Cientificidio


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

En varias oportunidades, desde esta columna, hemos afirmado que no existe nada más globalizado que la estructura científico – tecnológica. A la hora de explorar nuevos conocimientos, un científico deja de lado cualquier prejuicio religioso, ideológico o racial y toma referencias de otros autores independientemente de su procedencia. Más aún, las universidades norteamericanas están abarrotadas de becarios chinos, musulmanes, hindúes y latinos. Es que, al existir evidencia empírica respecto a que un buen sistema científico promueve un mayor crecimiento económico, nadie se permite dar ventajas o desaprovechar oportunidades.

Voy a tratar de resumir el modo en que funciona este sistema científico. Salvando las distancias, podríamos decir que aún permanecen en pie los postulados que Descartes propuso en su famoso “Discurso del método” de 1637.

El conocimiento se construye sobre conocimiento ya “validado”. Si bien esas validaciones pueden no ser definitivas y en algún momento refutadas, todo nuevo aporte debe respetar una serie de requisitos que pueden variar de una disciplina a otra. En primer lugar, todas las presentaciones de artículos científicos a congresos o revistas deben demostrar originalidad, esto es muy fácil de corroborar actualmente, existen servicios en línea que ofrecen el famoso cross check, es decir una comparación del borrador a ser evaluado con todo el material publicado sobre el tema con el fin de verificar que el grado de coincidencia no sea mayor a cierto porcentaje que establece cada editorial de acuerdo a sus criterios. En segundo lugar, el borrador es sometido a la evaluación por pares, esto es, otros investigadores (cuya identidad no es revelada a los autores del trabajo) que se especializan el mismo tema. Estos evaluadores vuelven a verificar la originalidad y aspectos tales como: contenido técnico (verificación de ecuaciones, fórmulas químicas, etc.), citas, es decir, cada afirmación que se presente debe estar sostenida por un trabajo ya publicado y de cualquier autor, no necesariamente de quienes escribieron el borrador (es más, muchas auto citas pueden resultar sospechosas), claridad conceptual, gramática, hay editoriales que piden inglés americano y otras inglés británico (sí, me había olvidado de comentar que el inglés es al mundo moderno lo que el latín era para la antigüedad y el medioevo), que las afirmaciones que se hacen en el artículo tengan una validación experimental sólida, etc., etc.

Todo este preámbulo para llegar al punto que importa, un investigador, para poder realizar su trabajo, necesita tener acceso a los contenidos de las editoriales más importantes del mundo. Por un lado, para poder estudiar a fondo un tema y ver los aportes de otros investigadores, por otro, para verificar la originalidad de su trabajo y, finalmente, para hallar las citas que sean necesarias para sostener argumentativamente sus hipótesis.

Hay un motivo más para acceder a esa base de datos donde están todos los trabajos científicos del mundo: consiste en el “seguimiento” de un artículo ya publicado. El impacto de cada artículo se mide en virtud de las citas que coseche a lo largo del tiempo y de las nuevas líneas de investigación que origine.

Tratándose ésta de una columna generalmente literaria y a veces política, el lector se estará preguntando ¿dónde quiere llegar? Ahora viene lo más jugoso.

El gobierno de Milei dio de baja, no bien asumió, a la suscripción que tenían todas las universidades nacionales a la biblioteca digital de ciencia y técnica. Es decir, nos dejó ciegos, a la deriva, sin poder chequear siquiera si nuestros artículos publicados en años anteriores son citados o no, o, si son citados, cuál es la causa por la cual se los cita.

Ustedes dirán, ¿cómo se las arreglan los investigadores para seguir trabajando en esas condiciones? Hay tres respuestas, una: no hay manera de trabajar en esas condiciones así que abandono, me voy del país o me dedico a otra cosa. Dos: le pido a algún colega que vive en otro país que me baje los artículos que necesito o que me haga las búsquedas bibliográficas (esto puede tener dos respuestas, nos dan bola o nos mandan al diablo). Tres: hago ciencia de manera aislada y fuera del contexto internacional y me convierto en un alquimista o curandero o charlatán.

Ahora viene lo más jugoso, ¿cuánto le costaba al Ministerio de Ciencia y Técnica pagar la suscripción a la biblioteca digital? No sería capaz de dar la fuente, pero informalmente puedo afirmar que el costo anual era de ocho millones de dólares. Es decir, si en 2025 el PBI per cápita fue de 14.400 dólares, con la contribución promedio de aproximadamente 550 argentinos se pagaría el costo de seguir en el mundo moderno y no lanzarnos de regreso al feudalismo. Expresado en otros términos podemos decir que el gasto era del 0.001 % del PBI.

Quiero decir, no se deshizo el sistema de Ciencia y Técnica por acomodar los números del presupuesto. Se lo hizo con el fin de volver a ser lo que el imperio nos pide que seamos: productores de materias primas y consumidores de materias elaboradas (y brutos, claro).

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