“La humanidad en tiempos de inteligencia artificial”

Escribe Lic. Marcela Blaufuks
La FE siempre estuvo presente en mi vida. Mi madre catequista marcó un camino que me llevó a conocer su importancia. Recuerdo al padre Jesús Mendía cuando nos visitaba, encuentros con charlas que nos invitaban a pensar sus misterios y el valor de las instituciones en la gente. Pasó el tiempo, llegó el Papa Francisco. Su figura se engrandece ante su ausencia. Son tiempos complejos que intento pensar desde la complejidad.
La Iglesia vuelve a intervenir en un momento de transformación tecnológica profunda. Así como León XIII pensó las consecuencias humanas de la Revolución Industrial, León XIV pone hoy el foco sobre la inteligencia artificial, el transhumanismo y el riesgo de ampliar nuevas desigualdades. La pregunta ya no es solo qué pueden hacer las máquinas, sino qué tipo de humanidad queremos construir.
Hubo un tiempo en que las máquinas transformaron el trabajo humano para siempre. Las fábricas modificaron los ritmos de vida, reorganizaron las ciudades y alteraron el vínculo entre capital, producción y dignidad. En ese contexto, a fines del siglo XIX, el Papa León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum, un documento histórico que intentó responder a las tensiones de la Revolución Industrial, advirtiendo sobre las consecuencias sociales de un progreso técnico sin límites éticos.
Más de un siglo después, León XIV vuelve a intervenir en una época atravesada por una revolución tecnológica. Pero esta vez las máquinas no reemplazan solamente fuerza física: comienzan a disputar capacidades intelectuales, cognitivas y hasta creativas. La inteligencia artificial inaugura un escenario distinto. Ya no se trata únicamente de automatizar tareas, sino de redefinir qué entendemos por pensamiento, decisión, aprendizaje y humanidad.
La nueva encíclica Magnifica Humanitas aparece en un momento particularmente sensible. El debate sobre inteligencia artificial dejó de pertenecer al terreno exclusivo de ingenieros o especialistas tecnológicos. Hoy atraviesa la educación, la política, la economía, la salud y la vida cotidiana. Y detrás de las promesas de eficiencia, personalización y progreso emerge una pregunta más profunda: ¿qué ocurre cuando la tecnología deja de ser una herramienta para convertirse en una mediación permanente de la experiencia humana?
La discusión adquiere todavía mayor complejidad cuando aparecen conceptos como transhumanismo y poshumanismo. El primero sostiene que la tecnología permitirá mejorar las capacidades humanas mediante implantes, inteligencia artificial, edición genética o integración hombre-máquina. El segundo va más allá: cuestiona incluso la centralidad del ser humano como medida de todas las cosas, planteando un escenario donde la inteligencia biológica conviva con inteligencias artificiales cada vez más autónomas.
Lo que hasta hace pocos años parecía ciencia ficción hoy comienza a ingresar lentamente en la vida cotidiana. Microchips neuronales, asistentes cognitivos, algoritmos capaces de producir textos, imágenes y decisiones complejas, sistemas que aprenden de nuestros comportamientos, plataformas que modelan percepciones sociales y …la guerra. La discusión ya no pertenece al futuro: está ocurriendo ahora. El Papa es categórico: Hay que desarmar a la inteligencia artificial y lo hizo en presencia de parte de la industria tecnológica. Así denuncia la nueva esclavitud y alerta sobre los peligros, pero abre un espacio, marcando el camino de su papado.
Sin embargo, como sucedió durante la Revolución Industrial, los beneficios tecnológicos no se distribuyen de manera equitativa. La inteligencia artificial también puede ampliar desigualdades existentes y generar nuevas brechas. Existe una brecha económica, vinculada al acceso a infraestructura y conectividad. Pero aparece además una brecha cognitiva y educativa mucho más profunda: la diferencia entre quienes comprenden críticamente cómo funcionan estas tecnologías y quienes simplemente las consumen.
La velocidad del cambio tecnológico vuelve todavía más urgente esta tarea. La humanidad atraviesa una paradoja inédita: mientras las tecnologías avanzan exponencialmente, los tiempos sociales, educativos y políticos para comprenderlas resultan mucho más lentos. Esa distancia produce desconcierto, dependencia y vulnerabilidad. Los algoritmos priorizan ciertos contenidos, moldean consumos, organizan visibilidades y condicionan formas de interacción social. Por eso el debate no puede reducirse a si la inteligencia artificial “es buena o mala”. La cuestión central es quién diseña estas tecnologías, con qué intereses y bajo qué principios éticos.
En ese contexto, resulta significativo que una encíclica papal vuelva a intervenir sobre el vínculo entre tecnología y dignidad humana. Más allá de las creencias religiosas, estos documentos suelen funcionar como síntomas culturales de época. Así como Rerum Novarum expresó las tensiones del capitalismo industrial, el nuevo planteo de León XIV evidencia que la humanidad comienza a percibir que la revolución digital no es solamente técnica: es antropológica.
Tal vez el gran desafío contemporáneo no sea competir contra las máquinas, sino evitar convertirnos nosotros mismos en piezas automáticas dentro de sistemas que ya no comprendemos.
Porque, mientras la inteligencia artificial deja de ser una herramienta de progreso, la pregunta que emerge es qué tipo de sociedad queremos construir antes de que otros —algoritmos, corporaciones o automatizaciones invisibles— lo decidan por nosotros.
Tomo distancia, intento comprender lo que nos dejó la historia y el presente disruptivo. Celebro las palabras del Papa. Me quedo en la reflexión de encontrar el camino al verdadero desafío de nuestra época.
En medio de algoritmos que aceleran decisiones, automatizan vínculos y moldean percepciones, la FE puede convertirse en una llave silenciosa pero decisiva que nos permita mirar al otro como persona y no como dato, como misterio y no como mercancía. La tecnología puede llevarnos a la eficiencia y la fe recordarnos el sentido, y allí donde el mundo digital corre el riesgo de deshumanizar, emerge la necesidad de proteger la conciencia, la empatía, la fragilidad y la dignidad humana.
