Cuando la desigualdad dejó de ser una excepción

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
Durante buena parte del siglo XX, el capitalismo pareció haber encontrado un límite a su propia tendencia concentradora. Hacia mediados de siglo, en el contexto de la posguerra, la riqueza global se distribuía de manera menos desigual que antes y que después. Puede estimarse que, alrededor de 1950, el 10% más rico concentraba cerca del 60% de la riqueza mundial, mientras que el 90% restante accedía al 40%. No se trataba de una sociedad igualitaria, pero sí de un equilibrio relativo, sostenido por Estados fuertes, políticas redistributivas y una economía más regulada.
Ese equilibrio, sin embargo, no era el resultado natural del sistema, sino una excepción histórica.
A partir de la década de 1980, comienza un proceso que modifica de manera estructural las condiciones del capitalismo global. El llamado giro neoliberal —asociado a políticas de desregulación financiera, apertura económica, privatizaciones y reducción de impuestos a los sectores de mayores ingresos— no solo transforma el funcionamiento de las economías, sino también la distribución de la riqueza.
Los números son elocuentes. Hacia 1980, el 10% más rico ya concentraba aproximadamente el 70–75% de la riqueza mundial, dejando al 90% restante con apenas un 25–30%. Pero lo más significativo no es solo ese aumento, sino lo que ocurre dentro de ese 10%: el 1% más rico comienza a capturar una porción creciente, acercándose al 30% del total.
La desigualdad deja de ser un fenómeno lateral para convertirse en el eje organizador del sistema.
Este proceso se ve reforzado por otro acontecimiento decisivo: la caída del Muro de Berlín en 1989. Más que un hecho geopolítico, ese momento marca el fin de un orden mundial en el que el capitalismo convivía —y en cierta medida se contenía— frente a un sistema alternativo. Con la disolución del bloque socialista, desaparece un contrapunto histórico que había operado, directa o indirectamente, como límite.
A partir de entonces, el capitalismo se vuelve verdaderamente global.
Se amplían los mercados, se integran nuevas economías, se intensifica la competencia internacional y, sobre todo, se consolidan las condiciones para una expansión del capital cada vez menos regulada. La globalización no solo conecta territorios: reorganiza las relaciones entre capital y trabajo a escala planetaria.
El resultado es una profundización de la tendencia concentradora.
En la actualidad, las estimaciones más aceptadas indican que el 10% más rico controla entre el 75% y el 80% de la riqueza global, mientras que el 90% restante se reparte apenas entre el 20% y el 25%. Pero nuevamente, el dato más significativo está en la cima: el 1% más rico concentra cerca del 40% del total.
No se trata simplemente de que los ricos sean más ricos. Se trata de que la estructura misma de la distribución se ha vuelto más desigual.
Desde una perspectiva marxista, este proceso no debería leerse como una anomalía, sino como la manifestación de una lógica interna. El capital tiende a concentrarse porque la acumulación es, por definición, acumulativa. Quien posee capital tiene mayores posibilidades de incrementarlo, y ese incremento refuerza, a su vez, su posición inicial. Cuando las regulaciones que moderaban este proceso se debilitan —como ocurrió a partir de los años ochenta—, la tendencia se intensifica.
La novedad del período reciente no es la existencia de desigualdad, sino la ausencia de contrapesos efectivos.
El neoliberalismo no solo desreguló mercados; también desarticuló instituciones que habían limitado la concentración. La caída del bloque socialista no solo reconfiguró la geopolítica; también eliminó un horizonte alternativo que, en distintos grados, había condicionado el desarrollo del capitalismo.
En ese nuevo escenario, la desigualdad deja de ser un problema a corregir para convertirse en una consecuencia estructural del funcionamiento del sistema.
Y quizás ahí radique el dato más inquietante: no estamos frente a una desviación que deba ser corregida, sino ante el resultado esperable de un orden que, una vez liberado de sus límites históricos, tiende a reproducirse concentrando cada vez más riqueza en cada vez menos manos.