Covatti en CoNverSo: “Me echaron y terminé creando mi propia empresa”

José Covatti recuerda cómo quedó afuera de la empresa de su padre y terminó iniciando, en 1989, su propio camino empresarial. Empezó junto a su padre, su hermano y un solo trabajador, con herramientas básicas y sin imaginar que aquella decisión terminaría convirtiéndose en una empresa con decenas de empleados y trabajos en distintos puntos del país.


José Covatti se recibió de Maestro Mayor de Obras en la década del ochenta, aunque ejerció poco tiempo la profesión. Su recorrido laboral comenzó en la empresa de su padre, donde se incorporó principalmente para ocuparse de la administración y fue adquiriendo experiencia en el funcionamiento cotidiano de una actividad que ya conocía desde chico. Sin embargo, con el paso del tiempo quedó afuera de aquella empresa familiar y tuvo que empezar a pensar qué hacer por su cuenta.

“Yo no tenía cabeza de empresario. Era más trabajador, más administrativo”, explicó al recordar aquellos años durante la entrevista con CoNverSo. Su propia definición sirve para entender cómo comenzó una historia empresarial que, en ese momento, todavía no estaba en sus planes.

La posibilidad de iniciar una actividad propia apareció a partir de Loma Negra. Las autoridades de la fábrica conocían su trabajo y lo alentaron a convertirse en contratista. Covatti habló con su padre y con su hermano y finalmente decidió aceptar el desafío. En 1989 comenzó una nueva etapa con una estructura muy pequeña, integrada por él, su padre, su hermano y un trabajador.

Los recursos iniciales también fueron modestos. La empresa comenzó comprando elementos básicos para trabajar, entre ellos una carretilla, un balde y una cuchara de albañil. Con esa estructura empezó a prestar servicios para Loma Negra, algo que Covatti recuerda como un logro importante porque ingresar como contratista de la fábrica no era sencillo. Durante los primeros años hicieron una gran variedad de tareas, desde limpieza de obras y de distintos sectores de la planta hasta trabajos de mayor riesgo, como la limpieza de los silos de cemento.

La actividad fue creciendo y la empresa llegó a tener alrededor de 50 trabajadores. También comenzaron a aparecer contratos con otras compañías, entre ellas Cementos Avellaneda y Ferrosur, mientras que uno de los trabajos más importantes los llevó hasta Catamarca. Habían ganado una licitación para realizar tareas de limpieza en una fábrica y el contrato, que inicialmente estaba previsto por seis meses, terminó extendiéndose durante tres o cuatro años.

El crecimiento, sin embargo, no significó necesariamente que Covatti consiguiera la rentabilidad que esperaba. Al mirar aquellos años reconoce que tanto él como su hermano trabajaban muchas horas y asumían grandes responsabilidades, pero no tenían una formación empresarial que les permitiera administrar el negocio de la manera que hoy considera necesaria. “Nos deslomábamos trabajando, pero no pensábamos como empresarios”, resume al analizar lo ocurrido.

Esa mirada también aparece cuando recuerda qué hacía con el dinero que generaba la empresa. Hubo momentos en los que determinados trabajos, como la limpieza de los silos, dejaban buenos ingresos y le permitían pensar en inversiones importantes, pero muchas veces eligió utilizar ese dinero para viajar y disfrutar con su familia. Hoy no reniega de aquellas decisiones, aunque admite que, si hubiera destinado una parte mayor de esos recursos a la compra de bienes o a la reinversión en la empresa, probablemente tendría una situación económica diferente.

Durante esos primeros años también fue fundamental la presencia de su padre, que continuó trabajando junto a ellos hasta comienzos de la década de 2000. Los problemas de salud comenzaron a afectarlo alrededor de 2003 o 2004 y falleció a los 78 años. Covatti lo recuerda como un hombre muy trabajador y honesto, y reconoce que buena parte de su manera de entender el trabajo y el compromiso con los demás tiene relación con lo que aprendió de él.

