El backstage del poder digital
Por: Lic. Marcela Blaufuks
Hay textos que no buscan tranquilizar. Textos que incomodan porque obligan a mirar donde no solemos mirar: detrás del escenario. El documento de Matt Shumer, publicado en El Grand Continent, va en esa dirección. No habla del futuro: habla del presente que ya está operando, aunque todavía no sepamos bien cómo nombrarlo. Shumer es emprendedor del sector de IA aplicada y CEO de OthersideAI, compañía detrás de HyperWrite.

Mientras discutimos inteligencia artificial en términos de utilidad, productividad o fascinación tecnológica, el texto nos corre el eje: la IA no es solo una herramienta, es infraestructura de poder. Y como toda infraestructura, no se ve… hasta que condiciona todo. Ser reemplazados no es una utopía… De alucinar a contribuir a su propia creación.
Los apuntes al margen de Víctor Torching refuerzan la idea. No se trata de una distopía ni de ciencia ficción. Se trata de capas invisibles de decisión que ya median lo económico, lo militar, lo informacional y, cada vez más, lo político.
Durante años pensamos Internet como un espacio de libertad. Hoy empezamos a comprenderlo como un territorio estratégico. La inteligencia artificial profundiza ese giro: requiere minerales críticos, energía, centros de datos, talento altamente concentrado y acuerdos geopolíticos que exceden largamente el debate público. Nada de esto es neutral. Pienso en el impacto. De problemas para insertarnos en el mundo laboral a grupos preparados estratégicamente para trabajar con lo sintético, la máquina. Exploro ideas y ensayo una especie de borrador. Vuelve la brecha por acceso, por educación, por falta de infraestructura.
El documento destaca un aspecto fundamental: la inteligencia artificial está incursionando en empleos de “cuello blanco”, donde convergen competencias técnicas y creatividad. Se hace referencia a modelos avanzados desarrollados recientemente por laboratorios líderes, así como a su capacidad para ejecutar cadenas de tareas completas. El foco del análisis no recae en identificar herramientas específicas, sino en resaltar la acelerada curva de mejora, caracterizada por ciclos de avance breves, rápida adopción y difusión más allá de los ámbitos técnicos. La velocidad pone en jaque la adaptación de la sociedad.
Creemos que decidimos, pero cada vez más nuestras decisiones están preconfiguradas por sistemas que optimizan, predicen y priorizan según lógicas que no controlamos ni entendemos del todo. No porque seamos ingenuos, sino porque la complejidad fue diseñada para ser opaca. Concentrada en pocas manos, tres gigantes manejan la rueda.
Aquí aparece una tensión central para la democracia. Si el poder se desplaza hacia arquitecturas técnicas cerradas, ¿dónde queda el control ciudadano? ¿Cómo se ejerce la crítica cuando el código reemplaza al argumento y el algoritmo a la deliberación?
Matt Shumer explica algo que resuena fuerte: el verdadero riesgo no es la inteligencia artificial en sí, sino la renuncia humana a comprenderla. Cuando dejamos de hacer preguntas, cuando aceptamos la eficiencia como valor supremo, cuando confundimos velocidad con progreso. El mismo expresa que no decide y que ese nivel está en manos de pocas personas. En tono alarmista centra su mensaje en acortar la brecha. Esto requiere repensar el trabajo, desaprender y aprender con la máquina. Planificación estratégica para naturalizarla construyendo una nueva sociedad.
La inteligencia artificial dejó de ser una promesa futura para convertirse en una infraestructura invisible de la vida cotidiana. Su presencia creciente en buscadores, plataformas educativas y entornos de trabajo interpela de lleno a la escuela a días del inicio de ciclo lectivo vuelve a poner sobre la mesa viejas y nuevas preguntas pedagógicas. En este contexto la advertencia de Matt resulta clave. El desarrollo acelerado está ampliando la brecha entre las versiones pagas y gratuitas, no solo en potencia técnica sino en profundidad de uso, contexto y capacidad de personalización. Esta desigualdad, menos visible que otras, tiene un impacto directo en el campo educativo: quienes acceden a mejores herramientas y cuenten con mediaciones críticas aprenderán a usarlas; quienes no, quedarán reducidos a un consumo acrítico de respuestas generadas por algoritmos. Podemos preguntarnos si la inteligencia artificial debe silenciarse o es una oportunidad para recuperar una idea fundamental: las pedagogías emergentes nacen en el aula. Allí es donde se construye conocimiento pedagógico situado. La inteligencia artificial se convierte en objeto de análisis, de interrogación y de debate, no sólo en una herramienta de uso. En la era del prompting, la pregunta vuelve a ocupar un lugar central. No como técnica sino como acto pedagógico.
Para pensar estos desafíos, resulta iluminadora la metáfora del farolero que aparece en El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry. El farolero obedece la consigna sin detenerse a pensar. Solo cumple la consigna sin cuestionar el sentido. Al comenzar un nuevo ciclo escolar podemos encontrar una oportunidad para pensar en un aula que habilita los desafíos presentes. Porque frente al algoritmo que homogeniza, la escuela sigue siendo el espacio privilegiado para construir una comunidad diversa, crítica y profundamente humana.
Tal vez el desafío no sea frenar la tecnología —eso ya no es posible— sino recuperar el pensamiento crítico como forma de soberanía. Volver a preguntar quién diseña, quién gana, quién queda afuera y qué tipo de sociedad estamos validando sin discutirla.
Porque si el futuro se escribe en backstage, el problema no es solo no estar en el escenario. El problema es no saber siquiera que la obra ya empezó.