Lo que dejamos de ver


Escribe Lic. Marcela Blaufuks

Hay algo inquietante cuando dejamos de ver. Releer hoy a Stefan Zweig en “El mundo de ayer”, es un camino que elijo para entender en perspectiva. Son tiempos que duelen cuando lo real quiebra y el mundo digital se torna culpable.

Sus palabras no sólo rememoran una época, sino que reconstruyen la sensibilidad. Viajo en el tiempo. Una Europa que se creía estable, culta, segura de su rumbo. Un mundo que confiaba en el progreso… mientras, casi sin advertirlo, caminaba hacia su derrumbe. Zweig, intelectual judío austríaco, fue empujado al exilio por el avance del nazismo. Terminó sus días en Brasil, lejos de su tierra, atravesado por la pérdida de ese mundo que había conocido.

Pero su legado no es sólo memoria. Es advertencia.

Porque lo más perturbador de su relato no es lo que ocurrió, sino lo que no “vio” su tiempo. Los signos estaban ahí. Pero algo lo volvió invisible.

Esa idea resuena con una fuerza particular en nuestro presente. Habitamos un entorno donde lo visible y lo invisible se reorganizan constantemente. Y en ese proceso, la virtualidad y la inteligencia artificial ocupa un lugar central.

A la luz de los últimos acontecimientos donde el bullying, la ausencia y el horror nos atraviesan, elijo pensar en voz alta. Durante mucho tiempo pensamos la tecnología como una ventana. Algo que nos permitía ver mejor el mundo.

Pero no funciona así.

No es una ventana. Es un filtro activo. El mundo, con lo bueno y lo malo migran a otro entorno. Y en ese espacio se selecciona, ordena, prioriza. Se decide qué aparece y qué queda fuera. Y ¿quién decide? El algoritmo con sus sesgos aparece muchas veces ocupando el lugar de decisión que los adultos dejamos de ver.

Y en esa operación silenciosa, ocurre algo decisivo: la realidad deja de ser solo observada para empezar a ser, en parte, construida algorítmicamente.

En esta línea, Yuval Noah Harari advierte que estamos delegando cada vez más decisiones en sistemas que no comprenden el significado de lo que procesan, pero que influyen profundamente en nuestras elecciones.

Sin embargo, hay un desplazamiento aún más sutil.

En un ecosistema saturado de estímulos, donde cada pantalla compite por capturar nuestra mirada, la atención se convierte en el recurso más disputado.

Y cuando la atención se fragmenta, el mundo también lo hace.

Personas, ideas, conflictos, matices… comienzan a diluirse en un flujo constante que no deja tiempo para detenerse. Y lo que no se atiende, simplemente, desaparece de nuestra experiencia.

Así, no solo delegamos decisiones. También cedemos la capacidad de ver.

Porque atender no es solo mirar. Es interpretar, es vincularse, es otorgar sentido. Es una forma de presencia.

Sin atención, no hay encuentro.

Sin atención, no hay pensamiento crítico.

Sin atención, incluso, no hay vida en común posible.

Tal vez por eso la advertencia de Zweig vuelve a cobrar sentido: los mundos no desaparecen de un día para otro. Se vuelven invisibles mientras aún estamos dentro de ellos.

Hoy, esa invisibilidad no nace del silencio, sino del exceso y la distracción. No de la falta de información, sino de su saturación.

La inteligencia artificial tiene intención. No tiene conciencia. Pero tiene algo determinante: capacidad de intervenir en aquello que vemos y en aquello que dejamos de ver.

No solo organiza el mundo. Lo reconfigura.

Frente a este escenario, aparece una tarea urgente: recuperar la atención. Especialmente en nuestros niños y jóvenes.

No como un gesto individual aislado, sino como una práctica cultural. Como una condición para seguir siendo protagonistas en un entorno que tiende a automatizar decisiones y percepciones.

No solo para enseñar a usar tecnologías, sino para formar criterio en un mundo donde otros sistemas ya están decidiendo por nosotros. Para crear pausas en medio de la aceleración. Para volver a mirar con profundidad.

No se trata de frenar el progreso.

Se trata de encontrar un equilibrio.

Un equilibrio que permita convivir en ambos entornos sin perder aquello que nos define como humanos: la capacidad de atender, de comprender, de elegir, de comprometernos, de cuidar.

En un tiempo donde todo compite por ser visto, el verdadero acto de libertad sea atender lo importante. Porque en esa decisión se juega lo esencial, la posibilidad de no volvernos invisibles en nuestra propia realidad.

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