El laberinto de Borges

 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Leí por primera vez Tlön, Uqbar, Orbis Tertius cuando era muy joven. Como tantos lectores, quedé deslumbrado por la perfección de la prosa. Pero también creí haber comprendido el mensaje del cuento. Me parecía una crítica brillante a los sistemas de pensamiento cerrados. Veía en Tlön una metáfora del marxismo, del catolicismo, del fascismo o, en realidad, de cualquier construcción ideológica capaz de explicar absolutamente todo. Un universo tan coherente que terminaba reemplazando a la realidad.

Hoy creo que el mensaje es mucho más profundo. El cuento no trata únicamente de una denuncia de los sistemas cerrados. Trata de mostrar cómo cualquier sistema de conocimiento —una filosofía, una religión, una teoría política o una enciclopedia— puede llegar a convertirse en el lente a través del cual interpretamos el mundo. Y una vez que ese lente se instala, deja de parecer un lente. Se convierte en la realidad misma.

Quizá por eso el cuento envejece tan bien. Fue publicado en 1940, mucho antes de Internet, de Wikipedia o de los algoritmos que hoy organizan nuestra vida cotidiana. Sin embargo, parece escrito para nuestra época. Borges intuyó que el verdadero poder no consistiría solamente en conquistar territorios, sino en construir los sistemas con los que esos territorios serían pensados.

Con la irrupción de los chats de inteligencia artificial, Tlön deja de ser una colección de tomos encuadernados. La gran enciclopedia del siglo XXI responde nuestras preguntas conversando con nosotros.

La inteligencia artificial no crea por sí sola los mundos que habitamos. Pero puede convertirse en la puerta de entrada a ellos. Puede seleccionar qué información recibimos, cómo se organiza y con qué lenguaje nos llega. Exactamente igual que aquellas enciclopedias imaginarias que, página tras página, terminaron sustituyendo la realidad.

Tal vez el desafío de nuestro tiempo no sea desconfiar de la inteligencia artificial, como tampoco Borges desconfiaba de las enciclopedias. El desafío consiste en no olvidar que toda enciclopedia es, antes que un espejo del mundo, una forma de ordenarlo.

Probablemente ésa sea la mayor genialidad de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Y no que se haya anticipado a Internet o a la inteligencia artificial.

Borges predijo algo mucho más profundo: que la batalla decisiva nunca sería por el control de las cosas, sino por el control de las ideas con las que las cosas son pensadas.

Por eso seguimos volviendo a ese cuento. No tanto para encontrar respuestas nuevas sino para descubrir que las preguntas han cambiado.

Y sospecho que ésa es la marca de las grandes obras: uno no termina de leerlas. Son ellas las que siguen leyéndonos.

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