De la plaza a las urnas: cuando la protesta busca volverse política


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

En la última década, dos experiencias marcaron con fuerza la escena política iberoamericana: el 15M de 2011 en España y el movimiento estudiantil chileno durante el mismo año. Aunque surgieron en contextos distintos, ambos expresaron algo común: el agotamiento de formas tradicionales de representación y la irrupción de nuevas subjetividades políticas que desbordaron a los partidos existentes.

En mayo de 2011, miles de personas ocuparon plazas en distintas ciudades de España bajo una consigna tan simple como disruptiva: “no nos representan”. La crítica no apuntaba únicamente a un gobierno o a una medida específica, sino al funcionamiento mismo de la democracia representativa. El 15M condensó una serie de malestares heterogéneos —desempleo, precarización, corrupción, desigualdad— en una forma de acción política que prescindía de liderazgos claros y estructuras jerárquicas. La plaza se convirtió en espacio de deliberación, pero también en símbolo de una política por fuera de los canales institucionales.

Ese mismo año, en Chile, el movimiento estudiantil protagonizó una de las mayores movilizaciones desde el retorno a la democracia. Las demandas, en este caso, tenían un eje más definido: la educación como derecho y no como mercancía. Sin embargo, lo que comenzó como una reivindicación sectorial rápidamente se amplió hacia una crítica más profunda al modelo neoliberal heredado de la dictadura. Las marchas estudiantiles no solo cuestionaban el sistema educativo, sino el conjunto de relaciones sociales que lo sostenían.

Ambos procesos pueden leerse, en términos de teoría política, como momentos de desarticulación del orden existente y de emergencia de nuevas formas de identificación colectiva. No había un sujeto político predefinido: ni “la clase obrera” en sentido clásico, ni una organización que condujera el proceso. En su lugar, lo que aparece es una multiplicidad de demandas que, al articularse, comienzan a construir un “nosotros” aún inestable, pero políticamente potente.

Sin embargo, hay un punto en el que ambas experiencias divergen, y ese punto es decisivo: el pasaje —o no— de la protesta a la institucionalidad.

En España, el 15M encontró su traducción política en la aparición de Podemos. En pocos años, una fuerza surgida al calor de la movilización social logró disputar el poder electoral y formar parte del gobierno. Ese proceso implicó una transformación significativa: de la horizontalidad de la plaza a la lógica necesariamente más vertical y estratégica de la política institucional. La consigna “no nos representan” se desplazó hacia la construcción de una nueva representación.

En Chile, el recorrido fue más largo, pero no menos significativo. Muchos de los dirigentes estudiantiles de 2011 ingresaron al sistema político y, una década después, uno de ellos alcanzó la presidencia. Sin embargo, a diferencia del caso español, el intento de traducir la energía de la movilización en cambios estructurales encontró límites más evidentes. El rechazo a la nueva Constitución en 2022 mostró que la construcción de mayorías sociales para sostener transformaciones profundas es un proceso más complejo que la expresión del descontento.

Este punto permite introducir una reflexión más general: la protesta tiene una enorme capacidad para unificar en el rechazo, pero gobernar exige construir consensos en torno a una propuesta. Y esa transición no es lineal ni está garantizada.

Tanto en España como en Chile, la irrupción de estos movimientos evidenció una crisis de representación. Pero también puso de manifiesto las dificultades de producir una nueva hegemonía que no solo exprese el malestar, sino que logre estabilizarlo en una forma política duradera. En ese tránsito, las demandas se reconfiguran, los sujetos se redefinen y las expectativas se enfrentan con los límites de lo posible.

Quizás la lección más importante de estos procesos no sea si lograron o no sus objetivos iniciales, sino haber mostrado que la política sigue siendo un terreno abierto, donde lo social no está completamente fijado y donde nuevas articulaciones pueden emerger. Pero también que ninguna de esas articulaciones está asegurada de antemano.

Entre la plaza y las urnas hay una distancia que no se salda solo con voluntad transformadora. Es allí, en ese espacio intermedio, donde se juega buena parte de la política contemporánea.

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