Inteligencia Artificial: El desafío de crear comprendiendo la historia.


Escribe Lic. Marcela Blaufuks

Estamos en un viaje de creación, así lo pienso. La aparición de nuevas realidades —agentes de IA, ecosistemas algorítmicos, empresas no humanas— no es transformación sino un momento nuevo.  En esa tarea, Argentina tiene una oportunidad peculiar en una coyuntura, donde la intersección de múltiples factores —políticos, tecnológicos, económicos y culturales— hace posible diseñar el futuro. Esa posibilidad nos exige preguntarnos cuál será nuestro rol y el de las instituciones que nos sostienen, porque los debates que se producían en la periferia están decidiendo el centro de lo que será nuestra vida colectiva.

Los avances tecnológicos siempre han sido mucho más que máquinas: son fuerzas silenciosas que reescriben la economía y la vida social. Nicholas Carr lo demuestra cuando narra la historia de la Noria de Burden emplazada sobre el río Hudson, en la ciudad de Troy, estado de Nueva York. La gigantesca rueda de hierro que dio ventaja competitiva a una fábrica en el siglo XIX terminó oxidándose cuando la electricidad se convirtió en servicio público y las economías de escala hicieron posible que la energía llegara barata y estable a empresas y hogares, cambiando horarios, trabajos y hábitos de consumo. Hoy vivimos una transformación análoga con el procesamiento de información: los sistemas informáticos privados están siendo reemplazados por servicios de datos en red que convierten la informática —y la inteligencia artificial— en infraestructura básica, capaz de reorganizar sectores enteros y redefinir cómo producimos valor, nos informamos, nos educamos y participamos en la vida democrática. En esa historia, Argentina no está simplemente recibiendo tecnología: está parada en un punto donde decisiones económicas y regulatorias sobre estos nuevos “servicios de información” pueden amplificar oportunidades o profundizar dependencias, y donde cada avance técnico viene acompañado de una pregunta política: quién controla la red, quién se beneficia y cómo protegemos la sociedad que se reescribe sobre ella.

Y pensar la “industria del futuro” configurada alrededor de entidades algorítmicas capaces de operar empresas, tomar decisiones económicas y participar en la vida pública nos coloca como ciudadanía frente a desafíos inéditos de comprensión, regulación y responsabilidad. En ese escenario, la postura crítica de Yuval Harari funciona como un contrapunto y abre un campo de reflexión imprescindible.

La idea de crear “corporaciones no humanas” impulsadas por inteligencia artificial entran en la agenda política argentina proponiendo un nuevo tipo de actor económico: empresas sin dueños humanos, gestionadas por agentes de IA que contratan, invierten, producen y litigan de manera autónoma. Quienes apoyan este modelo resaltan su potencial para acelerar la innovación, atraer inversiones tecnológicas y resolver problemas prácticos de la economía digital, como la gestión masiva de datos y la automatización de decisiones complejas.

Harari se ubica en el lado crítico de este proceso, señalando que el paso de la “IA herramienta” a la “IA sujeto legal” equivale a entregar una llave maestra a sistemas que no comparten nuestros incentivos humanos. Advierte que una corporación no humana podría explotar vacíos legales y actuar como una suerte de “estado corporativo algorítmico” donde el riesgo mayor no es solo económico, sino político: países que concedan personalidad jurídica a IA podrían transformarse en “AI-states”, sociedades gobernadas por entidades no humanas con capacidad de influir en la información, las finanzas y la toma de decisiones públicas.

Entre estas dos visiones se abre un espacio donde la ciudadanía queda expuesta a retos profundos. Por un lado, comprender que la industria del futuro no estará compuesta solo por empresas humanas automatizadas, sino por actores algorítmicos con agencia propia, exige nuevas alfabetizaciones: tecnológica, jurídica y ética. Por otro, la creciente opacidad de los sistemas algorítmicos obliga a preguntarse quién controla los datos, cómo se distribuyen los beneficios y qué mecanismos democráticos pueden frenar prácticas abusivas en contextos donde las decisiones se toman a velocidades y escalas que nos exceden.

Estos desafíos repercuten directamente en la construcción de ciudadanía digital y en los proyectos pedagógicos que la acompañan. La ciudadanía ya no solo debe aprender a usar tecnología, sino a leer críticamente el rol de la IA en la economía, identificar los intereses detrás de la corporación algorítmica y participar en debates sobre regulación y derechos. En educación, esto se traduce en la necesidad de diseñar experiencias de aprendizaje situado que vinculen casos concretos —como la propuesta de “corporaciones no humanas”— con análisis de poder, desigualdad y responsabilidad, formando sujetos capaces de actuar no solo como usuarios, sino como ciudadanos informados. Este aspecto es central en un mundo donde la brecha se ensancha, donde la conflictividad es parte del escenario y la educación se convierte en la llave para administrar la transición.

En última instancia, la tensión entre la industria del futuro, la advertencia de Harari y el entusiasmo de los defensores de la corporación algorítmica revela un mismo núcleo. La tarea de la ciudadanía —y de la educación que la prepara— será construir criterios y prácticas que mantengan el foco en la dignidad humana, garantizando que la expansión del poder no humano no implique la reducción de nuestra capacidad de deliberar y redefinir colectivamente el rumbo del futuro. La idea de “estancamiento” y “de falsas promesas” de las Instituciones tradicionales protagonizan los mensajes en redes sociales a la vez que seducen a un público joven ávido de sentido, por lo que el reto es aún mayor.

Pienso mi época, la velocidad y dimensión de lo que nos toca vivir. Elijo detenerme en las palabras de Carr donde encuentro perspectiva. “En la actualidad creemos que estos desarrollos constituyen unas características permanentes de nuestra sociedad, pero esto es una ilusión. Son las consecuencias de un conjunto particular de transacciones económicas que reflejan, en gran medida, las tecnologías de la época. Seguramente, pronto descubriremos que lo que ahora consideramos que constituyen los fundamentos imperecederos de nuestra sociedad en realidad no son más que estructuras temporales que se abandonarán con la misma presteza que la Noria de Henry Burden.”

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