Murió su hijo de 31 años y denunció: «Quiero que Olavarria sepa la desprotección que estamos viviendo en materia de salud»


Franco Nicolás Bolognani tenía 31 años. Padecía esquizofrenia, un cuadro controlado con medicación con el que convivía a diario. Tras contagiarse de tuberculosis, atravesó semanas de estudios e internación en Olavarría hasta ser derivado a Quilmes para un estudio complementario, del cual no regresó con vida. Su madre, Daniela Castro, dialogó de manera exclusiva con En Línea Noticias y el periodista Jorge Scotton para detallar el itinerario de desatenciones y fallas en el sistema de salud tras la muerte de su único hijo.

El cuadro comenzó con molestias severas en la garganta. «El primer síntoma que aparece es que a él le dolía mucho la garganta y te describía: ‘Siento dos pelotas en mi garganta’. Descubren que su glotis no estaba funcionando bien porque había una masa ganglionar que estaba obstruyendo», relató Daniela. Ante la falta de respuesta en consultas privadas a médicos y clínicas locales, acudió a la guardia del Hospital Municipal de Olavarría: «Lo reciben por guardia y me dicen: ‘Acá hay algo infeccioso. A mí no me cabe duda, Franco tiene tuberculosis, lo vamos a empezar a medicar’. Le hicieron una traqueotomía y pasó a terapia».

En el centro de salud local, la respuesta médica inicial y el trato del personal fueron destacados por la familia: «Día a día mejoraba. A la semana de haber empezado a tomar los antibióticos específicos, la otorrinolaringóloga logra ver que la inflamación estaba bajando, lenta pero bajaba». Sin embargo, la situación cambió cuando se decidió realizarle una biopsia en el cuello para profundizar el diagnóstico. «Nos informan que querían hacer una biopsia de ese ganglio, pero que acá en Olavarría no se hacía. Yo les decía ‘¿para qué, si está desinflamando?’. Nos dicen que había que trasladarlo al lugar donde IOMA lo derivara. Me dicen que a lo sumo era por 48 o 72 horas, que le hacían la biopsia y el resultado lo mandaban después por mail».

Una derivación traumática y un depósito de enfermos

La derivación autorizada por la obra social IOMA se concretó hacia el Sanatorio Urquiza, en la localidad de Quilmes. Al llegar tras cuatro horas de viaje, comenzaron las irregularidades: «Llegamos a Quilmes a las 20:20 horas de un día jueves. Le dicen a la doctora que habíamos llegado después de la hora de ingreso por piso, así que tenía que ingresar por guardia». La espera se extendió durante dos horas en la ambulancia por la falta de un médico que lo recibiera.

Finalmente lo ingresaron a una habitación de guardia que la madre describió como una cueva impresentable y mugrienta: «No te puedo decir lo que era. El cesto de basura era un tarro de pintura. Yo pisaba el piso y mis zapatillas se pegaban del roñoso que estaba. El baño era un asco total, con un olor espantoso y tapado. Y Fran me decía ‘mamá, acá me muero’, porque él sabía que por tener la tráquea cualquier bicho ingresaba directo a sus pulmones. Me decía ‘mamá, me van a dejar morir'».

A la falta de higiene se sumó la postal que se vivía en los pasillos de un centro asistencial al que definió como un aguantadero y un depósito de personas a donde mandan a morir a la gente: «Vos abrías la puerta de la guardia y era una mugre, había una señora llorando con suero colgado del techo sentada en un sillón, otro tipo al lado igual. Era un lugar impresentable, lleno de gritos, donde todo el mundo lloraba porque la gente se moría ahí cotidianamente».

Ausencia médica y falta de tratamiento

La estadía en el sanatorio se transformó en una secuencia de desatenciones. «Durante 6 días a mi hijo no lo vio ningún médico, y el sexto día cuando lo ve el médico, no lo revisa. Los médicos de esa institución nunca tocaron a mi hijo», denunció Daniela. A esto se sumó la falta de profesionales para abordar su condición psiquiátrica: «No tenían psiquiatra. Me preguntaban a mí qué medicación psiquiátrica darle cuando entraba en estados de pánico. Yo prescribiendo medicación psiquiátrica, un horror».

Asimismo, la desorganización llevó al paciente a permanecer 30 horas continuas en ayunas y sin hidratación a la espera de un estudio de tomografía. «Se le había arrugado la piel de lo deshidratado que estaba. Le digo a la enfermera ‘ya esto no da para más, ¿con quién hablo para que le den de comer?'».

El hecho de mayor gravedad ocurrió cuando un profesional médico cercano advirtió desde Olavarría que la coloración de la orina indicaba la interrupción del tratamiento para la tuberculosis. «Me dice: ‘Daniela, le cortaron el tratamiento para la TBC’. El Hospital de Olavarría no le da la medicación a la doctora y en Quilmes no la gestionaron. Tuve que ir yo personalmente a la Municipalidad de Quilmes a conseguir las pastillas por 30 días y llevarlas a la terapia».

La confirmación de IOMA y el fallecimiento

Buscando respuestas, Daniela regresó temporalmente a Olavarría para realizar gestiones administrativas y judiciales: «Hice un recurso de amparo. Hablé con gente de IOMA y con el abogado de la obra social acá. Y me dicen: ‘Qué raro, porque esa biopsia se hace acá en Olavarría’. Me dijeron que el cirujano, anestesista y quirófano estaban cubiertos en el hospital, que solo había que pagar a una doctora externa. ¿Por qué nunca me informaron? A mí me decías ‘sacá un crédito que tenés que pagar’ y yo lo sacaba por la salud de mi hijo».

Pocos días después, en el sanatorio de Quilmes, ocurrió el desenlace. «Dos horas más tarde de mandarme una foto de él tomando una bebida, muere del corazón de la mano de su papá, en una habitación común, sin estar ni siquiera en terapia».

Sobre los motivos para hacer visible la situación, Castro concluyó: «Yo no quiero juicio, no quiero plata, no quiero nada. Yo quiero que la comunidad de Olavarría se cuide. Que los afiliados de IOMA, que nos descuentan un montón, tengamos el derecho a ser asistidos y no tirados a la buena de Dios en una cueva a 400 kilómetros. Mi único objetivo en la vida era mi hijo. Él era una persona de luz, cero conflicto, cero violencia. Franco hoy vive en mí y yo quiero que mi ciudad tenga la salud que se merece»

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