El Che, mi viejo y yo
Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
Yo tendría catorce o quince años. En mi habitación refulgía una imagen del Che Guevara, omnipresente. No era la típica foto del Che entrando triunfal a la Habana arriba de un jeep. Ésta era una foto del Che en la Higuera, hacía unas pocas horas que lo habían fusilado y lo exhibían como un trofeo sobre una especie de catre de campaña.

Muchos de los que entraban a mi habitación, incluyendo mi vieja, pensaban que era una imagen de Jesucristo.
Mi viejo en cambio no decía nada. Un día le saqué el tema, cambiamos algunas ideas triviales sobre Guevara y al final, casi despectivamente y dando por cerrada la conversación me dijo: “era un aventurero”.
Esto que cuento ocurrió hace más de cuarenta años y aún no lo supero, me sigue doliendo.
No la posibilidad de que mi viejo tuviera razón, en realidad siempre tuvo razón en todas las opiniones políticas que sostuvo, sino el hecho de que, si el Che era realmente un aventurero, se desvanecían, se derrumbaban todas las expectativas de construir un mundo mejor, un mundo menos inhóspito, un mundo más justo. O al menos se derrumban dentro de mi conciencia.
Porque si el modelo del idealista desinteresado que había sido el Che para varias generaciones se convertía, de repente, en una especie de niño bien que juega a la guerra, ya no habría lugar en el mundo para perseguir utopías, para soñar con una sociedad más igualitaria.
Cabe la posibilidad de que mi viejo me estuviera provocando para ver cómo reaccionaba, algo también muy común en él.
Nunca le quise preguntar si años después seguía pensando igual.
Preferí quedarme con la responsabilidad que me había dejado aquella tarde, la de juntar evidencias para convencerme de que esa vez, mi viejo se había equivocado.
La imagen de Che que tenía en mi habitación había sido tomada del suplemento Radar, de Página 12. Un amigo fotógrafo sacó fotos de la revista y en una de ellas se veía sólo al Che, y no a los militares bolivianos que lo rodeaban observándolo con una mezcla de admiración y respeto y un resquicio de temor.
Durante estos días estuve buscando sin éxito aquel cuadro con la foto de Ernesto. Obviamente mi amigo no conservó los negativos. Tampoco encuentro el suplemento Radar y hasta dudo que fuera en una de esas ediciones de los domingos que encontré las fotos.
Busqué en la red sin éxito. Le pedí al chat GPT que la creara artificialmente. Su respuesta fue: “Lo sentimos, pero la imagen que hemos creado podría infringir nuestras normas sobre violencia. Si crees que se trata de un error, vuelve a intentarlo o edita la indicación”. La respuesta del chat me pareció una muestra del cinismo que hemos montado como civilización y, por consiguiente, le transmitimos a la IA. Justo por estos días, varios científicos muy reconocidos afirmaron que la IA podría aniquilar a los humanos dentro de unos años.
Al final, me tuve que conformar con la imagen creada por el chat que acompaña este texto.
En aquel momento de mi vida colgar ese cuadro fue algo natural, algo snob, incluso. Si encontrara ese cuadro, que probablemente se haya perdido en alguna mudanza, volvería a colocarlo en mi estudio, aquí donde leo y escribo todos los días. Le daría un lugar preferencial. En esa foto, el Che no me mira, me interpela, tal vez me cuestione, a veces me intimida.
Las fotografías nunca cambian. Somos nosotros quienes envejecemos frente a ellas. Un retrato que a los catorce años era una declaración de principios, a los cincuenta y pico se convierte en una conversación con lo que alguna vez fuimos.
A los catorce años colgamos banderas. A los cincuenta y pico conservamos brújulas. Las primeras nos dicen quiénes somos; las segundas nos recuerdan quiénes no queremos dejar de ser.
Tal vez imprima esa versión del Che, poco antes de morir, construida por una IA y la ponga en la pared, para que esta magnífica ironía cierre su círculo.