Un gallo para Esculapio


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Sócrates se está muriendo. Ha sido condenado por un tribunal de Atenas, acusado, entre otras cosas, de corromper a los jóvenes y de no respetar a los dioses de la ciudad. Sus amigos han intentado convencerlo de que se escape. Podría haberlo hecho. Se negó.

Ahora está acostado, rodeado por algunos de sus discípulos. El verdugo le ha entregado una copa con cicuta y le ha explicado qué debe hacer. Sócrates la bebe sin dramatismo. Después comienza a caminar por la habitación hasta que siente pesadez en las piernas. Se acuesta. El veneno empieza a hacer su trabajo.

Primero pierde sensibilidad en los pies. Después en las piernas. La parálisis va ascendiendo lentamente por el cuerpo. Sus amigos lloran.

Sócrates los había reprendido poco antes por hacerlo. Durante toda aquella jornada habían discutido sobre la muerte, el alma y la posibilidad de que algo de nosotros sobreviviera después de que el cuerpo dejara de existir.

Finalmente, cuando el frío comienza a llegarle al corazón, Sócrates se descubre el rostro y pronuncia sus últimas palabras:

—Critón, le debemos un gallo a Esculapio. Pagáselo, no te olvides.

Critón responde que así lo hará.

Le pregunta si desea decir alguna otra cosa. Sócrates ya no responde. Así termina Platón el Fedón.

Y desde hace más de dos mil años seguimos intentando comprender qué quiso decir. Una deuda extraña.

Esculapio —Asclepio para los griegos— era el dios de la medicina y de la curación.

Cuando alguien recuperaba la salud podía ofrecerle un sacrificio como agradecimiento. Entre esas ofrendas estaba precisamente un gallo. Eso vuelve bastante extrañas las últimas palabras de Sócrates. Porque Sócrates no acaba de recuperarse de una enfermedad. Está muriendo. ¿De qué curación está agradeciendo?

Existe una interpretación tradicional y estremecedora: Sócrates estaría agradeciendo haber sido curado de la vida.

La muerte sería la medicina.

No resulta una interpretación disparatada si uno acaba de leer el diálogo completo. Durante buena parte del Fedón, Sócrates sostiene que el cuerpo nos somete a necesidades, placeres, dolores y deseos que dificultan alcanzar el conocimiento verdadero. Filosofar sería, en cierta manera, aprender a separar el alma de esas ataduras.

La muerte completaría finalmente ese proceso. El filósofo habría pasado toda su vida preparándose para ese momento.

Por eso, cuando llega, no habría nada que lamentar. Hay que agradecer. Y pagar el gallo.

Nietzsche no se lo perdonó. Muchos siglos después, Friedrich Nietzsche se detuvo en esas mismas palabras y no le gustaron para nada.

Para Nietzsche, interpretar que Sócrates agradecía a Esculapio haber sido curado de la vida revelaba algo profundamente equivocado en buena parte de la tradición filosófica occidental: considerar la vida como una enfermedad de la que deberíamos liberarnos.

Nietzsche quería exactamente lo contrario. Aceptar la vida. Afirmarla. Con su dolor, sus contradicciones, su incertidumbre y su carácter inevitablemente imperfecto.

Si Sócrates realmente había querido decir que morir significaba curarse de vivir, Nietzsche difícilmente podía acompañarlo. Pero hay un pequeño problema. No sabemos si Sócrates quiso decir eso. Quizás solamente debía un gallo. Existe una explicación mucho menos filosófica.

Tal vez Sócrates había prometido efectivamente un gallo a Esculapio por alguna curación anterior. Quizás propia. Quizás de algún conocido.

Y mientras sentía que el veneno avanzaba por su cuerpo recordó que tenía una deuda pendiente.

Sería maravilloso que después de más de dos mil años de discusiones filosóficas la explicación fuese simplemente ésa. Debía un gallo. Y no quería morirse sin pagarlo.

Pero también existe una interpretación intermedia. Quizás aquello de lo que Sócrates se sentía curado no era exactamente la vida, sino una determinada manera de vivirla.

Sócrates había dedicado su existencia a una actividad bastante molesta: preguntar. Preguntaba qué era la justicia, qué era la virtud, qué era el bien, qué significaba saber algo.

Y cada vez que alguien respondía con absoluta seguridad, Sócrates continuaba preguntando hasta conseguir algo extraordinario: que aquella persona descubriera que no sabía tan bien aquello que minutos antes estaba convencida de saber.

Su propia sabiduría consistía precisamente en eso. En saber que no sabía. Quizás la filosofía fuera entonces su medicina. No una preparación para despreciar la vida, sino un intento de curarnos de la arrogancia de creer que la comprendemos completamente.

Hay algo más que me gusta de esta historia. Sócrates está a punto de morir y recuerda una deuda. No pide que preserven sus libros porque nunca escribió ninguno. No reclama que recuerden su doctrina. No pronuncia una frase grandilocuente destinada conscientemente a atravesar los siglos.

Dice simplemente: No te olvides del gallo. Hay algo profundamente humano en ese gesto.

Nos pasamos buena parte de nuestra vida preocupados por cosas enormes: nuestro trabajo, nuestros proyectos, nuestras convicciones, nuestros éxitos, nuestros fracasos. Y finalmente nuestra existencia también está hecha de pequeñas obligaciones.

De devolver un libro. De llamar a alguien. De cumplir una promesa. De agradecer… De pagar un gallo.

Quizás Platón quiso mostrarnos que Sócrates conservó hasta el último instante aquello que había defendido durante toda su vida: la coherencia entre aquello que pensamos y aquello que hacemos.

Había una deuda. Había que pagarla. Incluso si uno estaba muriendo. Pero hay algo todavía mejor: Platón podría habernos explicado qué significaban aquellas palabras. No lo hizo.

Y entonces ocurrió algo extraordinario. Generaciones enteras de filósofos, historiadores y lectores intentaron descubrir qué quiso decir Sócrates.

Nietzsche encontró allí una condena de la vida. Otros encontraron la liberación del alma. Algunos vieron una referencia religiosa. Otros sospecharon que simplemente se trataba de una deuda real. Nunca lo sabremos.

Y quizás ése sea el final perfecto para la vida de Sócrates.

El hombre que pasó su existencia interrogando a quienes estaban demasiado seguros de sus respuestas nos dejó, justo antes de morir, una pregunta.

Hace más de dos mil cuatrocientos años que intentamos responderla.

Yo, personalmente, me quedo con la explicación convencional, Sócrates supo que se curaba del suplicio de vivir.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

error: Content is protected !!