Cuando la realidad dejó de ser realista


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Algo viene pasando en la literatura argentina contemporánea, y no parece un movimiento casual. En los últimos años —y especialmente en las nuevas generaciones de escritoras— se vuelve cada vez más frecuente la aparición de elementos que, hasta no hace mucho, hubieran sido clasificados sin dudar como propios del terror o de la literatura fantástica.

No se trata necesariamente de relatos de género en sentido clásico. No hay monstruos en serie ni mundos paralelos claramente delimitados. Pero sí aparece algo que desajusta la escena: una presencia inquietante, una lógica que se rompe, una sensación de extrañeza que no termina de explicarse.

Autoras como Samanta Schweblin o Mariana Enriquez trabajan, cada una a su modo, en ese registro. Sus textos parten muchas veces de situaciones reconocibles —familias, barrios, cuerpos, vínculos— pero avanzan hacia zonas donde lo real empieza a volverse inestable.

La pregunta que aparece, entonces, no es tanto estética como conceptual: ¿por qué ese desplazamiento?

Una posible respuesta es que el realismo, tal como fue pensado durante buena parte del siglo XX, suponía ciertas condiciones que hoy ya no están dadas. Suponía que la realidad era, en algún sentido, estable. Que podía ser observada, comprendida y narrada de manera relativamente coherente. Que existía un mundo compartido que podía ser representado.

Hoy, esa confianza parece haberse erosionado.

Vivimos en una experiencia atravesada por la fragmentación, la saturación de información, la superposición de relatos y una incertidumbre que no es excepcional, sino cotidiana. Lo que antes podía pensarse como “lo real” aparece ahora mediado, inestable, muchas veces contradictorio.

En ese contexto, el problema no es que la literatura haya decidido abandonar el realismo, sino que el realismo parece haber perdido su capacidad de dar cuenta de esa experiencia.

Ya no alcanza.

Ahí es donde lo fantástico y lo siniestro empiezan a funcionar no como evasión, sino como lenguaje. No como fuga de la realidad, sino como una forma de entrar en ella por otro lado.

Lo inquietante, en estos textos, no irrumpe desde un afuera claramente identificable. No hay una frontera nítida entre lo normal y lo extraño. Más bien ocurre lo contrario: lo extraño aparece ya contenido en lo cotidiano, como una posibilidad latente. Como si la realidad misma estuviera ligeramente desplazada.

Ese corrimiento es sutil, pero decisivo.

Porque lo que estos relatos ponen en escena no es un mundo fantástico, sino un mundo en el que la normalidad dejó de ser completamente confiable. Y en ese sentido, tal vez estén siendo más realistas que el propio realismo.

No porque representen mejor los hechos, sino porque logran capturar una forma de experiencia.

Tal vez el punto no sea que la literatura haya cambiado, sino que cambió aquello que intenta nombrar. Y cuando lo que se intenta nombrar se vuelve inestable, los lenguajes también tienen que volverse inestables.

En ese movimiento, el terror y lo fantástico dejan de ser géneros para convertirse en herramientas.

Herramientas para decir lo que no termina de encajar. Para nombrar lo que no se deja ordenar del todo. Para trabajar con una realidad que, sin dejar de ser real, se volvió más difícil de reconocer.

Quizás, entonces, el problema no sea que la literatura haya dejado de ser realista.

Sino que la realidad dejó de ser legible en términos realistas.

La seguimos la semana que viene.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

error: Content is protected !!