Borges antes de Foucault y Derrida
Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

A veces la literatura llega antes que la filosofía. No porque explique mejor las cosas, sino porque puede imaginar problemas que la teoría todavía no sabe formular. Algo de eso ocurre con “Jorge Luis Borges” y buena parte del pensamiento francés del siglo XX, especialmente con “Michel Foucault” y “Jacques Derrida”.
Hay algo notable ahí: Borges no construye un sistema filosófico. No teoriza como un académico ni pretende fundar una escuela de pensamiento. Escribe cuentos. Ficciona bibliotecas infinitas, enciclopedias absurdas, autores imaginarios y mundos donde el lenguaje altera la realidad. Pero en esos juegos literarios aparecen, décadas antes, algunas de las preguntas más profundas que luego obsesionarán a la filosofía contemporánea.
La relación con Foucault es explícita.
Cuando Foucault publica “Las palabras y las cosas”, uno de los libros más influyentes del siglo XX, lo abre con una referencia a Borges. Más precisamente, a una clasificación de animales tomada de un texto borgeano: animales “pertenecientes al emperador”, “sirenas”, “dibujados con pincel finísimo”, “que de lejos parecen moscas”. La enumeración produce algo extraño. No es solo humor o extravagancia. Es una incomodidad intelectual más profunda.
Porque Borges hace tambalear la idea de que existe un orden natural para clasificar el mundo.
Y ahí aparece uno de los grandes temas foucaultianos: las categorías con las que pensamos no son eternas ni universales. Cada época organiza el conocimiento según ciertas reglas invisibles. Lo que una sociedad considera racional, verdadero o lógico depende de estructuras históricas específicas.
Borges, sin teorizarlo, ya había mostrado el vértigo de esa arbitrariedad.
Con Derrida ocurre algo parecido, aunque menos explícito. Muchos de los cuentos de Borges parecen anticipar problemas centrales del pensamiento derridiano: la imposibilidad de fijar definitivamente el sentido, la relación infinita entre textos, el carácter inestable del lenguaje.
En “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, un mundo ficticio empieza a infiltrarse en el mundo real hasta reemplazarlo. El lenguaje deja de describir la realidad y pasa a producirla. En “Pierre Menard, autor del Quijote”, el mismo texto adquiere sentidos completamente distintos según quién lo escriba y en qué contexto histórico se lea. En “La biblioteca de Babel”, el universo entero aparece como una red infinita de textos donde el sentido nunca termina de cerrarse.
Todo eso resuena profundamente con Derrida.
Porque Derrida sostendrá justamente que el significado nunca está completamente presente ni fijado. Que el sentido siempre se desplaza. Que no existe un centro estable desde el cual garantizar definitivamente la verdad de un texto.
Lo extraordinario es que Borges llega a ese problema no desde la filosofía, sino desde la ficción.
Y tal vez ahí radique una parte de su grandeza.
Mientras muchos filósofos todavía discutían cómo acceder a la verdad, Borges ya imaginaba mundos donde la verdad dependía de sistemas de representación inestables. Mundos donde las clasificaciones podían invertirse, donde las identidades se multiplicaban y donde el lenguaje dejaba de ser un espejo transparente de la realidad.
Por eso Borges no es solamente un gran escritor argentino. Es también uno de los grandes pensadores indirectos del siglo XX.
Indirectos porque nunca formula una teoría cerrada. Nunca baja línea. Nunca pretende explicar completamente aquello que pone en escena. Borges trabaja de otro modo: construye artefactos literarios que obligan al lector a experimentar intelectualmente el problema.
Y quizá esa sea una de las razones por las cuales su obra sigue siendo tan contemporánea.
Porque vivimos en una época donde las grandes certezas modernas se volvieron frágiles. Donde la verdad aparece disputada, el lenguaje organiza realidades y las clasificaciones que parecían naturales empiezan a mostrar su arbitrariedad.
Mucho antes de que Foucault hablara de las estructuras del saber o Derrida de la inestabilidad del significado, Borges ya había imaginado bibliotecas infinitas, enciclopedias imposibles y mundos construidos por el lenguaje.
Como si hubiera comprendido antes que muchos filósofos que el gran problema contemporáneo ya no era solamente descubrir la verdad, sino entender quién organiza las condiciones para que algo pueda parecer verdadero.
Aclaración: la ilustración que acompaña esta nota fue elaborada con herramientas de inteligencia artificial.