La Plata: “La Elefanta Pelusa” va a morir en el Zoológico pese a su reconversión en Parque Temático

pelusa
En Olavarría se había puesto en agenda, durante la última campaña, la suerte que podía correr el Bioparque Municipal “La Máxima” que a diferencia del zoo de La Plata sólo cuenta con un León en las mismas características que la “Elefanta Pelusa”.
En estos días una serie de municipios donde se encuentran radicados Zoológicos de distintas y diversas características ha comenzado a ponerse en debate en la agenda pública.
En esta línea en la ciudad de La Plata se está llevando adelante el proceso de reconversión del Zoo en un parque temático que prescinda del encierro de animales salvajes y esto despertó una fuerte polémica a raíz de las dudas que genera la posibilidad real de trasladar y hasta de reinsertar en su ambiente a algunos ejemplares.
Sobre eso habló Diego Brutti, director del zoo, que contó que un grupo de Etólogos del CONICET ya trabaja dentro de la institución para evaluar cada caso. En ese marco, afirmó que es muy probable que la elefanta Pelusa, un emblema del paseo platense, se quedará allí hasta su muerte.
Butti afirmó que Pelusa permanecerá “con los mejores cuidados, ya que no se encuentra un lugar mejor”, por lo cual no podrá ser trasladada al santuario ECAS. Además de la elefanta, Butti reconoció que hay “un problema con los leones y con los hipopótamos” ya que, dijo, “nadie los acepta porque se reproducen muchísimo”
Vale indicar que en Olavarría se había puesto en agenda, durante la última campaña, la suerte que podía correr el Bioparque Municipal “La Máxima” que a diferencia del zoo de La Plata sólo cuenta con un León en las mismas características que la “Elefanta Pelusa”.
Más allá del fragor electoral a la fecha nada se sabe qué posición han adoptado las nuevas autoridades respecto al Bioparque, y de qué manera se lo puede llevar a una reconversión.
PELUSA Y SUS 42 AÑOS EN LA PLATA
Pelusa podría haber sido la jefa de su manada. Los elefantes asiáticos, como ella, viven en comunidades matriarcales y recorren juntos miles de kilómetros. Pero su destino fue otro. Lejos de casa. Sin familia, ni nadie que se le parezca. Hace más de 40 años, Pelusa vive sola en un ambiente al aire libre y otro cerrado, que entre los dos suman cerca de 900 m2. Muy cerca, ve seres que le hablan un lenguaje incomprensible: sus cuidadores humanos.
Dicen los especialistas que no podemos equiparar los sentimientos humanos a los de los animales. No podemos decir que un elefante está “contento” o “triste”. Pero hay días que Pelusa se levanta con el pie izquierdo, y eso sus cuidadores lo notan. En cómo los mira: si es con el ojo grande, se preocupan. Si respira fuerte por la trompa, lo interpretan como una especie de furia. La insistencia con la que pide la comida con su trompa y los movimientos de sus orejas son otras de las claves que ellos aprendieron a leer para entender sus sentimientos.
Ellos saben que cuando hay mucho viento se altera. Saben que si la noche anterior se corrieron picadas en el Bosque, al otro día tienen que asegurarse que se haya calmado para poder entrar. Saben que la tormenta y los partidos de fútbol también le molestan. Saben que se excita con el camión de la basura: como nunca tuvo contacto con un macho, siente ese sonido y cree, quizás, que es él.
En 2012, los medios poblaron sus portadas con el oso polar que murió en el zoo de Buenos Aires. Y se preocupan cada dos por tres de ballenas encalladas, pingüinos empetrolados o leones aburguesados y estresados en las jaulas de los zoológicos. ¿Pero qué hay de este mamífero que llega a dar en la balanza unos cinco mil kilos? Pelusa es uno de los once elefantes que son estrellas de zoológicos en Argentina: tres son de la especie africana y ocho, como ella, son de la asiática. Pelusa es el número estelar en el Zoo platense.
Muchos visitantes pagan la entrada y se dirigen en línea recta hacia el ambiente de este emblema. Aunque en las calles 52 y 118 vivan más de 600 animales, la mayoría de las personas que entran al zoológico la buscan primero a ella. La miran levantar tierra con su trompa y tirársela en el lomo, bañarse en su pileta de agua sucia y la ven “bailar”. El espectáculo típico de todo elefante, repetido en películas y más películas de la selva de Disney. No se sabrá si Pelusa está triste o alegre a ciencia cierta, pero sus cuidadores saben que eso que parece una coreo, no es un baile. Ese balanceo, que provoca la gente cuando aplaude o le grita, no es un gesto de agradecimiento o de alegría. “Es una estereotipia, un comportamiento anormal en respuesta hacia algo. Puede ser a partir del estrés o que esté asociado a algún estímulo que se le haya realizado anteriormente. El elefante de Córdoba, por ejemplo, cada vez que escuchaba aplausos empezaba a bailar. Ese es un registro que le quedó del circo. Entonces se prohibieron los aplausos para evitar ese comportamiento”, explica Carla Del Borgo, voluntaria en Elefantes en Argentina (EAR), grupo interdisciplinario del Instituto Jane Goodall Argentina.
“Cuando vienen los jardines y las propias maestras empiezan a gritarle, ella se balancea y eso para mí es estrés”, dice Andrés Defeis, el cuidador de la mañana, que trabaja con Pelusa desde 2009. “La gente que paga la entrada pretende que los animales actúen como en un circo”, opina Leandro Delgado, el cuidador de la tarde, que trabaja en el zoológico hace nueve años.
¿Es la misma de siempre? ¿Es Pelusa?, preguntan los visitantes. Muchas veces, Andrés y Leandro reciben a personas que les muestran orgullosas fotos en blanco y negro con la elefanta. Es que desde el 2 de diciembre de 1968 que este animal vive en el Zoológico. Cuando llegó a la Ciudad era una bebé de dos años que pesaba 400 kilos. Después del viaje que tuvo que hacer desde un parque de Hamburgo, en Alemania, se encontró con que tendría que compartir el ambiente con Kendy, una elefanta asiática, como ella, que murió en 1969.
A dos años de haber llegado, Pelusa ya era una estrella de cine. En 1970 protagonizó “Un elefante color ilusión” con las Trillizas de Oro, Pablo Codevilla y Luis Sandrini.
Pablo Codevilla tenía 15 años y hacía de Jesús Ramírez, un niño chaqueño que vivía en un pueblito con su abuelo. Un día, un avión cayó en la selva y el chico corrió kilómetros y kilómetros para salvar a los caídos. Por tremenda hazaña, viajó a Buenos Aires para salir en un programa de televisión. En el circo de la ciudad conoció a Pelusa, una elefanta de unos cuatro años que tenía a su mamá muy enferma. En el medio de una función, los dueños del circo le dispararon a la madre. Jesús Ramírez, el niño justiciero, corrió en busca de la “pequeña” y a la noche la soltó y se la llevó para liberarla en la selva chaqueña.
“Es una especie de Walt Disney filmada con medios modestos”, opinó en su momento el diario La Nación. Pelusa vendría a ser, entonces, nuestro Dumbo sudamericano.
En esa época, la manera habitual de entrenar a los animales era utilizando ganchos, palas y cadenas. No se sabe exactamente si así la entrenaron para lograr que hiciera las escenas de ese film, pero, dicen desde EAR (Elefantes en Argentina) que es lo más probable: en los años 70, y antes, se consideraba al animal como una cosa que no sufre.

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