¿El fin de la democracia?


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Ya en el año 97 o 98, el premio Nobel de Literatura José Saramago ponía en duda el sentido real de los sistemas democráticos.

La democracia, decía, ya no atiende a las necesidades de las mayorías, no da respuestas a los más castigados por el sistema, no da soluciones a los más relegados (a veces ni las busca).

Esta afirmación del portugués (en aquel momento arriesgada) fue quedando más en evidencia en este nuevo siglo. Al desdén natural de los sistemas democráticos por corregir las desigualdades sociales se le sumó la manipulación mediática, manipulación que derivó en casos realmente mamarrachescos como los ascensos al poder de personajes patéticos como Trump o Milei.

Quiero decir, si las elecciones las ganan los candidatos más afines a los intereses económicos que pueden manejar la opinión pública a través de los medios, el sentido de la democracia se desmorona. Hemos retrocedido a los preliminares de la Ley Sáenz Peña, cuando se juntaban diez o doce personajes influyentes y decidían si el futuro presidente sería Sarmiento o Avellaneda.

Pero hay algo más reciente que también pone en jaque al sistema democrático. Al mercado, al liberalismo, tampoco le sirve la democracia. En otros tiempos, la democracia era el argumento, la justificación para que los países occidentales impusieran el capitalismo en el mundo. Ahora, la democracia pasó a ser un impedimento, un obstáculo para que esos sistemas ultra liberales se manifiesten en toda su libertad y puedan desarrollar su capacidad expansiva y cumplir con su cometido final: exterminar los recursos naturales del planeta y con ellos la civilización.

Dicho de otro modo, la democracia ya no sirve ni a los oprimidos ni a los opresores. Salvo en unos pocos países donde el Estado aún mantiene un rol protagónico en la administración de los recursos, en todos aquellos otros en los que el mercado establece las reglas de juego, la democracia parlamentaria no es más que una fachada sin estructura, una vieja costumbre desnuda y desprotegida.

El actual gobierno de nuestro país manifiesta sin ruborizarse que vinieron a detonar el Estado desde adentro, no disimulan el fastidio que les provoca el Congreso cuando no atiende a sus pretensiones, no dudan en utilizar mecanismos ilegales para dominar voluntades y votos.

El propio Milei lo dijo bien clarito en el foro de no sé dónde, “Maquiavelo ha muerto”. Esto es, las reglas convencionales de la política, los códigos de las sociedades organizadas a partir de los derechos civiles, en tanto se vuelven un obstáculo para el avance de las libertades del mercado, deben ser reconsiderados o anulados.

Maquiavelo ha muerto se traduce en que la democracia ha muerto para dar paso a un nuevo sistema de organización social en el que los intereses del mercado son los que imponen las reglas, no los individuos.

Este proceso de cambio se inició obviamente en el 89 con la caída del muro de Berlín y el fin del comunismo. Un trastornado llegó a declarar muy suelto de cuerpo que estábamos ante el “fin de la historia”, claro, el fin de la historia se produce cuando se impone definitivamente el sistema al cual se adhiere. Es un deseo más que una conjetura histórica. Un intento de hacer borrón y cuenta nueva como cuando en el potrero decíamos último gol, gana.

Pero la Historia enseña y mucho. El problema es que nadie la lee. Hay que dejar que estos nuevos apologistas de la libertad se ceben, se desboquen, se crean el cuento del fin de la historia, es muy doloroso, claro, millones quedarán en el camino, pero el cadalso espera. El fío y reluciente metal conserva su filo. La Historia no tiene fin mientras exista la humanidad, el que mete el último gol no gana, siempre habrá una revancha.

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