Las manos de mi padre

 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

A los trece o catorce años empecé a ayudarle a mi viejo en la carpintería. En el verano eran largas jornadas de trabajo diario, en el invierno, mi colaboración se reducía a los sábados por la mañana o, eventualmente, un rato a la tardecita en los días de semana si no tenía deberes del colegio.

Lo primero que se aprende en cualquier oficio es a “alcanzar herramientas”. Parece sencillo, pero no lo es en absoluto, si mi viejo me decía dame un formón, yo debía buscar entre los diez o doce formones colgados de un clavo cuál era el adecuado para lo que las circunstancias demandaban. Lo mismo si me decía poneme una mecha en el taladro, sólo las primeras veces me aclaraba el diámetro de mecha que necesitaba en ese momento.

Mi viejo hablaba poco o nada, escuchaba alguna audición de tangos por la radio. En ese momento yo no lo sabía, pero lo que mi viejo ponía en práctica era un modelo de enseñanza, bastante difundido en aquel tiempo, que consistía en el aprendizaje por imitación. Después de ver diez veces cómo él encolaba la pata de una silla, me pedía a mí que lo hiciera, yo intentaba reproducir el mismo procedimiento que había visto tantas veces.

Yo no lo miraba a él, miraba sus manos, trataba de retener con cuál tomaba la escofina por el mango, con qué dedos sostenía el clavo antes de darle un golpe seco de martillo.

Cuando tomaba un tirante o un listón desparejo y le pasaba la garlopa, las vetas de la madera, sus nudos, quedaban al descubierto ante la mirada ansiosa de mi padre, también iban surgiendo lentamente los colores, el rojizo de la caoba, el marrón amarillento del nogal. Cada tanto pasaba su mano pesada, de dedos gordos y venosos, sobre la superficie de la madera para despejar la viruta que se amontonaba. Con ese gesto, mi viejo, más que limpiar, acariciaba la madera, medía su textura, reconocía su nobleza. Tal vez esa sea la única enseñanza que me quedó de aquellos años, la relación casi libidinosa de mi viejo con el objeto de su arte.

Cuando no me veía, yo también acariciaba esa superficie pulida, tomaba su olor, sentía la textura.

Unos años después me fui del país para cursar estudios de postgrado en ingeniería. Mi director de tesis se llamaba Roger Wallace. Todas las tardes nos juntábamos en su oficina para darle forma a mi tesis, me ayudaba con la resolución de unas ecuaciones diferenciales que resultaban un obstáculo para que pudiera seguir avanzando.

Roger tomaba una pilita de hojas usadas de un solo lado, un lápiz negro, una goma y un sacapuntas y empezábamos a esbozar esquemas, circuitos, ecuaciones. En cada una de las páginas que se iban apilando tenía que haber armonía, antes de darlas por definitivas las alejaba de sus ojos y las miraba en perspectiva. Controlaba el tamaño de las letras, la claridad, si la hoja había tenido muchas borraduras la pasaba en limpio en una hoja nueva.

Más allá de la rigurosidad científica que debían tener esas expresiones matemáticas, él se empeñaba en cuidar la estética: primero van las constantes numéricas, me decía, cualquier número entero, la famosa raíz cuadrada de dos para los ingenieros eléctricos. Después las constantes universales, el número pi, por ejemplo, la permeabilidad magnética del vacío. Más adelante ponía los parámetros de la pieza que estuviéramos modelando y finalmente cada término con las variables en orden exponencial creciente: el término independiente en el que estaba implícita la equis a la cero iba primero, luego el término con la equis a la potencia uno y así sucesivamente.

En eso, Roger se parecía mucho, salvando las distancias, a mi viejo. Ambos rendían una especie de veneración al objeto de su arte, de sus oficios. Respetaban reverencialmente a las herramientas de las cuales se valían para ganarse la vida.

Esas enseñanzas son las únicas que quedan para siempre. Lo otro se va o se pierde o se automatiza y se hace inconsciente.

Los dos, en circunstancias completamente diferentes me transmitieron el mismo mensaje. No importa lo que vayas a hacer en la vida, tenés que hacer lo que te guste. Eso sí, cuando hayas elegido qué hacer, eso que hayas elegido, sea lo que fuere, hacelo bien. O hágalo bien, en el caso de Roger que nunca me tuteaba.

A mí no me quedaba del todo claro qué querían decir con hacerlo bien. Cuando trabajaba en la fábrica, me tocó ayudarle a un señor mayor que no había completado el segundo grado de la primaria. Leía a duras penas y no se animaba a escribir, cuando necesitaba algo del depósito me pedía a mí que hiciera la orden con el pretexto de que él tenía las manos engrasadas. Entonces me dictaba, cuatro bulones de diez por cuarenta de cabeza hexagonal con tuerca y arandelas lisas.

Yo, que a esa altura ya estudiaba ingeniería, sentía gran admiración por verlo trabajar, cortar el metal, agujerear. Con la soldadora era realmente un artista, nunca volví a ver un cordón de soldadura tan perfecto como los que él hacía. Sus procedimientos no atendían ningún rigor metodológico, ninguna lógica, simplemente se dejaba llevar por la experiencia de años, por el instinto que se pule a fuerza de repetición. Con el tiempo fui atando cabos y pude despejar las dudas sobre qué era “hacer las cosas bien”.

En el escritorio donde escribo estas líneas tengo un abrecartas de madera. Una madera muy noble y dura a la que yo mismo le di en aquellos años de adolescencia la forma que aún perdura, el filo cortante y una punta suficiente como para desgarrar el papel y al mismo tiempo incapaz de lastimar una mano. Cada tanto le paso una lija bien finita, con la granulometría más baja que haya, para decirlo en los términos técnicamente correctos. La madera vuelve a tomar el brillo que el paso del tiempo le había ido robando, y entonces, yo paso suavemente la yema de mis dedos para retirar el aserrín, y también para sentir, durante un momento breve, esa comunión con el objeto que permitía el oficio de mi viejo, con ese resquicio de naturaleza que queda en la madera cuando ya está inerte y seca.

Por un momento, los ojos cansados de mi viejo, sus dedos arrugados y toscos, con cayos en las yemas de tanto cargar con herramientas pesadas, vuelven a mí, y es como si por un ratito recuperara aquellas siestas de verano en las que una vieja Spica nos susurraba “Quejas de bandoneón”, interpretado por el gordo Pichuco y su orquesta típica.

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