La historia del hombre de Rauch que cuidó al Indio Solari durante 12 años y una foto en Olavarría

Entrevista de Beltrán Miguel – 0221 – Foto: En Línea Noticias
La muerte del Indio Solari dejó al descubierto innumerables historias personales construidas alrededor de una de las figuras más convocantes del rock argentino. Una de ellas tiene como protagonista a Rogelio “Chino” Rodríguez, oriundo de Rauch, quien acompañó al músico desde su regreso a los escenarios en 2005 hasta el último recital que brindó en Olavarría en marzo de 2017.
La historia fue relatada por el propio Rodríguez en una entrevista realizada por Beltrán Miguel para los colegas de 0221.com.ar, donde reconstruyó una relación que comenzó como un trabajo de seguridad y terminó convirtiéndose en una amistad atravesada por giras, reuniones, proyectos personales y largas conversaciones.
En 2004, Rodríguez estaba decidido a abandonar la actividad. Había trabajado en giras con artistas como Pappo, Bersuit y Los Piojos, pero sentía que había llegado el momento de dar un paso al costado. Cuando se disponía a presentar la renuncia en la productora donde trabajaba, lo frenaron con una propuesta inesperada.
“Pará, Chino. Surgió algo nuevo”, le dijeron. La explicación llegó enseguida: “Mirá qué es la figurita que te falta. Vuelve a cantar el Indio Solari”.
La posibilidad cambió sus planes. Durante un año trabajó en la organización de los recitales con los que Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado marcarían el regreso del Indio a los escenarios. La tarea incluía coordinar a más de mil trabajadores de seguridad de distintos puntos del país para los shows programados en noviembre de 2005 en el Estadio Único de La Plata.
Pocos días antes de aquellas presentaciones, Julio Sáez, representante del músico, lo invitó a caminar por los pasillos del estadio. Allí le comunicó una decisión que lo sorprendió.
“Te eligió para que trabajes con él”, le dijo. Cuando Rodríguez creyó que hablaba del operativo general, Sáez fue más específico: “Pero no me entendés. Es para que estés al lado de él”.
El primer encuentro ocurrió durante una prueba de sonido. Según recordó, cuando se acercó para saludarlo le dijo: “Va a ser un gusto trabajar con usted”. La respuesta del cantante marcó el tono de la relación que comenzaba: “Llamame Indio. Y el gusto es mío”.
Con el paso de los años, Rodríguez dejó de ser solamente un integrante del equipo de seguridad. Se convirtió en coordinador, asistente y hombre de confianza de Solari. Lo acompañó durante toda la etapa de los grandes recitales y compartió momentos que trascendieron ampliamente lo profesional.
Al Indio le fascinaban las historias que Rodríguez contaba sobre sus años vinculados al fisicoculturismo, el karate y algunas peleas callejeras. Solía pedirle anécdotas y, en más de una oportunidad, lo provocaba en tono de broma. Tanto que una vez le lanzó una propuesta inesperada: “¿Y si nos peleamos nosotros?”.
La idea quedó instalada como un juego entre ambos. Se desafiaban mutuamente y prometían una pelea que nunca llegaba. En uno de esos encuentros, el músico levantó una chancleta y le advirtió: “Mirá que tengo esta para vos”. Rodríguez respondió tomando una zapatilla y redobló la apuesta: “Mirá, viejo. No te hagas el loco, porque el día que subas al escenario te la doy de atrás, en la pelea vale todo”. La escena quedó inmortalizada en una fotografía que todavía conserva.
Trabajar alrededor del Indio implicaba también convivir con un fenómeno de masas difícil de dimensionar. Rodríguez recordó que uno de los mayores desafíos era encontrar colaboradores que no perdieran la concentración frente a la figura del cantante.
“¿Cómo conseguís un chofer que no sea cholulo? ¿A un compañero del camarín que no sea cholulo? ¿O a un pechera que está en la valla y mire a la gente en vez de mirar ‘JiJiJi’?”, se preguntó al recordar aquellos años.
