Caminen juntos como hermanos

«Qué alegría de verte acá, Simón. Seguro la Virgencita de Monte Viggiano te está cuidando.»


Foto: Cortesía del Grupo de Guías y Scouts «Maximiliano Kolbe» – 1980

Por Simón Schwab

«Qué alegría de verte acá, Simón. Seguro la Virgencita de Monte Viggiano te está cuidando.»

Con esas palabras mi madrina me daba la bienvenida, nuevamente, a la barca de Pedro y por ende a la vida comunitaria.

Volver, porque de eso se trata, de volver;  fue también reencontrarme con una historia que venía de antes. La Virgen de Monte Viggiano no apareció de golpe en mi vida: me fue transmitida. De mis viejos, de mi bautismo, de las procesiones. Y es esa misma advocación mariana la que año tras año logra poner en marcha a su comunidad hacia la Virgen de la Loma, donde nuestra Madre nos espera con los brazos abiertos. 

Una nueva peregrinación se pondrá en marcha el próximo Viernes Santo, como de costumbre cientos de fieles se congregarán en el barrio Pueblo Nuevo, en la calle Dorrego y emprenderán un Vía Crucis. Algunos se irán sumando a lo largo del trayecto, intercambiaran oraciones, confesiones y diálogos, mientras miembros de Cáritas empiezan a calentar el mate cocido y colocar las tortas fritas que compartirán una vez la travesía llegue a su destino. 

Y en un mundo que muchas veces nos empuja a encerrarnos en nuestras pantallas, en nuestras preocupaciones, incluso en nuestras propias heridas, salir a peregrinar en comunidad tiene algo de contracultural. 

Caminar con otros no es fácil. Implica incomodarse, esperar, escuchar, acompasar el paso. Implica aceptar que no todos creen igual, que no todos sienten lo mismo; y  sin embargo, ahí aparece algo nuevo: la sinodalidad no como concepto, sino como experiencia concreta.

Lo que sucede en ese camino no es simplemente un evento religioso. Es algo más hondo: es el Pueblo de Dios reconociéndose como tal. Un pueblo que no se cierra sobre sí mismo, sino que sale, que se expone, que se deja tocar por la realidad de su propia comunidad, la nuestra, la olavarriense, con sus alegrías y sus dolores.

Caminamos hacia la Virgen no porque seamos perfectos, sino porque necesitamos que nos cuide. Y ella, como siempre, estará ahí. Permitiendo además que nazca en el corazón de cada peregrino una pasión para la vida del otro. 

Porque, en definitiva, la humanidad no se realiza en soledad; se realiza en vínculo. “Comunión es liberación”, recita la Teología del Pueblo, la libertad existe para ser regalada. 

La Iglesia está llamada a ser eso en medio del mundo: un espacio donde la reconciliación no sea una idea abstracta, sino una práctica concreta. Donde los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres y mujeres, no sean ajenos, sino propios.

Encontrar estas formas de expresión y rebeldía en el tiempo presente es un don de la gracia. No es algo del pasado que se conserva: es algo vivo, que respira, que convoca y que sana.

Son los discípulos de Emaús los que caminan sin entender, que conversan, que están tristes, pero sin embargo no están solos. Es en el camino, ni antes ni después, cuando el Resucitado se les acerca. 

¡Feliz peregrinación!

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