Su hermano dejó la empresa alrededor de 2001. Consideraba que continuar trabajando bajo aquellas condiciones podía terminar perjudicándolo y decidió emprender otro camino. Los hermanos dividieron los bienes y cada uno siguió adelante con su propia actividad. Su hermano conservó un galpón y posteriormente desarrolló una fábrica de pallets que continúa funcionando, mientras que la relación familiar se mantuvo sin mayores conflictos.

Para entonces, la empresa de Covatti ya tenía una estructura importante y había desarrollado trabajos en distintos lugares del país. Sin embargo, después de casi dos décadas como contratista de fábrica comenzó a sentir que aquella actividad tenía un costo personal demasiado alto. El trabajo le había permitido crecer y adquirir una enorme experiencia, pero también le había generado un nivel de estrés que terminó repercutiendo en su salud y en su vida familiar.

El cambio se produjo entre 2007 y 2008, cuando decidió ponerle fin a esa etapa. “Esto no va más”, le dijo a su contador. La respuesta fue recordarle que todavía tenía una actividad que había comenzado algunos años antes y que podía convertirse en el nuevo rumbo de la empresa: los baños químicos.

Covatti había llegado a ese negocio casi de manera accidental. Una empresa de Buenos Aires había llegado a Loma Negra para realizar un trabajo de reparación en uno de los hornos y llevó consigo un baño químico. Como necesitaban a alguien que pudiera encargarse del mantenimiento local, recurrieron a Covatti, que ya trabajaba en la fábrica con el mantenimiento de las cloacas y contaba con un camión atmosférico. A partir de aquella experiencia comenzó a interesarse por una actividad que en ese momento todavía era poco conocida en la zona.

El negocio fue creciendo y terminó ocupando el lugar que antes tenían los servicios generales para la fábrica. Para Covatti, abandonar aquella actividad significó también resolver qué ocurriría con las personas que trabajaban para él. Según recordó, consiguió reubicar a sus empleados, incluidos aquellos que trabajaban en Catamarca, y cumplió con las obligaciones laborales correspondientes. Esa transición marcó el cierre de una etapa que había comenzado en 1989 y que durante casi veinte años había estado ligada directamente a la actividad industrial.

La empresa ingresó entonces en una nueva etapa, con los baños químicos como actividad principal. La cantidad de unidades fue creciendo con los años y llegó a manejar una flota de alrededor de 600 baños. El cambio también le permitió desarrollar nuevos clientes y trabajar en eventos, obras y distintos emprendimientos, hasta convertir una actividad que inicialmente parecía extraña para buena parte de la sociedad en un servicio habitual.

Covatti reconoce que su recorrido no estuvo marcado solamente por decisiones acertadas. De hecho, una de las principales autocríticas que hace cuando repasa su historia tiene que ver con su manera de administrar. Durante muchos años se vio más como un trabajador que como un empresario y considera que esa diferencia terminó influyendo en la forma en que manejó los resultados de la empresa. Sus hijos, en cambio, incorporaron otra mirada y hoy tienen a su cargo buena parte de la estructura administrativa y económica.

Lautaro trabaja principalmente en la logística y en la parte económica, mientras que Constanza se ocupa de la administración, la documentación y la relación con los clientes. Covatti asegura que ambos manejan la empresa “cien veces mejor” que él, una afirmación que acompaña con orgullo pero también con cierta autocrítica por las decisiones que tomó durante sus primeros años.

Después de más de tres décadas, aquella empresa que comenzó con cuatro personas y unas pocas herramientas se convirtió en una estructura familiar que continúa funcionando. Covatti todavía participa y aporta su experiencia, aunque ya piensa en retirarse dentro de tres o cuatro años y dejar cada vez más espacio a sus hijos.

Su historia comenzó después de quedar afuera de la empresa de su padre. En 1989 no tenía como objetivo convertirse en empresario ni contaba con un gran capital para comenzar. Tenía los conocimientos de su oficio, la experiencia que había adquirido en Loma Negra y una oportunidad que llegó cuando tuvo que buscar otro camino. Lo que comenzó con una carretilla, un balde y una cuchara de albañil terminó convirtiéndose en una empresa que atravesó más de tres décadas de actividad.

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