¿Y ahora qué pasa, eh?

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Lecturas recomendadas: hoy, La Naranja Mecánica de Anthony Burgess.


Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

 

Más de 50 años después de su publicación, en 1962, la novela “La Naranja Mecánica”, de Anthony Burgess sigue alentando la polémica. Como toda gran novela, las aristas que dejó vivas y filosas para la discusión son innumerables. Mucho se ha hablado sobre la extrema violencia que muestran sus protagonistas y el carácter de “adelantado” que se adjudica al autor por haber observado, tal vez antes que nadie, un escenario de extrema violencia juvenil que resulta frecuente en la actualidad.

El protagonista de la novela, Alex, un joven de 15 años, lidera una pandilla que sale por las noches a robar y violar mujeres empleando un nivel de violencia extremo. Incentivados por el consumo de drogas y enmarcados en el clima de desocupación y recesión de la Inglaterra de mediados de siglo pasado, Alex y sus “drugos” (el autor se vale de una jerga ficticia en los diálogos entre los pandilleros) salen a cometer los crímenes más atroces siempre y cuando no se crucen con bandas rivales, ya que en tal caso, la prioridad pasa por mantener su reputación dentro del ambiente marginal en el que se mueven.

Con el tiempo, los “drugos” se cansan de las arbitrariedades de su jefe y le tienden una trampa que termina con Alex en la cárcel. Allí, el personaje principal de la historia es sometido a un “tratamiento” para alejarlo de sus prácticas delictivas. Bajo el efecto de ciertas drogas se lo obliga a observar, durante horas, imágenes de hechos violentos de manera tal de asociar esas imágenes al malestar físico que le provocan las drogas y de esta manera generar cierta aversión a los métodos violentos.

“La Naranja Mecánica” se leyó con gran interés en todo el mundo y fue llevada al cine, también con gran éxito, en 1971. En Argentina inspiró al grupo de Punk “Los Violadores” para componer en 1985 el famoso tema “Uno, dos, ultraviolento”, cuya letra utiliza términos de la jerga inventada por Burgess.

 

Varias débochcas caminan por ahí
mueven sus scharros con frenesí
los málchicos de cuero nos queremos divertir
con mis drugos al ataque vamos a ir.

Y ahora qué pasa, eh?
Y ahora qué pasa, eh?
Y ahora qué pasa, pasa:
Uno, dos ultraviolento.

 

Pero, ¿qué atractivo podía tener para la juventud la historia de Alex y sus compinches? Tal vez la identificación de jóvenes en todo el mundo con la novela se base en el rechazo a todo intento transformador por parte del Estado. Los protagonistas de “La Naranja Mecánica” se saben antisociales, se reconocen como la escoria de la sociedad, pero sin embargo lo que no admiten es la intensión del Estado de adoctrinarlos o “normalizarlos”, sea mediante el mecanismo que fuere, hasta arrastrarlos a un perfil de jóvenes que resulte funcional a la sociedad que ese mismo Estado necesita para alcanzar sus propósitos. La identificación de muchos jóvenes con la novela de Burgess surge, tal vez, de la incapacidad de aceptar aquellos mecanismos del Estado que unos años después Michel Foucault sintetizaría bajo la definición de “Vigilar y castigar”. En todo caso llévenme preso ―parecen decir los “drugos” de Alex―, pero no pretendan transformarme, no me quiten el derecho de elegir. Tal vez sea por eso que “Los Violadores” provocaban, en una democracia recién nacida, a todos los argentinos afirmando que si “nos quieren transformar, no lo lograrán”.

Posiblemente, y tal como lo expresó el propio autor de la novela en alguna oportunidad, sea mejor “ser malvado por decisión propia que bueno por lavado de cerebro”. Sobre todo en tiempos en los que ya no es necesario colocar electrodos en la cabeza para inducir ciertas actitudes y baste para eso, tan solo, con unos cuantos programas de televisión y algunos diarios, y el límite entre el bien y el mal se haya perdido por completo.

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