Sin lugar para el olvido

Escribe Marcela Blaufuks

Vivimos un tiempo particular. Lo llamo “Tiempo de pantallas” y representa una transformación profunda en la manera en que almacenamos y compartimos nuestros recuerdos. Atrás quedaron aquellas cajas repletas de recuerdos y fotos, testigos silenciosos de momentos importantes. Solíamos guardarlas celosamente como parte de nuestra herencia familiar. La revolución tecnológica va desplazando los objetos físicos, dando paso a una era en la que internet, el celular y la inteligencia artificial atraviesan cada aspecto de nuestra existencia. Esta revolución no se limita a los detalles: redefine la memoria, el registro y la transmisión de nuestra historia personal y colectiva.

Desde el nacimiento hasta la muerte la vida transcurre en una sucesión de instantes irrepetibles. Las selfis hoy nos revelan un recorrido de encuentros y despedidas, se convierte en testigo y archivo de cada experiencia, una especie de yo presente documentado. La luz de las pantallas llena las mesas de bares, las barras de amigos y las multitudes. La mesa familiar y las reuniones de trabajo. El amor y el odio, lo común, lo cuidado y hasta lo vulgar, lo bueno y lo malo se transmiten en vivo sin demasiada conciencia. Compartirlas en redes sociales se vuelve acto reflejo. La vida en línea nos va devorando la privacidad. Se vuelve una necesidad a la vez que provoca vacío.

Hace un tiempo leía a Han, desde su lógica las selfis no son un gesto frívolo sino el síntoma de una herida: un yo que, agotado por la exigencia de mostrarse siempre disponible, exitoso y luminoso, se aferra a su propia imagen como quien se abraza a un reflejo para no desaparecer. Un intento desesperado de asegurarse que todavía se existe,  que todavía se ocupa un lugar en un mundo que mide el valor en likes y reacciones. En cada selfie se intuye ese vacío del que habla Han: la desaparición del otro, de la mirada que sostiene, reemplazada por una multitud de ojos fugaces que no detienen la vista en nadie. Y, sin embargo, en medio de esa superficie pulida, a veces se cuela una grieta mínima —un gesto cansado, una arruga sin filtro— que recuerda que todavía hay un cuerpo que siente, un rostro que busca ser mirado de verdad, más allá del brillo plano de la pantalla.​

Recorro a diario las redes sociales. Me inclino por Instagram, X y You Tube. Me deleita encontrar a Han y los short que resumen los libros que tantas horas me acompañan. Disfruto de leer y en ocasiones releer. Nuestro tiempo lo acelera todo, diluye la conciencia de recorrer procesos, de detenernos. Dejamos huellas visibles que compartimos con el mundo anulando principios que en la vida real son irrenunciables como la imaginación o el derecho al olvido. Y en ese tránsito vamos entregando nuestros datos atrapados en una red de seducción y espejismos.

Shoshana Zuboff examina el auge de la razón instrumental y la psicometría, describiendo cómo, a través de métricas, somos catalogados según nuestra personalidad. En este contexto, la extracción constante de datos no solo alimenta y acelera el mercado, sino que también nos vuelve cada vez más vulnerables a la mirada del Gran Otro, alejándonos de esa imagen de un hogar seguro, íntimo y protegido. Sin embargo, Zuboff concluye su obra maestra con una pregunta fundamental: ¿Quién decide quién decide? Este interrogante es una invitación a la reflexión y a la acción colectiva. Nos llama a participar activamente en la construcción de un mundo digital sano, donde seamos nosotros, como sociedad, quienes controlemos los mecanismos de decisión sobre nuestros propios datos y sobre el modo en que se estructura la vida digital. El primer paso, según Zuboff, es asumir la responsabilidad y tomar conciencia de la importancia de decidir quién tiene el poder de decidir. Solo así podremos garantizar que nuestras vidas digitales no queden a merced de intereses ajenos, sino que respondan a principios éticos compartidos.

En las redes sociales no hay lugar para el olvido, lo que persiste no es la experiencia, sino su resto digital, una huella que puede reproducirse infinitas veces mientras la vivencia que la originó se va desdibujando. Cada foto, cada comentario queda atrapado en una suerte de presente eterno, disponible para ser visto y revisitado, incluso cuando ya no nos reconocemos en esa versión de nosotros mismos. La promesa de “recordarlo todo” convive, paradójicamente, con una sensación de saturación que nos impide demorarnos en algo: desplazamos con el dedo miles de vidas y también la nuestra, en un scroll donde nada se pierde del todo. Considero que la verdadera revolución en una época que fetichiza la huella y desconfía del silencio, sea dejar que ciertas escenas no queden archivadas en ningún servidor y vivan en la memoria frágil y vulnerable de quienes las compartieron cara a cara.

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