Opinión/ Pedir lo imposible

 Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Pedir lo imposible, la única manera de ser realistas, tomar en serio la revolución para no tomarnos en serio a nosotros mismos, saber que no es el hombre si no el mundo el que se ha vuelto anormal, huir desesperadamente del patriotismo, ese egoísmo en masa, buscar la esperanza en los “sin esperanza”, recordar siempre que está prohibido prohibir y tener cuidado con ese policía que vive dentro de cada uno de nosotros. Saber que ya no volverá a dormir tranquilo quien alguna vez abrió los ojos y que gracias a los exámenes y los profesores el arribismo comienza a los seis años, decir “te amo” con adoquines y comprender de una buena vez que un solo fin de semana no revolucionario es infinitamente más sangriento que todo un mes de revolución permanente.

Porque era París, era mayo, era el 68, y los jóvenes decidieren salir a dar clases a la calle y pintar las paredes con leyendas que permanecerán por siempre en la memoria colectiva como un mágico destello de claridad repentina y colectiva, de luminosa revelación, de clarividencia súbita y espontánea, de urgencia por la libertad y de gritos contenidos, de bálsamo derramado sobre la llaga lacerante. Era mayo en Francia, hacía unos meses que habían matado al Che y los hippies pedían por la paz y la muerte de todos los prejuicios religiosos y sexuales, empezaba a germinar el Cordobazo. Era la primavera del mundo, el despertar de la creatividad, el destierro de las armas y los autoritarismos, era el fin de los dogmas y el nacimiento de las utopías, eran tiempos en los que la imaginación tomaba el poder por asalto.

¿Dónde estás ahora, Dany le Rouge? ¿A qué mediocre parlamento fuiste a expresar tus irónicas proclamas subversivas? ¿Qué sos, ahora, temible Dany? ¿Para quién trabajás? ¿Quién te teme? ¿A qué colegio privado mandás a tus hijos? Hace ya mucho tiempo que se te apagó la chispa sagrada de la rebeldía, que empezó a resultarte cómodo el sillón Luis XVI que cambiaste por las barricadas. ¿Cuándo fue que dejaste de pedir lo imposible? ¿En qué devino tu ideal libertario?

Es que sólo esto ha quedado de aquel mayo francés del cual se cumplen cincuenta años en estos días. Burda literatura, metáforas gastadas y sin sentido, graffitis que ya no escandalizan a nadie y apenas si despiertan algo de admiración por lo ingeniosos.

¿Quién encarna los ideales de Daniel Cohn-Bendit en la actualidad? ¿La chilena Camila Vallejo aunque no pretenda derrocar a la burguesía y aspire al más modesto propósito de abrir las puertas de la universidad para toda su generación? ¿O la adolescente argentina que desafía la autoridad yendo al colegio sin corpiños? No hay caso, llevo diez minutos googleando y no hay nada, ya no hay revoltosos ni en Argentina ni en ninguna parte del mundo. Y si los hubiera no lo sabríamos. El sistema ha encontrado una manera eficaz de deshacerse de ellos, de manipular a través de la prensa sus imágenes, de encontrarles esa mancha en el pasado que invalida de raíz cualquier iniciativa loable.

Ahora vende mucho más la moderación y la mesura. El postgrado en los Estados Unidos, las iniciativas a la altura de la tecnología actual. Los jóvenes que cambian el mundo son los que inventan “mercado libre” o “pago mis cuentas”, los verdaderos líderes son los que tienen iniciativas originales y encuentran “nichos de mercado”, los que no temen encarar un “emprendimiento” y se ponen a fabricar cerveza artesanal o a levantar casas con botellas de coca cola, y ni hablar del que sueña con poner un generador eólico arriba del techo. Cincuenta años le bastaron al sistema para convertir a los jóvenes en inofensivos, para evitarles caer en la candorosa tentación de cambiar el mundo, para domesticarlos.

Hace unos pocos días estuvo el filósofo Darío Sztajnszrajber en el Teatro Municipal de nuestra ciudad. Su edad no le da para pertenecer a la categoría de joven, tampoco es rojo ni anarquista, tiene ganas de cambiar el mundo pero no le pone mucho empeño, pero qué bien me vino escuchar, como se debió haber escuchado durante todo el mes de mayo hace cincuenta años en París, a alguien que sin buscar atenuantes o justificativos, lisa y llanamente se caga en la sociedad burguesa.

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