La Natividad de la Virgen María

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La Natividad de la Virgen María se celebra nueve meses después del 8 de diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción. Tiene su origen en el siglo IV en Oriente con la dedicación de una basílica en Jerusalén y llegó a Occidente en el siglo VII durante el papado del papa Sergio I. El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “En la plenitud de los tiempos, el Espíritu Santo realiza en María todas las preparaciones para la venida de Cristo al Pueblo de Dios. Mediante la acción del Espíritu Santo en Ella, el Padre da al mundo el Emmanuel, ‘Dios con nosotros’”.

San Josemaría Escrivá de Balaguer describe la oración confiada de los padres de la Virgen María: “Entonces la bienaventurada Ana, como aquella otra Ana madre de Samuel (1 Sam 1, 11), fue al templo y suplicó al Creador del universo que le concediera un fruto de sus entrañas, para consagrárselo, a cambio de haberlo recibido como don. Joaquín pedía a Dios que lo librase de la falta de hijos. El Rey benigno, el Autor generoso de todos los dones, escuchó la oración del justo y les envió un anuncio. Joaquín, mientras se hallaba rezando en el templo, oyó una voz del cielo que le decía: ‘Tendrás una hija que será gloria, no solo para ti, sino para el mundo entero’. Este mismo anuncio le fue hecho a la bienaventurada Ana, en el jardín donde ofrecía sacrificios con peticiones y plegarias al Señor; el ángel de Dios vino a ella y le dijo: ‘Dios ha escuchado tu oración; darás a luz a la anunciadora del gozo y la llamarás María, porque de Ella nacerá la salvación del mundo entero’”.

El papa san Juan Pablo II, sobre la Natividad de la Virgen María, dijo en el Ángelus del 7 de septiembre de 2003: “La fiesta litúrgica de la Natividad de la Virgen María constituye una especie de ‘prólogo’ de la Encarnación: María, como aurora, precede al sol del ‘nuevo día’, anunciando la alegría del Redentor”. Y nos legó esta oración: “¡Oh Virgen naciente, esperanza y aurora de salvación para todo el mundo, vuelve benigna tu mirada materna hacia todos nosotros, reunidos aquí para celebrar y proclamar tus glorias! ¡Oh Virgen clemente, que abriste siempre tu corazón materno a las invocaciones de la humanidad, a veces dividida por el desamor y también, desgraciadamente, por el odio y por la guerra, haz que sepamos siempre crecer todos, según la enseñanza de tu Hijo, en la unidad y en la paz, para ser dignos hijos del único Padre celestial!”.

(*) Abel Galzerado, consagrado a la Virgen y catequista de Banfield.

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