Cuando las fábricas se apagan, también se apagan los grandes clubes

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Hace unos días me sorprendí pensando en una coincidencia que, probablemente, no pueda demostrarse estadísticamente. Pero las ciencias sociales también avanzan formulando buenas preguntas.

¿Por qué los grandes clubes de fútbol argentino nacieron precisamente donde se concentraban las fábricas? La Boca, Avellaneda, Rosario. Resulta difícil pensar que se trata de una casualidad.

Durante buena parte del siglo XX esos lugares fueron mucho más que barrios. Eran verdaderos ecosistemas productivos. Astilleros, frigoríficos, metalúrgicas, puertos, ferrocarriles y miles de trabajadores daban forma a una intensa vida social. Al terminar la jornada laboral, muchos de esos obreros encontraban en el club un segundo hogar. Allí hacían deporte, llevaban a sus hijos, asistían a bailes, participaban de bibliotecas populares o simplemente compartían una cerveza con sus compañeros de trabajo.

Así, los clubes eran mucho más que equipos de fútbol. Eran instituciones comunitarias. Quizás por eso no resulte extraño que los grandes equipos argentinos hayan surgido precisamente allí donde la muy tímida Revolución Industrial argentina dejó su huella más profunda.

Avellaneda constituye probablemente el mejor ejemplo. Durante varias décadas fue el corazón industrial del país. Frigoríficos, curtiembres, siderúrgicas, metalúrgicas, talleres ferroviarios y el puerto de Dock Sud transformaron a la ciudad en uno de los principales polos fabriles de América Latina. De ese lugar surgieron Racing e Independiente.

Entre ambos conquistaron una cantidad extraordinaria de campeonatos nacionales, Copas Libertadores e incluso Copas Intercontinentales. Durante muchos años Avellaneda fue, futbolísticamente, una de las ciudades más exitosas del planeta.

Sin embargo, cuando la industria comenzó a perder protagonismo a mediados de la década de 1970, también el liderazgo internacional de sus clubes empezó a diluirse. No sostengo que exista una relación causal entre ambos fenómenos. El fútbol profesional depende de innumerables factores: dirigentes, mercados televisivos, representantes, globalización, gestión económica.

Pero cuesta no preguntarse si las instituciones deportivas pueden permanecer intactas cuando desaparece el entramado social que les dio origen. La misma pregunta podría formularse observando otras ciudades del mundo.

Manchester fue durante más de un siglo uno de los grandes centros de la industria textil británica. Turín creció alrededor de FIAT y de miles de obreros que encontraron en la Juventus y el Torino parte de su identidad colectiva. Milán desarrolló una poderosa base industrial que convivió con el crecimiento del Milan y del Inter. Múnich se convirtió en uno de los principales polos industriales y tecnológicos de Alemania mientras el Bayern consolidaba un proyecto deportivo excepcional. São Paulo, principal motor industrial de Brasil, vio crecer en paralelo a Corinthians, Palmeiras y São Paulo FC.

No afirmo que las fábricas ganen campeonatos. Lo que sugiero es algo diferente. Las grandes ciudades industriales no sólo producen bienes. También producen instituciones, universidades, bibliotecas, teatros, clubes y capital social.

Cuando existe empleo estable, movilidad social y una densa red de organizaciones intermedias, florecen instituciones capaces de trascender generaciones. Los clubes son apenas una expresión visible de ese fenómeno.

Quizás por eso la historia de Avellaneda resulte tan conmovedora. Allí no sólo cerraron fábricas. También comenzó a debilitarse un ecosistema que durante décadas había alimentado algunas de las instituciones deportivas más importantes del continente.

Boca y River constituyen una excepción. Hace mucho tiempo dejaron de ser clubes de barrio para transformarse en marcas nacionales e internacionales. Su base social ya no depende exclusivamente de la realidad económica de La Boca o de Núñez. Racing e Independiente, en cambio, conservan un vínculo mucho más estrecho con la historia de la ciudad que los vio nacer.

Tal vez esta hipótesis nunca pueda probarse de manera concluyente. Sin embargo, invita a pensar en una idea más amplia. Cuando una sociedad pierde su capacidad de producir, ¿qué otras instituciones comienzan silenciosamente a deteriorarse?

Quizá el verdadero legado de una gran industria no sean solamente sus productos. Quizá sean las comunidades que fue capaz de construir.

Y esas comunidades, a veces, también se reflejan en una cancha de fútbol.

Los clubes no nacen solamente de la pasión. Nacen, sobre todo, de una comunidad capaz de sostenerlos. Cuando esa comunidad se fortalece, las instituciones florecen. Cuando se debilita, ninguna institución permanece completamente al margen.

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