El populismo latinoamericano y la disputa por el capitalismo global
Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Durante años, desde ciertos sectores políticos, mediáticos y académicos, la palabra “populismo” fue utilizada casi como un insulto. Un término destinado a descalificar experiencias políticas consideradas emocionales, irracionales o peligrosamente alejadas de las formas “correctas” de administrar el poder. Pero el problema de esa simplificación es que impide comprender algo más profundo: qué expresan realmente los llamados populismos latinoamericanos y por qué generan tanta resistencia en determinados centros de poder global.
Porque es indudable que detrás de la etiqueta hay un fenómeno político. A comienzos del siglo XXI, América Latina atravesó una oleada de gobiernos que, con diferencias importantes entre sí, compartían ciertos rasgos comunes: recuperación del rol del Estado, crítica al neoliberalismo, apelación directa a los sectores populares y una fuerte reivindicación de la soberanía nacional frente a los organismos financieros internacionales y las grandes estructuras del capitalismo global.
Ahí aparecen figuras como Hugo Chávez, Luiz Ignácio Lula da Silva, Néstor Kirchner, Evo Morales o Rafael Correa. No fueron gobiernos idénticos, ni mucho menos. Pero sí expresaron una reacción regional frente al consenso neoliberal de los años noventa.
Y ahí está el punto central. Estos gobiernos no intentaron abolir el capitalismo. No fueron revoluciones socialistas clásicas ni buscaron destruir completamente el mercado. Lo que intentaron fue otra cosa: negociar una forma menos subordinada de inserción dentro del capitalismo global. Recuperar capacidad estatal, redistribuir parte de la riqueza y limitar, al menos parcialmente, el poder de las elites financieras y de los organismos internacionales.
Eso explica buena parte del conflicto. Porque el capitalismo contemporáneo no funciona solamente como una economía. Funciona también como un orden político y geopolítico. Y dentro de ese orden, los márgenes de autonomía para los países periféricos son reducidos. Cuando un gobierno intenta ampliar esos márgenes —controlando recursos estratégicos, renegociando deuda, fortaleciendo empresas estatales o construyendo alianzas regionales— aparece rápidamente la tensión con los grandes centros de poder.
Por eso resulta insuficiente pensar el conflicto simplemente como una oposición entre “democracia” y “autoritarismo”, o entre “mercado” y “estatismo”. Lo que está en juego es quién define las reglas de integración al sistema global.
En ese contexto, figuras como Donald Trump reaccionan con fuerza frente a ciertos gobiernos latinoamericanos no solo por razones ideológicas, sino también geopolíticas. América Latina sigue siendo considerada una zona estratégica de influencia para Estados Unidos. Y cualquier experiencia política que busque autonomía económica, vínculos con China o cuestionamientos al orden financiero internacional aparece como un problema.
La paradoja es interesante. Trump también utiliza elementos típicamente populistas: apelación directa al pueblo, rechazo a las elites tradicionales, nacionalismo económico, confrontación discursiva. Pero se trata de un populismo de signo muy distinto. Mientras buena parte del populismo latinoamericano se articula alrededor de la redistribución social y la ampliación del rol estatal, el trumpismo combina nacionalismo, conservadurismo cultural y defensa de sectores del gran capital estadounidense.
Eso muestra algo importante: el populismo no es una ideología en sí misma. Es una forma de construir política. Una forma que aparece, generalmente, cuando grandes sectores sociales sienten que las estructuras tradicionales ya no los representan.
En América Latina, esos movimientos surgieron después de décadas de desigualdad, endeudamiento y deterioro social producidos por políticas neoliberales. Su fuerza no vino solamente del liderazgo carismático, sino de una percepción extendida de exclusión y subordinación.
Por supuesto, esas experiencias tuvieron límites, contradicciones y errores. En algunos casos, dependieron excesivamente de liderazgos personales. En otros, no lograron transformar de manera estructural las economías que administraban. Pero reducirlas simplemente a “populismo” como descalificación implica ignorar el problema que las hizo posibles.
Y ese problema sigue ahí. Porque la discusión de fondo no es solo económica. Es política y geopolítica. Tiene que ver con quién controla los recursos, quién fija las condiciones del intercambio global y qué margen real tienen las sociedades periféricas para decidir su propio rumbo.
Tal vez por eso estos gobiernos generan tanta incomodidad. No porque representen una ruptura total con el capitalismo global, sino porque ponen en evidencia algo que el sistema prefiere ocultar: que dentro del capitalismo también existen relaciones de poder, dependencia y subordinación.
Y que discutirlas sigue siendo profundamente conflictivo.