Paren la mano


Ph: Archivo – Diario El Popular

Por: Fabricio Lucio – En Línea Noticias

Hay discusiones que parecen hablar de una cosa y, sin embargo, terminan hablando de muchas otras. Estos días, la propuesta de ponerle el nombre de Helios Eseverri al puente de la avenida Colón volvió a poner sobre la mesa una cuestión que, en realidad, viene dando vueltas desde hace bastante tiempo.

El puente fue construido durante su gestión, hace más de tres décadas. Helios Eseverri murió en 2007 y en septiembre de 2027 se cumplirán veinte años de su desaparición física. La propuesta de ponerle su nombre volvió a traer su figura al centro de la conversación pública y, como suele suceder cada vez que aparece su nombre, las reacciones fueron mayoritariamente favorables. Aparecieron los recuerdos, el reconocimiento, las obras, el agradecimiento y una determinada idea de ciudad.

No discuto el legado de Helios Eseverri. No es ese el debate que quiero plantear. Sería absurdo desconocer la huella que dejó en Olavarría. El ex intendente Julio “Chango” Alem, durante una entrevista en CoNverSo, dijo que Helios Eseverri había “trascendido su vida biológica”. Es una frase que ayuda a explicar por qué su nombre, tantos años después, sigue generando reacciones: hay una obra, hay decisiones y hay una ciudad que fue pensada y transformada durante aquellos años.

Pero justamente ahí aparece la preocupación. Una cosa es reconocer un legado. Otra muy distinta es quedar atados a él.

El problema no es que recordemos a Eseverri. El problema aparece cuando el reconocimiento de aquel legado ocupa tanto espacio que deja poco lugar para preguntarnos qué estamos haciendo nosotros para construir el propio. Y construir el propio no significa borrar lo anterior ni negar lo que se hizo. Significa tomar lo recibido, discutirlo, adaptarlo a una sociedad diferente y ser capaces de dejar una huella que, dentro de treinta años, otros puedan discutir, reconocer o incluso cuestionar.

El legado debería ser un punto de partida, nunca un techo.

Hace años que no escuchamos en Olavarría debates profundos, sostenidos y públicos acerca de qué sucederá con la ciudad en 2040 o en 2050. No hablo de una obra puntual, de una licitación o de cómo resolver el problema que aparece esta semana. Hablo de una conversación mucho más ambiciosa: qué ciudad queremos construir, cómo queremos que crezca, qué modelo productivo queremos sostener y transformar, cómo nos vamos a mover, qué servicios vamos a necesitar, qué ocurrirá con nuestras localidades, qué lugar tendrá la industria y qué oportunidades tendrán nuestros jóvenes.

Otras ciudades lo hacen. Bien, mal, con aciertos y errores. Tandil, por ejemplo, ya puso en discusión el horizonte de Tandil 2050. Castelli transita otra discusión, vinculada a su autonomía y al desafío de darse una Carta Orgánica propia. Son procesos diferentes, pero tienen algo en común: están intentando pensar qué municipio quieren tener y qué ciudad quieren construir.

¿Dónde está esa conversación en Olavarría? ¿Dónde están los diagnósticos, los escenarios y las discusiones sobre la ciudad que queremos ser dentro de veinte o treinta años?

Las herramientas para empezar a construir esa conversación existen. Tenemos facultades asentadas en la ciudad, profesionales, investigadores, empresarios, instituciones, organizaciones y una estructura productiva que conoce buena parte de los desafíos que tenemos por delante. Hay conocimiento suficiente para empezar a preguntarnos cómo será la Olavarría de 2040 y qué decisiones deberíamos tomar hoy para llegar a ella de una determinada manera.

Las facultades pueden aportar conocimiento; los sectores productivos, experiencia; los profesionales pueden diagnosticar; las instituciones pueden discutir; el Estado puede coordinar y la sociedad puede decidir. Lo que falta es poner todo eso alrededor de una conversación común.

