Del viento a la tierra: el otro lado de la energía eólica

La expansión de los parques eólicos en Argentina plantea nuevos desafíos sobre su verdadero impacto ambiental. Desde Olavarría, científicos, técnicos y trabajadores analizan los límites y las posibilidades de una energía que promete mucho, pero aún busca su equilibrio.

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Camila Sosa – Agencia Comunica

El viento se levanta con fuerza en el centro bonaerense. Sopla entre las sierras, arrastra el polvo de las canteras y hace girar las alas de acero que sobresalen del paisaje como enormes gigantes de acero. A simple vista, los parques eólicos parecen postales de un futuro limpio, sustentable, símbolos de una transición energética que promete reducir la huella de contaminación que se genera en el planeta. Sin embargo, detrás de esa imagen ideal hay preguntas que comienzan a inquietar a la ciencia: ¿qué tan sustentable es realmente esta energía? ¿Qué ocurre con los materiales de los molinos cuando deben ser cambiados por daños o desgaste?

En la Argentina, la energía eólica se expandió con fuerza en la última década. Hoy existen más de setenta parques distribuidos a lo largo del territorio nacional, con más de mil trescientos aerogeneradores instalados y una capacidad de generación que supera los 3.500 megavatios. Estas cifras representan un salto importante hacia una matriz más limpia, impulsado por la Ley 26.190 de Energías Renovables y por políticas que, con altibajos, buscaron incentivar la inversión en fuentes alternativas.

Mapa A – Cantidad parques eólicos construidos por provincia/ Mapa B- Cantidad de Aerogeneradores Instalados en cada provincia
Cortesía de Joaquín Legnazzi

Pero el crecimiento tecnológico no siempre se traduce en sustentabilidad. La instalación de nuevos parques suele celebrarse como sinónimo de progreso, aunque detrás de cada torre que se levanta hay una cadena industrial compleja que incluye transporte, mantenimiento y materiales, etc, cuyos impactos todavía se investigan. Cada “molino de viento” (como comúnmente se suele llamar a los aerogeneradores) tiene una vida útil promedio de veinte a veinticinco años, y sus palas, de más de sesenta metros de largo y fabricadas con materiales compuestos difíciles de degradar (fibra de vidrio y resina epoxi) ya comienzan a acumularse en depósitos sin destino definido.

En Olavarría, una ciudad marcada por la industria cementera y el viento incesante, esa preocupación encontró eco en la universidad pública. En los laboratorios de la Facultad de Ingeniería de la UNICEN, donde la investigación aplicada se integra con los problemas del territorio, la búsqueda de soluciones sustentables se volvió parte del quehacer cotidiano.

Allí, el Ingeniero Civil, Joaquín Legnazzi, acompañado por su tutora, la Ingeniera Civil, Silvina Zito, decidió investigar qué hacer con las hélices eólicas cuando ya no puedan seguir girando. “La gente ve un molino y dice ‘qué lindo’, pero no se imagina cuánto puede contaminar cuando deja de funcionar”, cuenta Legnazzi, autor de una tesis que propone reciclar las palas eólicas para incorporarlas en mezclas de hormigón.

La idea surgió a partir de una problemática detectada en Puerto Madryn, donde una empresa que instala parques eólicos acumulaba palas dañadas. Un ingeniero egresado de la UNICEN se contactó con la Facultad y propuso trasladar el desafío al laboratorio de materiales. “Nos llega el material triturado, y empezamos a analizar su composición. Son fibras de vidrio unidas con resinas: resistentes, pero difíciles de romper. Decidimos probar cómo respondían dentro de mezclas de cemento y los resultados fueron mejores de lo que se esperaba”, explica.

Estructura interna de una pala eólica, compuesta por materiales termoestables de fibra de vidrio, resinas epoxi y núcleo de madera balsa o PVC.
Cortesía de Joaquín Legnazzi

Las pruebas mostraron que el hormigón elaborado con fragmentos de palas no solo mantenía su resistencia, sino que en muchos casos la superaba. “En todos los ensayos donde medimos: compresión, tracción y flexión, el material con fibras rindió más. Y además se necesitó menos cemento y menos acero, lo que reduce la huella de carbono del proceso”, detalla el ingeniero.

