Exaltación de la cruz

Por: Horacio Robirosa, Voluntario de la Inmaculada Padre Kolbe, Olavarría.
Este día recordamos y honramos la Cruz en la que murió Jesús. El Catecismo de la Iglesia Católica, en su párrafo 617 afirma: «Por su sacratísima pasión en el madero de la cruz nos mereció la justificación». La consideración de aquel madero, en el que nuestro salvador vertió su preciosísima sangre, evoca el misterio del amor divino, entregado sin medida para redención de todo el género humano. Leemos las palabras de Jesús mismo en el Evangelio de San Juan: “Y yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32).
La cruz de Cristo -como señalaba San Juan Pablo II- “es la cruz en la que se muere para vivir; para vivir en Dios y con Dios, para vivir en la verdad, en la libertad y en el amor, para vivir eternamente. La Cruz es la cátedra más elocuente de Dios. En ella aprendemos cuánto nos ama». Porque la dimensión de su Amor inconmensurable tiene su medida en la Cruz, como dice san Juan en su Evangelio: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 15, 13).
La fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz conmemora el descubrimiento, en el año 320, de la verdadera cruz, del Calvario y de la tumba de Cristo. Santa Elena, madre del emperador Constantino, los encontró bajo un templo erigido a la diosa Venus, donde habían sido enterrados por los romanos. El segundo acontecimiento que origina la celebración de esta fiesta es la dedicación de una iglesia en ese lugar en el año 335. Esa iglesia, que existe desde entonces, recibe el nombre de Basílica del Santo Sepulcro, y alberga el Calvario, la tumba de Jesús y la cisterna en la cual Santa Elena encontró los instrumentos de la Pasión de Jesús, incluida la Cruz.
El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué exaltar la Cruz? Allí está la Cruz, el escándalo de la Cruz, de San Pablo, fruto de la libertad y amor de Jesús. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor. Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un profundo misterio.
Al pie de la cruz de Jesús estaba María, su Madre, a quien celebramos al día siguiente, 15 de septiembre bajo la advocación de Nuestra Señora de los Dolores acerca de quien dijo el Papa Francisco: «María nos enseña que el dolor, vivido con fe, se convierte en puerta de resurrección».