La agenda dirigencial parece quedar atrapada, demasiadas veces, en el presente: en el hoy, en la urgencia, en resolver el problema que aparece sobre la mesa.

Y las urgencias existen. Hay una precarización de los servicios, falta de inversiones y una situación económica que se ha agravado por las políticas del gobierno de Javier Milei, que han reducido las posibilidades de inversión y de respuesta de los municipios.

Pero eso explica el presente. No puede explicar la ausencia de futuro.

Hay que saber saltar el charquito.

Hay que atravesar esta etapa y resolver aquello que no puede esperar. Pero mientras cruzamos el charquito tenemos que saber hacia dónde queremos ir cuando lleguemos del otro lado.

Porque Milei puede ser gobierno durante un período determinado. La crisis económica puede profundizarse, modificarse o finalmente pasar. Pero Olavarría va a seguir existiendo. Y si durante estos años no discutimos qué queremos hacer con ella, cuando la situación cambie vamos a encontrarnos nuevamente administrando la coyuntura, solamente que con otros problemas.

El presente no puede convertirse en nuestro único horizonte.

Ahí aparece, además, una herramienta que durante décadas distinguió a Olavarría de otras ciudades: el impuesto a la piedra. Un recurso que permitió financiar inversiones de otra escala y que podría haber sido una de las herramientas centrales para construir una estrategia de desarrollo de largo plazo.

Hubo un momento, durante el gobierno de Ezequiel Galli, en que ese recurso dejó de estar asociado fundamentalmente a inversiones superlativas y pasó a ponerse a disposición del financiamiento corriente y ordinario de la Municipalidad. El problema no fue solamente presupuestario: también se perdió capacidad de inversión.

Cuando un recurso extraordinario empieza a financiar lo ordinario, lo extraordinario deja de suceder.

Hace tiempo que, cada vez que aparece la discusión sobre el impuesto a la piedra, surge también la posibilidad de aumentar un punto más. Puede ser una respuesta para una necesidad determinada, pero difícilmente pueda convertirse en una estrategia de futuro.

La pregunta debería ser otra: no cuánto más podemos obtener de la misma fuente, sino cómo hacemos para que Olavarría dependa cada vez menos de ella.

¿Qué hacemos con una Olavarría sin impuesto a la piedra?

No digo mañana. No digo que vaya a desaparecer. Digo que deberíamos ser capaces de imaginarlo. ¿Qué pasa si dentro de veinte o treinta años ese recurso deja de tener el peso que tiene hoy? ¿Qué matriz productiva tendrá Olavarría? ¿Qué nuevas actividades habremos desarrollado? ¿Qué conocimiento habremos generado? ¿Qué empresas habremos ayudado a crear? ¿Qué sectores habremos logrado potenciar?

Tal vez el verdadero desafío no sea solamente decidir qué hacemos hoy con el impuesto a la piedra, sino empezar a construir una Olavarría que algún día pueda vivir sin depender de él.

No se trata de sacar un punto más. Se trata de pensar una matriz distinta.

No alcanza con diversificar porque una actividad entra en crisis. Hay que discutir qué matriz productiva queremos para las próximas décadas y qué deberíamos empezar a hacer hoy para construirla. Y para eso también tenemos conocimiento: facultades, industria, empresas, profesionales y una tradición productiva que puede ser punto de partida para algo diferente. No se trata de abandonar lo que somos, sino de preguntarnos qué podemos llegar a ser.

Pero hay otra parte de esta discusión que también merece ser mirada: la demanda social. Lo que piden los vecinos, lo que reclaman y, también, la Olavarría que quieren.

Porque un proyecto de ciudad no debería ser solamente una iniciativa de la dirigencia. También debería existir una sociedad que lo reclame, que pregunte, que exija y que quiera discutir hacia dónde va Olavarría. Y cuando hablamos de sociedad no hablamos solamente de los vecinos: también están sus instituciones, sus entidades intermedias, sus sectores productivos, sus profesionales y todos aquellos actores que tienen algo para decir sobre la ciudad que habitamos.