La devoción de los seguidores generaba situaciones insólitas. Según contó, algunos trabajadores abandonaban tareas apenas conseguían acercarse al músico. “Por ahí se te tiraban desde arriba para tocarlo o decirle algo, te tiraban el casco y se iban corriendo, decían ‘qué me importa la plata que perdí’. Yo vi eso, fue algo loco”, relató.
Uno de los capítulos más significativos de la historia involucró a Nicolás Rodríguez, hijo del “Chino”. El joven guitarrista envió una grabación a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado sin que su padre lo supiera. Tiempo después, Solari llamó a Rodríguez para mostrarle el video y expresarle su admiración por el talento del muchacho.
A partir de allí comenzó una relación especial. El músico lo apodó “Manitos de Oro”, lo recibió en el estudio Luzbola y le abrió las puertas de su espacio creativo. Rodríguez recordó que durante aquellas visitas escuchaban material inédito y conocían detalles de canciones y discos antes de que fueran publicados.
En una de esas reuniones, incluso, el Indio apartó al padre de la conversación para hablar directamente con Nicolás. “Vos no te metas. Yo quiero acompañarlo y ser el padrino musical”, le dijo.
Las reuniones entre Solari y Rodríguez se extendían durante horas. Hablaban de música, fútbol, política, dibujo y proyectos personales. El cantante se interesaba por la vida cotidiana de quien lo acompañaba y por las iniciativas que desarrollaba en Rauch.
“¿Cuántos habitantes tiene Rauch?”, le preguntó en una ocasión. Después bromeó con la posibilidad de tocar allí algún día.
Rodríguez también recordó que el músico opinaba sobre sus emprendimientos gastronómicos, proponía ideas y hasta llegó a ofrecerse para ponerle nombre a uno de sus restaurantes. Muchas de esas conversaciones transcurrían acompañadas por whisky.
En una de esas noches, Rodríguez decidió pedirle algo que nunca había pedido a ningún artista. Le preguntó si podía cantarle una canción a capela. La respuesta fue inmediata: “Cómo no, la que vos quieras, podemos estar toda la noche acá”.
Eligió “Me matan Limón”. Después llegó “Susanita”. Aquella escena quedó grabada entre los recuerdos más valiosos de una amistad que se fue fortaleciendo con el tiempo.
También compartían el gusto por el dibujo. Según contó, Solari solía retratarlo y mostrarle los trabajos terminados. Antes de enseñárselos, le repetía una frase tranquilizadora: “Quedate tranquilo, que no te voy a dejar mal parado”.
Entre los momentos que más lo emocionan al recordar aparece una madrugada posterior a la presentación del disco “El perfume de la tempestad”. Ya con gran parte del equipo descansando, Solari levantó una copa y brindó junto a Rodríguez y Diego Biscione.
“Salud, Chino. Unos pelusas cuidan el jardín, a los dos los quiero”, les dijo, en referencia a la canción “Vino Mariani”.
Años después llegaría el recital de Olavarría, el último de la etapa multitudinaria del Indio. Rodríguez estuvo allí, como había estado desde el inicio de aquella aventura en 2005. Una fotografía tomada durante esa jornada quedó como uno de los testimonios finales de una relación construida durante más de una década.
Tras el alejamiento de los escenarios, el vínculo continuó. Seguían viéndose y manteniendo contacto frecuente. De hecho, según contó, tenían previsto reencontrarse pocos días después de la muerte del músico.
La noticia lo sorprendió en una chacra de Rauch. Al recordar aquel momento, reconoció que fue “un baldazo de agua fría”. De inmediato llamó a su hijo Nicolás, que se encontraba en Tandil, y juntos organizaron el viaje para despedir a quien había sido mucho más que un jefe.
Días después publicó un mensaje en redes sociales que resumió el vínculo construido durante doce años. Allí escribió: “Fui tus ojos, tus oídos y hasta tu pelusa. Vas a estar ahí cada vez que suene una melodía tuya, en cada comentario vivaz, y también cuando toque pelear con alpargatazos limpios. Fue un honor y un privilegio cuidarte durante tantos años”.
