y se quedaban mirándola con una mirada de rara…Todas tejían sus cuentos, pero en realidad todos sospechaban  de qué se trataba hasta que alguien lo confirmó sin lugar a dudas: trabajaba en el Tabarís. ¿Tabaraís no es una palabra hermosa? Dije que le iba a poner ese nombre a la próxima muñeca que me compraran y mi mamá casi me mata.

Pero esto no termina aquí. Un día conseguí que me mandaran a la panadería (me daban la yapa) y me encontré a la señora del Tabarís, sin pinturas, con el pelo suelto, en batón y con una nena en brazos. Ahí me desorienté. Volví a oír el desvergonzada de las viejas, no pregunté y me quedó otra intriga para mi colección.


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