Y cuesta encontrar también esa demanda. No aparecen con demasiada fuerza las preguntas sobre qué ciudad queremos, qué transformaciones necesitamos o qué deberíamos empezar a construir ahora para vivir mejor dentro de veinte años. Cuando una sociedad deja de reclamar algo más que respuestas para la urgencia cotidiana, puede haber algo más profundo que conformismo. Puede haber resignación.

Resignación frente a la idea de que las cosas son como son y difícilmente puedan cambiar. Resignación que también puede explicar por qué una dirigencia encuentra poco incentivo para discutir un proyecto de largo plazo.

Ahí se produce un círculo difícil de romper: una dirigencia concentrada en administrar la coyuntura y una sociedad —con sus instituciones incluidas— que parece haber dejado de demandarle una discusión sobre el futuro.

Y cuando nadie reclama el futuro, el futuro corre el riesgo de dejar de formar parte de la conversación pública.

Quizás por eso la añoranza encuentra tanto espacio. La añoranza tiene algo más que el recuerdo: pone en aquello que se perdió un lugar al que se quisiera volver. Pone el horizonte en el pasado.

Y si una sociedad empieza a poner su horizonte en el pasado, tal vez también esté diciendo algo sobre su presente.

La sociedad de Helios Eseverri cambió sustancialmente. No somos aquella sociedad y sería un error mirar el presente con los ojos de aquella Olavarría. Tenemos otros problemas, otras demandas, otra economía, otra tecnología y otra relación con el Estado.

Por eso no necesitamos otro Helios Eseverri.

Necesitamos dirigentes capaces de pensar hacia adelante con los ojos de la sociedad que somos hoy. Y necesitamos también recuperar una sociedad que vuelva a demandarlo.

Tal vez una de las razones por las que el nombre de Helios genera tantas reacciones favorables sea justamente porque dejó algo concreto. Hay una huella. Hay obras. Hay decisiones. Hay una idea de ciudad que puede discutirse, compartirse o cuestionarse, pero que existió.

La pregunta es qué estamos haciendo nosotros para que exista la nuestra.

No hay que hacer una obra más grande que un puente para superar a Helios Eseverri. Hay que hacer algo bastante más difícil: imaginar una Olavarría que él no pudo haber imaginado porque pertenecía a otro tiempo.

Ese debería ser el desafío de una generación: no conservar intacto el legado de la anterior, sino estar a la altura y, si podemos, superarlo.

No podemos vivir eternamente de la memoria de una ciudad que fue. Una ciudad necesita producir su propia memoria. Y para producirla necesita volver a discutir, convocar conocimiento, generar diagnósticos, poner sobre la mesa escenarios posibles y decidir qué quiere ser.

No solamente cómo llegamos a fin de mes, sino qué ciudad queremos encontrar cuando esta crisis termine.

No solamente cómo sostenemos los servicios, sino qué servicios vamos a necesitar dentro de veinte años.

No solamente cómo gastamos los recursos, sino qué inversiones queremos hacer cuando volvamos a tener capacidad de invertir.

No solamente quién fue Helios Eseverri, sino quién está pensando la Olavarría que todavía no existe.

Quizás el problema no sea que miremos demasiado hacia atrás.

Quizás el problema sea que tenemos demasiado poco hacia adelante para mirar.

Paren la mano.

Paren de confundir memoria con proyecto.

Paren de conformarnos con administrar el presente.

Paren de esperar que el futuro llegue solo.

El futuro no se hereda: se piensa, se discute, se planifica. En definitiva, se construye.


P.D. Una vez —me contaron— le preguntaron a Helios Eseverri cómo le gustaría ser recordado. El intendente respondió: “Me van a recordar por nuestras conductas”.

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