Kolbe eligió el bien

[email protected] (*)

Celebramos un nuevo 14 de agosto, recordando al Padre Kolbe, mártir de la caridad. Decía San Juan Pablo II en su homilía de la solemne Misa de canonización, en 1982: “El fruto de la muerte heroica de Maximiliano Kolbe perdura de modo admirable en la Iglesia y en el mundo (…). La Iglesia acepta este signo de victoria, conseguida mediante el poder de la redención de Cristo, con veneración y con gratitud”. (…) “El Padre Kolbe reivindicó su derecho a la vida, declarando la disponibilidad de ir él mismo a la muerte en su lugar, ya que ese hombre era un padre de familia y su vida era necesaria para sus seres queridos”. (…) “Mediante la muerte de Cristo en la Cruz se realizó la redención del mundo, ya que esta muerte tiene el valor del amor supremo. Mediante la muerte del Padre Maximiliano Kolbe, un límpido signo de tal amor se ha renovado en nuestro siglo, que en tan alto grado y de tantos modos está amenazado por el pecado y la muerte”.

En sintonía con esta realidad de “elegir el bien”, el papa León en la Carta Encíclica Magnifica humanitas sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial nos dice: (1) (…) Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado». (…) Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. (…) Entre tantos otros hombres y mujeres de todas las épocas, se encuentran: (125) “… los mártires de la fraternidad y de la justicia como san Maximiliano María Kolbe, san Óscar Romero y el beato Enrique Angelelli. (…) Y, sobre todo, los “mártires de lo cotidiano” que curan, educan, acompañan y consuelan discretamente, como los padres de familia, los enfermeros, los médicos, los voluntarios y las personas que están junto a los ancianos o a los excluidos. Su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas.”.

San Maximiliano eligió “edificar en el bien” porque era un hombre que amaba la vida y al hermano, un “tejedor de esperanza”. Su esperanza se fundaba en Dios y en la Inmaculada, y por ello lo resistió todo: el frío, el hambre, el miedo, el dolor e incluso la muerte. Su esperanza tomó la forma de la cruz, pero también de la resurrección. Él nos enseña que la verdadera esperanza nace del amor, crece en la fe y florece en la entrega total a Dios. Y que, incluso cuando todo parece perdido, la esperanza cristiana nunca decepciona. Nos interpela a elegir y edificar en el bien porque creemos que (1) “… Dios ha inscrito en nuestro corazón un deseo de felicidad que abraza todas las dimensiones de la vida; y la Iglesia, en el diálogo con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, siente la urgencia de custodiar y orientar esa aspiración hacia su verdad más profunda. Concluye el Santo Padre su Encíclica diciéndonos: (245). Con la misma fe de María, convirtámonos en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios”.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

error: Content is protected !!