¿Ser o no ser?


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

En la cola del supermercado escucho un diálogo entre el cajero y el cliente que está vaciando su changuito adelante mío.

  • ¿Así que Messi se retira?

El cajero mira sorprendido, duda un momento.

  • ¿No dijeron que iba al Inter de Miami…?
  • Claro, por eso digo, se retira.

Tendremos que empezar a acostumbrarnos, los argentinos, a jugar sin el as de espadas. Messi ya no volverá a ser el mejor, eligió retraerse, refugiarse, escaparle a la presión y tal vez a la fama. ¿Podemos cuestionarle esa actitud? Definitivamente no, en absoluto. ¿Qué más le vamos a pedir? Nos dio todo, el mejor fútbol jamás visto, clases de humildad, ejemplos de llevar la argentinidad hasta en los huesos. Cualquier poligrillo que se va quince días a Europa vuelve obnubilado con el primer mundo, él extraña Rosario, el barrio, ni el acento se le pegó, intenta mantenerse vinculado a su niñez, a su origen.

No se puede ser competitivo jugando en Estados Unidos, eso lo sabe cualquiera que entienda un poco de fútbol. Es lo mismo que si un jugador de la NBA viniera a jugar a Argentina.

¿Podría haber vuelto al Barcelona resignando ganancia? Sí, claro. No lo hizo, ¿eso es malo? A esta altura ya no lo sé. Podría justificarse diciendo que el dinero que gane en Estados Unidos no es suyo, es de sus hijos. Se entiende.

No estaríamos hablando de esto si al pobre Lionel no le hubiera tocado la mala suerte de tener que verse siempre en el espejo de Maradona. Ahí está la clave. No me digan que cuando leyeron la noticia en el diario no se les cruzó por la cabeza la inquietud… ¿qué hubiera hecho el Diego en estas circunstancias?

Sí, ya sé. Son distintos, no se puede comparar una cosa con otra. No es lícito hacerlo. Maradona no podía vivir sin presión, sin tener que responderles a todos. Maradona necesitaba llevar una mochila pesada en los hombros para poder avanzar. “Necesito que me necesiten”, dijo una de las veces que volvía a la selección.

Messi, con su actitud, parece decir: no me pidan más, vayan olvidándose de mí.

La literatura, porque de literatura pretendemos hablar en esta columna, se enamora de los Maradona. Los Messi no son atractivos para un novelista, no son interesantes, ni acá ni en ningún lugar, ni ahora ni nunca. A los escritores no les interesan los ejemplos impolutos, los prolijos, los correctos, a los escritores les interesa la suciedad, lo turbio, lo oscuro, se valen de las miserias y de los miedos para construir sus historias.

Maradona y Messi parecen destinados a parecerse y a diferenciarse al mismo tiempo. Jugando a la pelota han sido parecidos y probablemente irrepetibles. Hace poco un ex futbolista alemán hizo una definición perfecta, dijo algo así como que hay escasísimas chances de que vuelva a surgir un jugador como Maradona o Messi, pero que si se diera por casualidad esa circunstancia, ese otro jugador a la altura de los dos mejores sería, indefectiblemente, argentino. Me parece una definición involuntaria y genial al mismo tiempo de la esencia de los argentinos: estamos hechos de excesos, saturamos cualquier métrica, nos salimos de rango en todo. Tanto para bien como para mal.

Sin embargo, fuera de la cancha parecen polos opuestos, la cara y la contracara de una moneda. Messi lleva muchos años intentando parecerse a Maradona cuando juega al fútbol y diferenciarse de él cuando no lo hace. Tal vez en lo único que se parecen (y no es poco) es en ese sentimiento de pertenencia a su gente, a su pueblo, en cierta humildad que en Maradona a veces pasaba desapercibida.

Con esta actitud de ir a jugar a la liga de Soccer, Messi se aleja una vez más del otro, del ídolo, del que nos sigue dando buen material literario.

Mantiene su humildad, su sensatez, y se aleja del mito.

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