Todos somos el sueño de alguien

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
Recientemente volví a leer “Las ruinas circulares”, uno de los cuentos más extraordinarios de Jorge Luis Borges. Lo había leído muchas veces. Como ocurre con los grandes textos, esta vez encontré algo que antes no había visto.
El argumento parece sencillo. Un hombre llega a unas ruinas con un propósito imposible: soñar a otro hombre. No escribirlo ni educarlo. No imaginarlo o soñarlo. Sino construirlo pacientemente en sus sueños hasta que pueda existir en el mundo real.
Durante años fracasa. Intenta crear un ser humano completo y descubre que nadie puede hacerlo de un solo intento. Entonces comienza de nuevo. Primero un corazón, los pulmones, luego los huesos, la memoria, la voluntad. Poco a poco, el hombre soñado empieza a cobrar vida.
Finalmente, con la ayuda del dios del fuego, ese sueño se convierte en realidad. El muchacho vive. Camina, ama, ignora por completo que fue soñado por otro. Hasta allí, el cuento parece una hermosa metáfora sobre la creación.
Pero Borges guarda el verdadero golpe para el final. Cuando el soñador cree que ha concluido su obra, un incendio rodea las ruinas. Convencido de que morirá, atraviesa las llamas. Entonces descubre que el fuego no lo quema. Y comprende algo aterrador y maravilloso al mismo tiempo.
Él también había sido soñado. Durante años interpreté ese final como una reflexión filosófica sobre la realidad. Borges parecía preguntarnos si nosotros mismos no seremos el sueño de otro. Esta vez entendí otra cosa. Comprendí que el cuento habla, sobre todo, de la educación. Ninguno de nosotros se hizo completamente solo. Todos somos el resultado de personas que, de algún modo, nos soñaron antes. Nuestros padres, cuando imaginaron un futuro para nosotros, un maestro que descubrió una capacidad que ni siquiera sabíamos que teníamos, un entrenador que insistió cuando queríamos abandonar, un profesor que nos acercó un libro en el momento justo, un amigo que nos enseñó a mirar el mundo de otra manera.
Todos ellos fueron agregando algo a esa persona que terminaríamos siendo.
Como el protagonista del cuento. Un poco cada día: un órgano, una idea, un valor, una pregunta.
Y entonces ocurre algo extraordinario, con el paso del tiempo olvidamos quién nos soñó, creemos que todas nuestras ideas nacieron con nosotros, que nuestras convicciones siempre nos pertenecieron, que pensamos solos.
Borges nos recuerda, con una delicadeza conmovedora, que no es así. Somos el resultado de innumerables sueños ajenos.
Hay una hermosa paradoja en todo esto. Los mejores maestros no son aquellos cuyos alumnos los recuerdan permanentemente, son aquellos cuya influencia llega a ser tan profunda que termina confundida con la propia identidad del alumno. Como si las ideas dejaran de pertenecer a quien las enseñó para convertirse, definitivamente, en nuestras.
Quizá ése sea el mayor acto de generosidad intelectual: desaparecer y permitir que otro crea que camina solo.
Mientras releía el cuento pensé también en las naciones.
Las sociedades tampoco nacen de un día para otro. Son el resultado de generaciones que soñaron instituciones que nunca llegarían a disfrutar plenamente. Alguien soñó una escuela. Otro imaginó una universidad. Otro creyó que un laboratorio podía cambiar el destino de un país. Muy pocos vieron terminada la obra que habían comenzado. Todos soñaban para otros. Alguna vez escuché por ahí que los argentinos “somos lo que soñó San Martín”.
Tal vez por eso Borges eligió el fuego como revelación, porque el fuego ilumina y también purifica las ilusiones. Al atravesarlo, el protagonista descubre que no era el origen de nada. Que él mismo formaba parte de una cadena infinita de soñadores y soñados.
Quizá nosotros también. Tal vez el verdadero sentido de la vida no consista en ser completamente originales sino en aceptar que alguien nos soñó para convertirnos en quienes somos.
Y que, antes o después, nos tocará hacer lo mismo con otros.