La inteligencia artificial no necesita más memoria. Necesita olvidar.

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Cuando Jorge Luis Borges publicó Funes el memorioso en 1942, la computadora moderna todavía no existía. Faltaban décadas para Internet, para los teléfonos inteligentes y, por supuesto, para la inteligencia artificial.

Sin embargo, sospecho que Borges escribió uno de los mejores cuentos que existen para pensar el mayor desafío de la IA contemporánea.

La mayoría recuerda la historia. Ireneo Funes sufre un accidente y, a partir de ese momento, adquiere una memoria perfecta. Recuerda absolutamente todo. Cada nube que vio. Cada hoja de cada árbol. Cada conversación. Cada instante de su vida. No olvida nada.

A primera vista parece un superpoder. ¿Quién no quisiera una memoria semejante? Sin embargo, Borges realiza uno de esos movimientos inesperados que sólo estaban al alcance de su literatura. Descubre que recordar todo no constituye una bendición sino una tragedia. Porque Funes ya no puede pensar.

Hay una frase del cuento que debería enseñarse en todas las escuelas y, quizá, en todas las carreras de informática: “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer.”

En apenas ocho palabras Borges resume una de las operaciones más profundas de la inteligencia humana. Pensar no consiste en almacenar datos, consiste en desprenderse de ellos.

Cuando un niño aprende la palabra “árbol”, no memoriza cada árbol del planeta. Hace exactamente lo contrario. Olvida miles de diferencias para construir una idea general. Es decir, abstrae, generaliza, crea un concepto.

Funes es incapaz de hacerlo. Para él, cada perro es distinto de todos los demás perros que existieron y existirán. Cada hoja constituye un universo irrepetible. Cada instante resulta tan singular que ninguna categoría puede contenerlo. Posee una memoria infinita. Pero ha perdido la capacidad de construir conceptos.

Y entonces comprendemos que la inteligencia no depende únicamente de recordar. Depende, sobre todo, de olvidar. Mientras releía el cuento no podía dejar de pensar en la inteligencia artificial.

Vivimos fascinados por modelos capaces de almacenar cantidades gigantescas de información. Bases de datos inmensas, millones de libros, billones de palabras. Solemos imaginar que cuanto mayor sea esa memoria, más inteligente será la máquina. Borges habría desconfiado de esa idea. Porque almacenar información y comprenderla no son la misma cosa.

Una inteligencia —humana o artificial— no vale por la cantidad de datos que conserva, sino por su capacidad para descubrir patrones, construir categorías, establecer relaciones y, sobre todo, descartar aquello que no resulta relevante.

En otras palabras, pensar exige olvidar.

La neurociencia moderna parece darle la razón. Hoy sabemos que el cerebro no funciona como un disco rígido. Olvida constantemente. Elimina conexiones, simplifica experiencias, reconstruye recuerdos. Paradójicamente, esa aparente imperfección constituye una de las condiciones necesarias para el aprendizaje.

Un cerebro que recordara absolutamente todo sería un cerebro incapaz de abstraer.

Sería Funes.

Quizá por eso la discusión sobre la inteligencia artificial debería abandonar una pregunta equivocada. No deberíamos preguntarnos cuánta información puede almacenar una máquina.

Deberíamos preguntarnos qué hace con ella, qué relaciones establece, qué decide ignorar, qué considera importante.

Porque allí comienza la inteligencia. No en la memoria ni en el criterio.

Tal vez Borges comprendió antes que nadie que el gran problema del siglo XXI no sería construir máquinas capaces de recordar cada vez más. Sería construir máquinas capaces de olvidar inteligentemente.

Y sospecho que ese desafío no es exclusivo de las computadoras. También es el nuestro. Vivimos rodeados de noticias, videos, artículos, mensajes y respuestas generadas en segundos. Nunca antes la humanidad dispuso de tanta información. Y, sin embargo, pocas veces resultó tan difícil pensar con claridad. Quizá porque seguimos creyendo que saber consiste en acumular datos.

Borges nos propone una idea mucho más incómoda. La inteligencia comienza exactamente en el momento en que dejamos de intentar recordarlo todo.

(La imagen que acompaña esta nota fue creada con herramientas de inteligencia artificial)

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