La propuesta se enmarca en el concepto de economía circular, que busca cerrar el ciclo de vida de los materiales y transformar los desechos en recursos. La relevancia del trabajo no se limita solo a lo técnico. En un país donde la industria cementera concentra buena parte de su producción en el centro bonaerense, la articulación entre ciencia y territorio adquiere un valor estratégico. “Sería ideal que las mismas empresas que tienen parques eólicos sean también las que se encarguen de gestionar sus residuos. Serían, a la vez, parte del problema y de la solución” reflexiona Legnazzi.

El ingeniero Gabriel Blanco, docente e investigador de la misma Facultad y exintegrante del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), coincide en que el desafío energético del país no puede reducirse a instalar más molinos. “El país ha hecho un gran esfuerzo por incorporar energías renovables, pero todavía no existe una política integral que piense a largo plazo. La sustentabilidad no se logra solo con tecnología: se logra con educación, planificación y participación social”, sostiene.

Su mirada amplía la discusión más allá del laboratorio: la transición energética no es solo un cambio técnico, sino también un proceso cultural y político que exige repensar la relación entre energía, desarrollo y ambiente. Olavarría, con su tradición industrial y su capital científico, parece condensar esa tensión. Por un lado, la posibilidad de producir energía limpia aprovechando los vientos de la región; por otro, la necesidad de garantizar que ese desarrollo no genere nuevas formas de contaminación.

Legnazzi advierte que el país tiene poco tiempo para actuar. “A partir de 2040, muchas de las palas que hoy están en funcionamiento van a llegar al final de su vida útil. Tenemos alrededor de diez años para pensar soluciones antes de que el problema sea masivo.”

El trabajo detrás del viento: seguridad, territorio y rutina

En los parques que rodean la ciudad, los trabajadores de Seguridad e Higiene recorren los predios revisando torres y cables. Entre el zumbido del aire y el chirrido metálico de las estructuras, sus recorridos diarios se vuelven una coreografía repetida: observar, medir, detenerse, volver a mirar el cielo antes de continuar. Conviven con el sonido constante de las aspas y con la fuerza del aire que no se detiene.

“El rol de un encargado en seguridad e higiene en un parque eólico es preventivo: nos ocupamos de que cada persona pueda volver a su casa igual que como entró”, explica el licenciado Nicolás Brauton, que trabajó en la construcción y el mantenimiento de varios parques del centro bonaerense.

Los riesgos por los que atraviesan no son menores: las torres blancas superan los cien metros y el viento, que da vida al sistema, puede volverse una amenaza. “El viento es una energía renovable, pero también impredecible. A veces hay que detener todas las tareas por seguridad. Es un trabajo de respeto y observación constante.” asegura Brauton.

En su relato, la sustentabilidad deja de ser un concepto técnico y se convierte en una práctica cotidiana: controlar el clima, vigilar las alturas, prever accidentes. El viento, en este caso, no solo mueve turbinas, también define rutinas y cuidados. Desde su experiencia, Brauton aporta otra mirada sobre los límites del modelo.

“La energía eólica es limpia hasta cierto punto. El viento no contamina, pero el proceso industrial que hay detrás sí deja huella. En varios parques ya se empiezan a ver las primeras palas en desuso; muchas terminan enterradas porque no hay un plan de reciclaje activo realmente”.

Su observación coincide con la investigación científica realizada por Legnazzi: la falta de planificación para el tratamiento de residuos amenaza con ensombrecer los avances logrados. Y no se trata solo de una cuestión ambiental, sino también social.
“Solo entre un cinco y un diez por ciento del personal es local. La mayoría viene de otras provincias o incluso de otros países. Se generan algunos empleos indirectos en transporte, limpieza o mantenimiento, pero falta mayor integración con la zona.” detalla el licenciado, mientras resalta que la transición energética es un proceso en plena construcción que busca equilibrarse entre tecnología, trabajo y territorio.

El entusiasmo por la energía eólica crece, pero la ciencia advierte que la sustentabilidad requiere más que buenas intenciones. Requiere una mirada completa sobre todo el ciclo: desde la fabricación hasta el reciclaje, desde la torre hasta el suelo. Legnazzi lo resume con claridad: “Podemos tener energía limpia, pero si los desechos del sistema siguen contaminando, la sustentabilidad es incompleta.”

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