Conmemoración de los Fieles Difuntos


Por Angélica Diez, Misionera de la Inmaculada Padre Kolbe, Olavarría

Ayer, 1° de noviembre hemos celebrado como pueblo de Dios a todos los santos que ya gozan de la visión del Señor, aquellos hermanos nuestros, hijas e hijos de Dios que vivieron la fe, la esperanza y la caridad siguiendo el ejemplo de Jesús, y que practicaron en modo eminente las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12). Esta solemnidad se enlaza con la celebración del día de hoy, oficialmente denominada por la iglesia católica “Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos” y en Centroamérica “Día de los Muertos”.

Es un día de oración y recuerdo por los fieles difuntos conmemorado el 2 de noviembre desde el año 985. Es un día festivo religioso dentro de las iglesias católicas y muchas otras, incluso algunas protestantes, en memoria de los fallecidos para orar por aquellos fieles que han acabado su vida terrenal y, en el caso católico, por quienes aún se encuentran en estado de purificación en el Purgatorio.


La Conmemoración de los Difuntos tiene un valor profundamente humano y teológico, pues abarca todo el misterio de la existencia humana, desde sus orígenes hasta su fin sobre la tierra e incluso más allá de esta vida temporal. Nuestra fe en Cristo nos asegura que Dios es nuestro Padre bueno que nos ha creado, pero además también tenemos la esperanza de que un día nos llamará a su presencia para «examinarnos sobre el mandamiento de la caridad». (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica n. 1020-1022).
La muerte física es un hecho natural ineludible. Nuestra propia experiencia directa nos muestra que el ciclo natural de la vida incluye necesariamente la muerte. En la concepción cristiana, este hecho natural refiere a la vida sobrenatural donde no existe la muerte.

La voluntad de Dios, del Señor de la vida, es que todos sus hijos e hijas participen en abundancia de su propia vida divina (cf. Jn 10,10); vida divina que el género humano perdió como consecuencia del pecado (cf. Rm 5,12), pero Dios no quiere, de ningún modo, que permanezcamos en esa muerte espiritual, por eso Jesús, nuestro Salvador, tomando sobre sí mismo el pecado y la muerte, les ha hecho morir en su misterio pascual (cf. Rm 8,2). Gracias pues al Amor del Padre y a esa victoria de Jesús (cf. Jn 3,16), la muerte física se ha convertido en un pasaje, en una puerta que nos conduce al encuentro con Dios (cf. Ef 2, 4-7). Nuestro propio temor a la muerte y el dolor que nos sacude cuando muere alguien cercano podemos superarlos mediante la fe en la resurrección (1 Tes 4,13).

Para los creyentes, nuestros muertos no están «definitivamente muertos», sino «solo difuntos», es decir, «duermen el sueño de la paz» mientras esperan que sus cuerpos sean transformados por la resurrección (cf 1 Cor 15,14).


La conmemoración de hoy nos recuerda esta futura realidad; por eso la Iglesia intercede por nuestras hermanas y hermanos difuntos, rezando por ellos, ofrece sufragios y limosnas, pero sobre todo ofrece el mismo sacrificio de Cristo en la Eucaristía, de modo que todos los que aún después de su muerte necesitasen ser purificados de las fragilidades humanas, puedan ser definitivamente admitidos a la visión de Dios.

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