Backstage de la inteligencia artificial

Entre enigmas y algoritmos.

Escribe Marcela Blaufuks

Desde muy pequeña la curiosidad fue el motor que impulsó mis preguntas sobre el mundo que me rodea. Siempre sentí una fascinación especial por descubrir cómo funcionan las cosas, permitiéndome ir más allá de lo superficial y buscar respuestas en los mecanismos internos y las conexiones ocultas. El cómo, para mí, resultó ser una fuerza más poderosa que el por qué, pues me motiva a observar, investigar y comprender el funcionamiento de los objetos, los sistemas y las ideas. Esta tendencia a indagar y cuestionar marcó el inicio de un camino orientado al conocimiento y la exploración constante. La curiosidad no sólo abre puertas, sino también desafía y obliga a dejar atrás la ingenuidad. En el proceso de intentar comprender los enigmas y algoritmos que conforman el backstage de la inteligencia artificial corro el telón y comienzo a mirar más allá de la superficie. Y es ese término el que elijo, pues ese espacio situado detrás del escenario es donde se preparan quienes intervienen en el espectáculo.

¿De qué está hecha la AI?

Lejos de ser un ente abstracto, la inteligencia artificial surge de la integración de varios elementos que le otorgan sentido y funcionalidad. En primer lugar, los datos son el insumo básico que la IA utiliza para aprender, perfeccionarse y adaptarse; grandes volúmenes de información permiten a los sistemas identificar patrones, responder a estímulos y evolucionar según las necesidades que se presentan. A partir de estos datos, los algoritmos establecen el conjunto de reglas y procedimientos que guían el análisis y la toma de decisiones, transformando la información en acciones concretas. El software, es decir, los programas informáticos, posibilita la ejecución de estos algoritmos y permite que la IA opere en diferentes aplicaciones y entornos, facilitando su adaptación a diversos contextos. Por último, el hardware —compuesto por dispositivos físicos como procesadores y sensores— es indispensable para que la inteligencia artificial procese información y se comunique con su entorno, haciendo posible la interacción con el mundo real. Representa una innovación tecnológica única en la historia. Lo que la distingue principalmente es la velocidad sin precedentes con la que transforma el mundo que habitamos. Por primera vez, estamos experimentando una “intervención” directa en nuestro territorio, donde los límites tradicionales del conocimiento y la interacción humana están siendo redefinidos. Este avance no sólo implica una aceleración en el ritmo de los cambios sociales y culturales, sino que también nos lleva hacia un nuevo tipo de inteligencia: una inteligencia sintética. A través de algoritmos complejos y sistemas autónomos, la inteligencia artificial está hackeando nuestras estructuras convencionales y generando formas inéditas de comprender, procesar y actuar sobre la información. El desafío es pensar a la vez que nos sumergimos en a una realidad donde lo artificial no es complemento, sino que también reconfigura profundamente la manera en que vivimos, aprendemos y nos relacionamos.

 Kate Crawford es investigadora principal en Microsoft Research, profesora visitante en el MIT y cofundadora del AI Now Institute, un centro de investigación dedicado al impacto social de la inteligencia artificial. Señala la necesidad de evitar simplificar lo complejo. En su libro Atlas de la Inteligencia Artificial expone el extractivismo como certificado de poder de esta tecnología. Extracción de recursos naturales para la fabricación de hardware y la infraestructura de los sistemas de IA. Litio, cobalto y otros minerales críticos se suman a las tierras de los desiertos, el agua y la energía. Sin dudas la huella ecológica contradice las narrativas de sostenibilidad y la explotación de la naturaleza y las personas son capital necesario. Lejos de ser abstracta, el etiquetado de datos, la moderación de contenido y los trabajadores de crowdsourcing redefinen el trabajo. El extractivismo digital son los datos como piedra angular que erosionan nuestra privacidad a la vez que nos alteran la manera de vernos y en que vemos al mundo. En una increíble unión con el artista Trevor Paglen crean Training Humans que exponen en Milán para contar la historia de las imágenes utilizadas para reconocimiento facial en sistemas de inteligencia artificial conectando con la materialidad de una cultura visual maquínica en clara evolución.

Pero la velocidad de la IA no es gratuita, ese tiempo efímero requiere del tiempo profundo. Siegfried Zielinski ilustra un cambio de una evolución lineal a una evolución tecnológica, una perspectiva que considera las duraciones históricas. Lo que la inteligencia artificial necesita en milésimos de segundos, la Tierra necesitó millones de años. La química de la tecnología y otras facetas nos alertan sobre el impacto ecosocial. Kete no se detiene y avanza al extractivismo espacial sumando la minería de los asteroides y la colonización de Marte. En esa carrera se crea un rascacielos sobre un cimiento de arenas movedizas. La carrera por la conquista espacial abre preguntas sobre la salud ecológica de nuestro hogar en nombre del progreso.

Retomo mis preguntas sobre el funcionamiento de las cosas, como cuando era niña, y visualizo el trayecto de un correo electrónico, una publicación o una conversación en ChatGPT. Ese mensaje recorre interminables cables submarinos, que encierran la memoria de millones de árboles Palaquium gutta, talados en Singapur y Malasia, y que dieron paso a nuevas infraestructuras. Ahora, la fibra óptica y materiales sintéticos trazan un nuevo paisaje físico, permitiendo acceder a “la nube”, una abstracción sostenida por inmensos servidores. Estos centros de datos, enfriados con miles de litros de agua y alimentados por grandes cantidades de energía, custodian y procesan la información que sostiene nuestras interacciones cotidianas.

El trayecto continúa en mi celular, hecho posible gracias a una ínfima porción de mineral forjada por la Tierra durante milenios, pero cuya existencia puede ser más efímera que un suspiro. Cuando el consumo y el mercado se imponen, estos componentes terminan engrosando toneladas de residuos electrónicos que contaminan comunidades enteras. Así, la Tierra es testigo y archivo de nuestra historia: agricultura, industria y tecnología se entrelazan en una misma página, mientras los nuevos fósiles emergen como rastro tangible de la ambición tecnológica.

Pienso en el tiempo que habito y elijo comprenderlo, analizo la cultura de lo descartable. Abro los ojos, sonrío y encuentro el sentido en educar.  Se convierten en actos de esperanza, una invitación a observar con mayor profundidad la huella que dejamos y el legado que construimos.

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