Cuando el progresismo se vuelve establishment
Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
Hubo un tiempo en el que leer el diario español El País significaba, para buena parte del mundo hispanohablante, entrar en contacto con una tradición democrática, moderna y culturalmente sofisticada. Nacido en los años posteriores a la muerte de Franco, el diario ocupó un lugar importante en la consolidación de la transición democrática y en la construcción de una sensibilidad progresista ligada a las libertades civiles, la cultura y la apertura europea.
El País representaba una cierta idea de progreso: racional, ilustrado, cosmopolita. Frente a las derechas autoritarias del franquismo, encarnaba una modernidad democrática y liberal que, en aquel contexto histórico, resultaba claramente emancipadora.

Pero el problema de muchas instituciones progresistas es que, con el tiempo, dejan de discutir el orden existente y pasan a administrarlo. Y algo de eso ocurrió con El País.
Lo que alguna vez fue percibido como una voz crítica terminó convirtiéndose, progresivamente, en una voz del consenso dominante. Ya no el periódico que cuestiona el poder, sino el que expresa la mirada del establishment político, financiero y cultural europeo.
El cambio no fue brusco. Fue gradual. Y, precisamente por eso, más difícil de percibir.
A medida que avanzó la globalización y se consolidó el paradigma neoliberal posterior a los años ochenta, el diario fue alineándose cada vez más con una visión del mundo basada en ciertos consensos considerados incuestionables: europeísmo, liberalismo económico moderado, institucionalismo, confianza en los mercados globales y desconfianza hacia cualquier experiencia política que desbordara esos límites.
Ese desplazamiento se volvió especialmente visible frente a los procesos latinoamericanos de comienzos del siglo XXI.
Mientras buena parte de América Latina atravesaba gobiernos que —con todos sus límites y contradicciones— cuestionaban el orden económico heredado del neoliberalismo, El País adoptó una posición sistemáticamente crítica hacia esos procesos. Chávez, Evo Morales, el kirchnerismo, incluso fenómenos más moderados de redistribución o recuperación del rol estatal, fueron leídos muchas veces desde una lógica donde cualquier desviación respecto del consenso liberal aparecía asociada al populismo, la irracionalidad o el riesgo institucional.
No se trataba solamente de una posición editorial. Había algo más profundo: una defensa del orden global tal como estaba configurado.
El establishment contemporáneo ya no necesita parecer conservador en el sentido clásico. Puede defender derechos civiles, diversidad cultural y cierta sensibilidad progresista mientras sostiene, al mismo tiempo, un modelo económico profundamente desigual y una arquitectura internacional cada vez más concentrada.
Ese es, probablemente, el lugar que hoy ocupa El País.
No el de una derecha tradicional, nacionalista o reaccionaria, sino el de una elite global liberal que se piensa a sí misma como racional, moderada y democrática, y que mira con desconfianza cualquier proyecto que cuestione seriamente la estructura económica y política dominante.
Por eso muchas veces resulta insuficiente describir al diario simplemente como “de centroizquierda”. Esa categoría pertenece a otro momento histórico. Hoy El País parece funcionar más como portavoz de una sensibilidad globalizada que ya no discute el sistema, sino la mejor manera de gestionarlo.
Y eso tiene consecuencias. Porque cuando un medio que durante décadas se presentó como progresista deja de interrogar las bases materiales del poder y pasa a custodiar ciertos consensos internacionales, algo cambia en su función cultural. El progresismo deja de ser una fuerza crítica y se convierte en administración ilustrada del orden existente.
Tal vez por eso genera hoy un rechazo tan fuerte en ciertos sectores de izquierda. No porque se haya vuelto conservador en términos morales o culturales, sino porque terminó encarnando una forma sofisticada de adaptación al poder global.
En ese sentido, El País expresa bastante bien una paradoja de nuestra época, la de un progresismo que sigue hablando en nombre de la democracia, la cultura y los derechos, pero que muchas veces parece incapaz —o poco dispuesto— a cuestionar las estructuras económicas y geopolíticas que producen desigualdad, concentración y exclusión.
Y cuando eso ocurre, el progresismo deja de ser oposición. Empieza a convertirse en establishment.
