Argentina, la inteligencia artificial y la importancia de romper el algoritmo.
Escribe Lic. Marcela Blaufuks
En las últimas semanas, una escena significativa tuvo lugar en Argentina: la visita de Peter Thiel, uno de los nombres más influyentes del ecosistema tecnológico global. Cofundador de PayPal, inversor temprano en Facebook y referente de empresas vinculadas a datos, defensa e inteligencia artificial. Pero más allá del dato puntual, la pregunta es:

¿qué significa hoy que actores de esta talla pongan su mirada en países como el nuestro?
Durante años, la tecnología fue narrada como promesa: innovación, crecimiento, eficiencia. La inteligencia artificial parecía inscribirse en esa misma línea, como una herramienta capaz de potenciar capacidades humanas y expandir horizontes. Sin embargo, algo ha cambiado. La IA ya no es solo una tecnología: es una infraestructura de poder. Y como toda infraestructura, no es neutral. Tiene dueños, intereses, direcciones.
En ese nuevo mapa, figuras como Thiel no representan únicamente inversión o desarrollo, sino una forma particular de entender el mundo: una donde los datos, los algoritmos y la capacidad de anticipar comportamientos se convierten en activos estratégicos. No se trata solo de producir más o mejor, sino de saber antes, de predecir, de intervenir.
En este punto, las ideas de Shoshana Zuboff resultan especialmente iluminadoras. En “La era del capitalismo de la vigilancia”, advierte que no estamos simplemente frente a nuevas tecnologías, sino ante una mutación del poder: un poder que ya no necesita imponerse por la fuerza, porque aprende a anticiparse. Cada clic, cada búsqueda, cada desplazamiento en la pantalla se convierte en materia prima para predecir nuestras conductas. En este nuevo orden, la vigilancia no se percibe como control, sino como comodidad. Y ese es, quizás, su rasgo más inquietante: funciona mejor cuanto menos la vemos.
Pero hay un punto donde este fenómeno se vuelve especialmente delicado: el acceso a la información. Los contenidos ya no son iguales para todos: son seleccionados, filtrados y modelados para cada usuario. Lo que vemos no es el mundo, sino una versión del mundo diseñada para nosotros.
Y entonces, la pregunta ya no es solo tecnológica. Es profundamente educativa y política:
¿cómo formar ciudadanos críticos si cada uno habita una realidad informativa distinta?
La alfabetización digital, en este contexto, necesita redefinirse. Se vuelve imprescindible aprender a leer los entornos digitales, a reconocer sus lógicas invisibles, a sospechar de la comodidad de lo personalizado. Porque si todo parece encajar demasiado bien con lo que pensamos, tal vez no estemos ampliando nuestra mirada, sino confirmándola.
Educar hoy implica, también, enseñar a romper el algoritmo. Recuperar la búsqueda, el contraste, la incomodidad de encontrarse con lo distinto. Volver a construir espacios donde lo común no esté fragmentado en infinitas versiones individuales.
En tiempos donde la personalización de la información se vuelve norma y cada usuario habita una versión propia de la realidad, se hace urgente recuperar el valor de la búsqueda auténtica. Esta búsqueda implica el contraste, el ejercicio de enfrentarse a perspectivas distintas. Lejos de acomodarnos únicamente en aquello que confirma nuestras ideas, debemos propiciar espacios donde lo común no se fragmente en innumerables versiones individuales, sino que se consolide como un terreno compartido.
Esto requiere un esfuerzo deliberado por reconstruir ámbitos donde los hechos sean el eje central y donde su percepción se enriquezca al ser observada desde diversas ópticas. Al poner el acento en lo común, se reconoce la importancia de los hechos y la pluralidad de miradas, fomentando una ciudadanía crítica y capaz de dialogar más allá de la comodidad de lo personalizado. Así, la alfabetización digital no solo debe enseñar a navegar entornos tecnológicos, sino también a valorar la diferencia, el debate y la construcción colectiva de sentido.
La llegada de figuras como Peter Thiel puede leerse, entonces, como un síntoma. No necesariamente como una amenaza, pero sí como una señal de época. La inteligencia artificial está redefiniendo el poder global, y países como Argentina se insertan en ese escenario en posiciones que aún estamos lejos de comprender del todo.
Tal vez la pregunta ya no sea si la inteligencia artificial va a cambiar nuestras vidas. Eso ya lo estamos vivenciando. Elijo preguntarme si nuestras decisiones pueden ser anticipadas… ¿siguen siendo completamente nuestras?
El bien superior es el bien de alguien, solo que tal vez no sea el nuestro, escribe Shoshana en su obra.
Elijo pensar y contribuir a que el bien común sea superador.